Hacer comprensibles conceptos de estadística al público en general es más complicado que explicarlo a estudiantes que se involucran en una investigación; sin embargo, hoy me atrevo a hacerlo después de que, en un trabajo que actualmente están llevando a cabo en la universidad me preguntaron ¿cuál es el error alfa y el beta?, aunque en ése momento eludí la respuesta por falta de tiempo, decidí analizarlo para poder difundir mi idea de que, todos en cualquier momento, debemos tomar decisiones que pueden ser consideradas rudimentariamente como una especie de “método científico”.
Nuestras elecciones cotidianas siempre están sujetas a dos imposiciones: las conclusiones que obtenemos a través de la observación repetida y nuestras deducciones. Un ejemplo simple podrían ser las alternativas a considerar, para tomar un camino que nos lleve a un lugar. Lo más sencillo es escoger la vía más corta, pero debemos reflexionar en muchas variables como el tráfico, las pocas ocasiones en las que remiendan las calles, una manifestación o el absurdo cierre de arterias viales porque va a transitar por ahí un político inconciente. Para lograr nuestro objetivo, primero observamos, hacemos deducciones, luego inferimos y finalmente predecimos para actuar. Sin embargo, muchas veces caemos en equivocaciones involuntarias por la gran cantidad de fenómenos que se implican en nuestro medio. No siempre las rutas cortas son mejores.
Esto es más serio en la investigación, sobre todo cuando se prueban medicamentos. Entonces, elaboramos hipótesis que son suposiciones, ciertas o falsas de un fenómeno. Pero como en la vida, siempre de lo que podemos estar plenamente seguros es de que nada es seguro, debemos medir las probabilidades de equivocarnos. Este es el error, que puede tener dos vertientes, que universalmente se han denominado tipo I o alfa y tipo II o beta. Sus definiciones son muy abstractas, de modo que las voy a ejemplificar para facilitar la comprensión. El error alfa (hablando de medicamentos que se prueban) es aquel en el que se concluye que una medicina reduce la mortalidad cuando no tiene un efecto; mientras que el error beta es en el que se determina que un fármaco no funciona cuando realmente sí tiene cualidades terapéuticas. Pero ¿cuál es el error más grave? Esto depende de lo que se estudia. Clarifiquemos todo este embarazoso asunto con una historia a manera de parábola. Un esposo muy celoso con una mujer de infinitas cualidades tenía dos compadres: el compadre alfa (que era bien parecido, alto, musculoso y adinerado) y un compadre llamado beta, que era chaparro, feo, pobretón y con un físico de tipo tercermundista. El marido, dentro de sus inseguridades había generado conflictos maritales que tenían en la desesperación a su esposa. Comenzó a sospechar que su pareja le era infiel. Tomó una decisión y la emprendió contra el compadre alfa, pensando que el individuo “guapo” había atraído a su esposa... pero dejó de considerar que el otro era muy inteligente y que efectivamente la había enamorado con una serie de dones ocultos. Ella se fue con el compadre beta y el esposo celoso pudo comprender tardíamente que había cometido dos errores, sospechando equivocadamente una relación que no existía con su amigo alfa y dejando de considerar que sí existía un amorío con el menos sospechoso que era su compadre beta.
En ciencia, definitivamente es más fácil abordar problemas físicos, biológicos, químicos y sociales que en la vida enfrentarnos a las complicaciones inherentes a lo emocional; pero un espíritu crítico y basado en la conciencia de que siempre estamos sujetos a errores nos puede ubicar en nuestra vulnerabilidad. Por eso considero sinceramente que no es insensato aventurarse demasiado en las decisiones que tomamos en todos y cada uno de los actos cotidianos de nuestra existencia. Lo que sí es irresponsable gira en torno a dejar de hacer las cosas, temerosos de los errores. A final de cuentas, en la ciencia, en la tecnología, en nuestro comportamiento y en los actos más trascendentes o más banales de la vida, debemos aceptar con madurez y responsabilidad, las consecuencias de nuestras decisiones.
Una de las cosas más maravillosas del quehacer científico es que la investigación tiene la cualidad de corregirse a sí misma; pero la naturaleza del hombre posee la perversidad de no aceptar los errores. Pero si admitimos someternos a nuestra humilde condición de seres pensantes pero falibles, estoy seguro de que podríamos reducir el riesgo de caer en los errores alfa y beta en muchos de los actos en la cotidianidad.