A lo largo de todas las épocas en la humanidad, siempre se han generado preocupaciones, tanto en los niveles educativos como por la decadencia de las nuevas generaciones. Aunque dentro de los libros más conocidos de Platón sobresalen sus Diálogos (nacido alrededor de 427 años antes de nuestra era y fallecido más o menos ochenta años después); escribió otro libro denominado Las leyes, donde dio su definición de lo que consideraba analfabetismo científico y que transcribo textualmente: …por lo que toca al cálculo, se han inventado unos sencillos procedimientos para que los niños aprendan jugando y a gusto… yo… cuando en tiempos me enteré tardíamente de lo que nos ocurre en relación con ello, me quedé muy impresionado y entonces me pareció que aquello no era cosa humana sino propia más bien de bestias porcinas y sentí vergüenza no sólo por mí mismo sino en nombre de los helenos todos. Si nos imaginamos entonces al admirado filósofo Platón, como tradicionalmente nos lo pintan, rodeado de una imagen llena de sabiduría, conciencia, magnanimidad y benevolencia en la difusión del conocimiento; después de leer su concepción de enseñanza a los niños inmediatamente conjeturamos que el anciano pensador debió ser extremadamente enérgico, intolerante, intransigente y hasta testarudo. Pero si en todas las generaciones se han creado expectativas de dura crítica a los sistemas de enseñanza ¿cómo es que hemos evolucionado? No hay duda de que, para que un niño aprenda, es importante que sus actividades escolares sean esencialmente lúdicas (es decir, a base de juegos). Yo no pertenecí a ésa generación de niños a los que se les enseñaba a base de golpes, con la famosísima frase de que la letra, con sangre entra; sin embargo, no recuerdo que mi aprendizaje fuese tomado como un juego. De hecho, aprender era una experiencia, digamos “dolorosa”. ¡Tienes que estudiar! ¡Tienes que hacer mucha tarea! ¡Tienes que escribir cientos de hojas de caligrafía! ¡Tienes que… tienes que… tienes que! Para ese entonces los regaños de profesores eran una constante y si bien, no quisiera que esto reflejara un sentimiento de antipatía y repulsión por la forma en la que me enseñaron (mi testarudez muy probablemente hubiese sido un factor para que en la actualidad me dedicase a actividades llenas de estupidez como la política, sin haber tenido esquemas educacionales particularmente estrictos), me sorprende encontrar muchachos en la universidad que no tienen la capacidad de leer un texto y comprenderlo en su totalidad, o muchachos que desean ingresar a una licenciatura pero que tienen graves huecos de conocimientos básicos. Sin embargo, tampoco me siento lo suficientemente capacitado como para emitir una opinión real de este asunto, porque un joven que se adentra en un salón de clases, maneja computadoras, aparatos electrónicos sin tener qué leer manuales, deduce aspectos cognoscitivos en formas sorprendentes y se desenvuelve en el mundo con una facilidad asombrosa que para una generación anterior, es demasiado compleja. Hablando estrictamente de la medicina como de otras ciencias sociales como la psicología o la misma sociología, no se puede aspirar a que un alumno se aprenda de memoria, la gran cantidad de información a la que se tiene acceso en un centro de estudios superiores. La memorización culminaría en el olvido. Esto obliga a que las estrategias de enseñanza lleven implícita por principio de cuentas la comprensión de que, un muchacho con inquietudes infinitas, no podrá leer gozando obras clásicas (yo pude captar la belleza de Cervantes hasta la edad de 30 años). No solamente debemos ser tolerantes con los muchachos. También debemos ser estrictamente críticos con nosotros mismos. Yo puedo dar una clase interesante y captar la atención de los alumnos, pero de ninguna manera eso me hace un buen docente, simple y llanamente porque no poseo la técnica ni los conocimientos que me faculten para eso. Otro error gira en torno a brindar materiales de lectura sin plantear métodos de búsqueda de información y por último, la temible e implacable memorización de textos. Como sea, seguiremos teniendo malos maestros universitarios y estaremos criticando a los jóvenes. Pero si realmente deseamos fomentar individuos calificados, debemos sensibilizarlos en la necesidad de marcar la actividad profesional en varias esferas. Hablando estrictamente de la docencia médica actual, se debe enfocar a la asistencia (es decir, tener contacto con pacientes desde el inicio de la carrera); participar en actividades de docencia (como auxiliares de maestros) y sobre todo, involucrarse en la investigación. Esto no generará una preparación precisamente lúdica, pero sí interesante, atractiva, novedosa y sobre todo, mejor que la actual.