Vivimos en la era de la información y de un uso y abuso de las tecnologías de información y de comunicación. En nuestro país tal situación corresponde al medio urbano y particularmente a las clases alta y media. El medio rural se encuentra prácticamente ajeno al fenómeno, por lo tanto constituye uno de los tantos componentes de su marginación y, a decir verdad, no es el más importante, conocidos los problemas básicos de supervivencia que enfrentan muchas personas en México.
Sin embargo, pese a esos importantes avances, los contenidos que se difunden a través de los medios de comunicación masiva, agregada la internet, siguen siendo los mismos que el poder político y económico se encarga de propagar para mantener el actual estado de cosas. Las mentiras repetidas mil veces y ahora ilustradas y adornadas con artilugios electrónicos siguen siendo los mismos engaños que cuando un demagogo desde una tribuna se dirigía a una multitud congregada en una plaza. Lo que ha cambiado es el medio y la “efectividad” de los mensajes que ya no tienen que ver con las dotes oratorias del emisor, ni de la existencia de un carisma en él; basta sólo que los técnicos presenten el mensaje lo suficientemente “adornado” para bloquear cualquier reparo y convencer a los receptores.
En la vida real esa virtualidad inicial va adquiriendo concreción –cotidiana– que carece por lo regular de la base de razonamientos necesaria para sustentar y así demostrar lo dicho. Muchas personas adoptan una uniformidad tal en cuanto a sus opiniones y forma de pensar entre sus prójimos que, tal parece que acudieron todos juntos a un salón de clases y aprendieron cabalmente la lección de un profesor. Pero... (aquí vienen los peros) si tú preguntas a cualquiera de estos individuos cuáles han sido los datos, la información, que les llevó a las conclusiones que expresan, yo les puedo asegurar que desconocen completamente, es más ni siquiera exhiben una intuición derivada de experiencias similares anteriores. ¡Esto es verdaderamente asombroso!
Algunas novelas de ficción de los años 50 del siglo pasado anticipaban la existencia esas sociedades “aborregadas” que seguían mansamente los dictados que, a través de una máquina parlante, les formulaba un torvo sujeto (un viejo pelón y vestido con un dizque traje “modernista” a manera de piyama) que reía a carcajada limpia al comprobar el efecto que causaban en la masa sus aviesos mensajes: sociedades distópicas, contrarias a las anticipaciones utópicas de las sociedades felices, imaginadas en contextos literarios e ideológicos.
¿Hemos llegado a eso? Pues si no de manera exacta, el parecido es notable: “No será el diablo, pero huele a azufre”. Escucho a mis compañeros de trabajo, a algunos parientes y a algunos cuates repetir sin sentido lo que los “comunicadores”, generalmente de muy bajo nivel cultural, les inducen a creer. No abunda el sentido o la percepción, críticos, en algunas personas que siguen mecánicamente a los estereotipados gritones y gesticuladores de Televisa y de TV Azteca, por mencionar a la televisión. Justo es decir que también los flautistas de Hamelin se manifiestan en la radio, en la prensa impresa y en la Internet.
De esta manera los grandes rebaños de crédulos repiten, sin razonar, las consignas que a Salinas Pliego y a Azcárraga convienen en función de sus nexos con el poder económico y político, porque tal parece que las concesiones “públicas” de las respectivas señales de televisión son bienes de propiedad particular asignados a perpetuidad, cual si fuera un derecho divino el que consagra esta situación.
Los medios de comunicación masiva han acentuado la obediencia y la sumisión que antes exigía la iglesia y han creado, precisamente, una masa moldeada y manejable con modelos únicos de pensamiento y aun de aspecto. Conquista que ya hubieran querido alcanzar los faraones, sátrapas, reyezuelos y dictadores de otros tiempos.
Como dijo el buen astrónomo quien fue, por supuesto, un mirón sin medida ni llenadera: “La vista debe aprender de la razón” (Kepler).