Gaviotas nació de la imaginación y la devoción a la naturaleza de un solo hombre: Pablo Lugari Castrillón (1944). Para sostenerse y crecer después de su fundación necesitó de muchos más: ingenieros, arquitectos, educadores, botanistas, biólogos, médicos, músicos, técnicos y hasta niños de la calle que convirtieron esta co–munidad llanera en una versión colombiana del paraíso terrenal. Gaviotas es hasta el día de hoy un lugar donde la imaginación para inventar, improvisar y crear solo tiene un límite: la forma de vida que allí se construye debe ser armónica con el ecosistema de los llanos y debe aspirar a la belleza y al auto–sustento con y en el entorno.
Gaviotas se fundó en medio de un territorio– quizás el más inhóspito imaginable tanto por razones ecológicas como sociales– cuya extensión es aproximadamente cuatro veces el territorio de Holanda y donde llueve ocho meses del año. El suelo llanero es, además, prácticamente inútil para la agricultura y en donde solo pequeñas familias nómadas de indios Guahibos subsistían. Para fundar Gaviotas Lugari primero convenció a distintas universidades colombianas a que enviaran a los llanos a sus estudiantes de tesis– de todas las disciplinas– quienes ante el reto de sobrevivir en los llanos construyeran allí las soluciones al ecosistema. Lugari les ofreció a cambio una hamaca, un mosquitero, comida y la tarea de proveerse de alimentos adicionales por ellos mismos. Gaviotas nació así en 1970 con 20 aventureros pobladores iniciales (su población actual es de 200 pero la economía de Gaviotas mantiene a más de 2000 familias en pueblos circundantes incluyendo a los pequeños grupos de indios nómadas Guahibos de la región).
La asistencia de un Rómulo Betancourt que recordaba su origen (hijo de una familia pobrísima de 23 miembros de padres analfabetos; fue él quien les dio los primeros fondos para llevar cabo las investigaciones agronómicas y técnicas que condujo a la producción de energía solar y eólica en Gaviotas; fue él también quien primero incorporó los paneles solares producidos por gavioteros a la casa presidencial en Bogotá) así como los subsidios de proyectos de desarrollo de la ONU y el BID en las décadas de los 70 a los 90s impulsaron las primeras invenciones gavioteras destinadas a extraer agua, fertilizar suelos, reforestar, obtener alimentos, resolver problemas de salud y construir una economía sustentable para los pobladores originarios del llano. Con el tiempo, Gaviotas sobrevivió– comercializando los inventos creados allí– cuando se acabaron los subsidios; sobrevivió asimismo a la violencia guerrillera que se apoderó de los llanos; a los terratenientes cocaleros que empezaron a cercar el territorio; al ejército que incursionó con violencia en la zona; al pastoreo de ganado que degradaba crecientemente los suelos; sobrevivió – mediante los aparatos inventados por gavioteros para obtener agua limpia y para almacenar energía solar y de vientos– volviéndose autosuficiente en la producción de alimentos; sobrevivió a la burocracia y ceguera de gobiernos cuyas políticas de salud– por ejemplo– cerró el hospital que habían construido y sobrevive hoy en medio del colapso ambiental por el calentamiento planetario y por la degradación de la capa de ozono que subió la temperatura, afectó los ciclos de secas y lluvias y envolvió este pequeño paraíso– o topia tropical como le llamó Lugaris– con todos los males que ahora amenaza con destruir la diversidad de especies y hasta la vida misma en el planeta tierra. Gaviotas se adaptó y se expandió con el tiempo y su radio de influencia en los llanos colombianos creció en más de tres mil hectáreas; pero esta vez, su sobrevivencia se debió… al agua y los árboles.
Los suelos llaneros casi estériles fueron en algún momento prehistórico parte de la gran foresta húmeda de la amazonia. En tiempos actuales, cuando gavioteros se propusieron reforestarlos, solo quedaban pastizales de bajos nutrientes. El grado de acidez de los suelos y el alto contenido de aluminio– casi tóxico– abatió los últimos bosques. Los gavioteros investigaron y experimentaron con varias especies para empezar la reforestación– sopesando lo que implicaba la introducción de una especie no nativa – y optaron por el pino caribeño– pinus caribea– cuyos brotes y semillas trajeron de Honduras en 1982. El pino caribeño no solo toleró los suelos llaneros sino que prosperó de manera inesperada: creció 20 por ciento más alto en el mismo tiempo que en trasplantes comerciales en otros países; tampoco requirió sino de una sola inoculación del hongo micorrhiza– pizolithis tinctorius– al inicio de la siembra porque de manera casi milagrosa– quizás porque los gavioteros no usaron fertilizantes ni pesticidas químicos– el hongo se reprodujo de manera natural (sin este hongo el pino no crece). Para 1995 los gavioteros tenían ya sembrados 6 millones de árboles y además con la increíble y feliz constatación que los pinos extranjeros se mantuvieron estériles en los llanos; a cambio, su altura y densidad permitió el renacimiento de la foresta nativa y amazónica: jacarandas, ficus, yopos, tunos blancos, curare, laureles, helechos y una fauna variada acompañante volvieron a habitar los llanos a la sombra de los pinos importados. La zona llanera de Gaviotas y de los indios Guahibos empezó a revertirse a la foresta húmeda amazónica de sus tiempos originarios. De los pinos los gavioteros extraen hoy– sin dañar los árboles– resina que venden a diversas industrias colombianas porque sirven de solventes naturales y son de la mejor calidad en el mercado mundial. En las inmediaciones de los pinos los gavioteros sembraron también palmas africanas de las cuales extraen un aceite de alta pureza que no solo sirve para cocinar alimentos sino que les permitirá la producción de biocombustibles para volver Gaviotas y los llanos autosuficiente en energéticos desde en una fuente renovable y no contaminante que no compite con la producción de alimentos.
Por otro lado los gavioteros afrontaron desde un comienzo el grave problema del agua contaminada, en ríos y suelos, que volvía inhabitable los llanos enfermando a sus pobladores nativos. Cosechando fuentes energéticas solares, mecánicas y eólicas lograron crear bombas para extraer agua pura del suelo profundo del llano. De esos pozo Gaviotas hoy produce agua embotellada de alta calidad que se distribuye en restaurantes y cafeterías– Gaviotas Agua Natural Tropical– en un envase inventado y diseñado por ellos que además cuando no se vuelve juguete de niños se recicla en un nuevo envase.
Gaviotas esta en camino de convertirse en una cooperativa agroindustrial y es ya una comunidad autosuficiente (en Gaviotas industrial quiere decir la introducción de tecnología– motorizada por ejemplo– que solo utilice fuentes energéticas renovables).
Gaviotas a veces pareciera un oasis minúsculo y limpio en medio de un planeta con enormes problemas ambientales; por veces parece un ejemplo de algo que es posible solo para unos pocos imaginativos y desencantados del despilfarro y la destrucción ambiental. A veces parece el sueño utópico de hombres que creen que pueden doblegar a la tecnología para que sirva al hombre y la naturaleza en vez de servirse de ellos. G.García Márquez cuando le dedicó a Lugaris un ejemplar de Cien Años de Soledad escribió: “Para el inventor de un mundo”. El laureado escritor colombiano sabe, quizás, que el de la verdadera imaginación no es el escritor de novelas sino el que, como Lugaris y los gavioteros, las viven.
(Alan Weisman entre 1990–92 produjo una serie sobre Gaviotas para la Radio Pública de EEUU. La décima edición de su libro Gaviotas: A Village to reinvent the World, esta editado por Chelsea Green Publishers.Weismann es profesor de periodismo internacional de la U. de Arizona y premio a la mejor investigación científica por su libro The World Without Us, en 2006. En 1995 publicó un libro sobre México: La Frontera, con fotografías de Jay Dusard. La información en este articulo proviene de su trabajo de campo y periodístico en Gaviotas).