El fin de la semana pasada, en la ciudad de Santiago de Querétaro, asistí a la Facultad de Medicina de su Universidad Autónoma, lugar donde se celebró la XCII Reunión Nacional de Profesores de Microbiología y Parasitología en Escuelas de Medicina, convocada por el titular de la Asociación Civil que lleva ese nombre, la ocasión fue propicia, se había invitado nada más y nada menos que al doctor Francisco Biagi Filizola, insigne maestro, padre de la disciplina parasitaria en México, que formó una pléyade de médicos, veterinarios, químicos y biólogos a su alrededor para encausar, participar activamente en una disciplina que gracias a su visionaria capacidad de trabajo ocupa un lugar claro en la enseñanza médica, disciplina que aún está en deuda con la medicina clínica que atiende humanos rurales o urbanos de nuestro México, donde las parasitosis son enfermedad común, pero los parasitólogos clínicos no existen, no parecen existir, ni estar en ubicación, porque todos los profesionales creen saber lo que mucho ignoran, a grado tal que si usted amigo lector se atiende en una institución oficial o privada, deseando ser consultado por un especializado en enfermedades parasitarias, no lo va a encontrar, a pesar de que vivimos en un país donde las parasitosis son endémicas, el pan de cada día, de que las parasitosis dominan la enfermedad humana, animal y vegetal, mostrándonos a cada paso que cada parásito es un agente causal de enfermedad con personalidad propia y distinta, que obliga a quien lo trata a conocer, que, como, cuando, en la intención biológica de un mundo ecológico natural cada vez más complicado, por lo que, los que nos dedicamos a esta disciplina nos vemos como gente rara en la atención de enfermos, en la clínica, en la docencia, en el ejercicio de la disciplina de atención particular o institucional.
El maestro Biagi platicó que en la Facultad de Medicina de la UNAM, donde estudiaba, en el año de 1949 fue auxiliar docente de laboratorio. En 1950 año del servicio social lo ejerció en Escárcega, Campeche, lugar donde enfrentó las carencias y necesidades de la población rural mexicana empobrecida desde siempre por los acaparadores de productos, explotadores de la tierra, que siempre de manera indiscriminada, pagan bajos salarios apenas para subsistir, fomentando explotación, como era la industria que extrae el chicle o talaba maderas finas de manera indiscriminada, donde los dueños enriquecen, los trabajadores empobrecen, subsistiendo en habitaciones del neolítico, casas a manera de cuevas, habitación única para todo, obscuras, con piso de tierra, paredes de empalizada, techos de palma, toda la familia hacinada, niños, adultos, jóvenes, animales a su alrededor, sin atención primaria de salud, sin sueldo útil para la necesidad más imperiosa, sin educación. Se obligó a estudiar biología, entomología, taxonomía, parasitismo.
Con enorme dedicación abrió la puerta al estudio de la leishmaniasis cutánea, que ahí era endémica, reconoció que no se expresaba en México igual que en el Oriente, logró que se reconociera en nuestro país a un nuevo parásito del género al que orgullosamente clasificó como Leishmania mexicana Biagi, 1953, causante de la mutiladora “ulcera de los chicleros”, así enfrentó la proposición de medidas curativas, a reconocer que los mosquitos transmisores eran diferentes también, los que ahora llamamos Lutzomya olmeca, encontró no solo a un nuevo parásito, también a su transmisor.
Este descubrimiento con su evolución le dio pauta para escribir más de 300 artículos que se difundieron por el mundo. Ruy Pérez Tamayo lo llamó para hacerse cargo de la Unidad de Enfermedades Parasitarias.
Para 1955 era jefe del Departamento de Ecología Humana: en 1961 tenían elaborado un programa de enseñanza ordenado, definido, con lógica secuencial, congregó a las 20 escuelas de medicina existentes en México a fin de uniformar criterios de enseñanza que pudieran ser uniformes en todas las escuelas del país, acordaron crear una Asociación Nacional de Profesores de Microbiología y Parasitología como una asociación civil legalizada con acta notarial y dándose a conocer ante la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, que debía reunirse dos veces al año en una sede universitaria diferente, durante dos días, en dos sesiones cada día a discutir el que enseñar, como enfrentar esas disciplinas para que en todo el país se uniformaran los programas docentes.
Asistieron a esta XCII reunión queretana los alumnos más destacados del maestro: Jorge Tay, Rubén López, Filiberto Malagón, Manuel Gutiérrez, Carlos Garrocho, Enrique Navarrete, se recordó a los ausentes, en el ambiente flotaba un suave calor de gratitud contenida para un hombre de valía intelectual y humana.