Entre las etiquetas que con más frecuencia se le cuelgan a la literatura escrita por mujeres está la de que es muy solemne. Los cuentos de Ana Lydia Vega prueban que no sólo hay escritoras divertidas, sino también críticas, irreverentes, lúdicas, blasfemas. Nacida en Santurce, Puerto Rico en 1946, Ana Lydia es una cuentista que usa los recursos del cuento para señalar las partes blandas y malolientes del sistema. Feminista fervorosa, escribió su primer libro en colaboración con Carmen Lugo Filippi, Vírgenes y mártires, que fue un resonante éxito de librería. Encacaranublado y otros cuentos de naufragio obtuvo el premio Casa de las Américas en 1982. Pasión de historia y otras historias de pasión, aparecido en 1987, recoge el cuento que da título a todo el volumen de relatos: Pasión de historia, ganador de la primera edición del Premio Juan Rulfo Internacional de París, Francia, en 1984. Pasión de historia es un trabajo singular. O gusta o disgusta. La mayor parte de las veces provoca sólo perplejidad. Su extensión (de unas 40–45 páginas) lo vuelve casi una noveleta. No hay nada en sus peripecias que nos haga pensar que nos estamos perdiendo en el exuberante bosque de una propuesta profundamente feminista. Es tan divertido que con mucho gusto y sin sentir su sabor amargo deglutimos su sórdida premisa: que la violencia contra las mujeres se viste de gente decente. Que ninguna mujer escapa del depredador, del macho ofendido, del que no aguanta que una vieja lo cambie por una carrera, por una vida más tranquila, ni (horror de horrores) mucho menos por otro hombre.
Armado a la manera de una cuidadosa caja china, este relato se desdobla en tres: la historia de narradora, la de su personaje Malén y la de Vilma, su amiga en el exilio. Las tres sufren una persecución solapada. Sólo Malén (una mujer asesinada por su ex amante) sabe lo que le espera. La narradora toma su caso para una novela que pretende escribir si el novio que acaba de batear la deja. Para escapar del acoso del amante desechado, la narradora huye a Europa donde se encontrará con Vilma, quien está a punto de un colapso matrimonial. Vilma es una isleña seductora en una región neblinosa y fría. Sus únicos acompañantes son don Boina y su señora, padres del marido. A lo lejos, hatos de ovejas, colinas, verdor que es más una pátina de desconsuelo sobre su alma boricua. La llegada de la amiga propicia la crisis. El mecanismo de la tragedia se echa a andar cuando Vilma se hace de una relación extramatrimonial con el único hombre en miles de kilometros a la redonda: un médico que llega junto con su esposa y su bebé de meses a pasar una temporada en las cercanías. El aislamiento es propicio para que la narradora reflexione sobre su obra detenida:
“¿Cómo decir la muerte de Malén? ¿En boca de quién ponerla? ¿De la vecina temerosa que no abrió la puerta? ¿Del retén del cuartel, eslechado de admiración ante el relato del asesino que se entrega? ¿Del amante de turno, apestoso a cerveza y nicotina, mientras oye por radio el final de su soirée frustrada? ¿Del estudiante de medicina que levanta la sábana y queda hipnotizado por la carne marcada de una mujer ausente? ¿Quién contaría a Malén, quién diría la verdad, si ella estaba muerta?”
A través de los ojos de la narradora vemos pasar todos los signos de la tragedia. El matiz paródico acaba cediendo hasta revelar una realidad atroz: las tres mujeres estaban condenadas desde el principio.
Ensamble de una gran inteligencia en la disposición de elementos y recursos, Pasión de historia es un cuento tan cargado de ideología feminista que muy pocos logran verla. Muchas veces he oído a lectores que yo creía agudos decir que no entendieron el final. Quizá porque, sin ser un final abierto, la escritora deja a los lectores decidir por ellos mismos. ¿Acabó siendo Vilma víctima de su marido celoso? Paul era europeo, cazador, hombre rudo acostumbrado a la supremacía del conquistador sobre el conquistado. La narradora es testigo de la sutil pero persistente persecución de Paul hacia Vilma. Su calidad de huésped le impide disparar las señales de alarma. Las atenciones y los constantes halagos de sus anfitriones suizos no acaban de convencerla de la supuesta paz conyugal. Sobre todo cuando Paul la somete a una sesión de fotos de viajes familiares y de pronto, entre las imágenes de niños cachetones y tiernos abuelos, surge la imagen de un sarrio, más bien la cabeza decapitada de un sarrio, al lado de la cabeza de su amiga Vilma, quien posa para la foto en un juego de dualidades perversas.
“Ajenos a mis traumas, Paul narraba con lujo de detalles la épica paleolítica de sus aventuras. Por poco se me sale un grito de júbilo al pasar la última página. Pero el júbilo se me hizo sal en la garganta ante la agresión de la foto final. Brillosa, 8 x 10, inmensa, en un blanco y negro radical: una cabeza de sarrio y, junto a su falsa sonrisa disecada, cachete con cachete, como un extraño clinche bolerístico , la cara traviesa de Vilma, con los ojos saltones y la lengua por fuera.”
La tragedia de Malén, una mujer a quien el marido cose a puñaladas y que luego, con el último aliento, sale a tocar puertas en busca de ayuda, misma que nadie le provee por haber estado “esnúa y en pelotas” en pleno romance con su nuevo hombre en el momento en que el matador entra a la escena, parece ser el trasfondo de lo que está por ocurrir a las dos amigas. La nota final del cuento (que por cierto es relatada por un grupo de editoras que publica el diario de la narradora y aclara que ésta murió la noche de año nuevo de un tiro en la cabeza que le disparó por la ventana de su residencia un desconocido) se queda dando de vueltas en la cabeza del lector, quien, perplejo y deslumbrado aún por la magistral exposición de hechos, no puede creer la brusca revelación final: no importa qué tan preparada, intelectual, liberada, independiente y decidida sea una mujer que desafía el canon si, como nos dice Ana Lydia, no está lista para ver el doble filo de la realidad, ese que apunta al corazón de las mentiras que todos los días nos contamos.