Cual corresponde, regresé a la sala de cine a ver Quémese después de leerse, de los inefables hermanos Coen, y la encontré como bastante más de lo que a primera vista parece. La segunda mirada revela que está soberbiamente actuada, que nunca deja de ser entretenida y que el aparente sinsentido caprichoso de su primera revisión, en realidad es el absurdo cotidiano nacido de seres que equivocan –todos, prácticamente– sus premisas de partida. Pero entre eso, lo más destacado de la película es, otra vez, el desarrollo de personajes. Y digo “otra vez” porque esto se ha convertido en una constante en la filmografía de Ethan y Joel Coen, y tal vez, incluso en su sello personal. En Quémese después de leerse, los inquietos hermanos se han preocupado de dar tridimensionalidad a cada integrante de su desinteligente fauna, sin olvidarse de que aún el tono de comedia (por ligera que esta sea) requiere de causalidad, y no de mera casualidad, en quienes la viven.
Así y por ello es que en la película conocemos a –y buceamos en– Osbourne Cox (John Malkovich), un analista de la CIA que, a su despido, planea escribir sus incendiarias memorias, sólo para descubrir cuán poco significa ya en la valoración de su esposa. También, a Linda Litzke (Frances McDormand), una mujer madura avasallada menos por la necesidad del amor que por el vehículo para conseguirlo: una serie de muy caras cirugías estéticas. Conocemos por igual a Harry Pfarrer (George Clooney), hombre aparentemente despreocupado, en apariencia felizmente casado y de temple equilibrado, pero en realidad avasallado por su inseguridad y paranoia, ante las que activamente “carga pilas” joggeando y con citas por internet. Y conocemos por supuesto a Chad Feldheimer (Brad Pitt; ¿se dan cuenta de los pintorescos nombres de los cuatro mencionados? Otra “costumbre Coen”), compañero de Linda en el trabajo; un tipo elemental, con alma de niño y raciocinio de comic, que difícilmente podría interesarse en Angelina Jolie. Y están también, entre otros, Ted (Richard Jenkins) –un gerente de gimnasio, expatriarca religioso, perdidamente enamorado de Linda (quien ni se entera, ocupada como está en cómo pagar sus cirugías para “encontrar el amor”)– y el Jefe de la CIA (J.K. Simmons), cuya única habilidad para el cargo radica en bien exclamar, ante cada nuevo acontecimiento: “¡Qué diablos! Avísenme cuando esto tenga sentido”. Toda esa fauna así: ampliamente dimensionada, en una comedia de apenas 96 minutos. Algo raro...de no ser una comedia de los Coen. Anímese a ver Quémese después de leerse, porque va a agradarle, y a sorprenderle, en más de un sentido (por ejemplo, en el “ingenioso” artefacto que Harry construye en su sótano).
Pasando a otro asunto, está en cartelera –confío en que el tiempo verbal no haya cambiado a estuvo, cuando usted lea estas líneas– la más reciente película de un director sobresaliente, si bien no muy ubicable por el gran público (lo suyo es el buen cine, no la celebridad). Ha sido nominado a dos Óscares, a un Golden Globe, al Gran Premio del Jurado del Sundance Film Festival e incluso a la Palma de Oro del Festival de Cannes. No hace mucho, un guión suyo fue galardonado como el mejor de la edición 2007 del Festival Internacional de San Sebastián, en el que también, en 1997, Hombres armados, de su autoría, hizo que su humanismo quedara ampliamente reconocido con galardones tan especiales como el de la OCIC (católico), el de la FIPRESCI (prensa internacional) y el Solidarity Award. Estoy hablando –en la mejor acepción del término– del realizador independiente John Sayles, quien así se describe: “Siempre me he sentido en los límites; hubo un tiempo en que ‘independiente’ significaba justamente eso”. La película de John Sayles que hoy (ojalá todavía) podemos ver, es Sueños de Rock & Roll (Honeydripper). Si aún se puede, conozca –o acérquese de nuevo– a Sayles, y disfrútela.