Finalmente llegó la “reforma petrolera” a ambas cámaras, en ambas se aprobó, y en ellas se dieron hechos inusitados, aunque ya todo parece ser inusitado en nuestra agitada y confusa vida pública.
Finalmente no se aceptó la inversión privada en la refinación y se atribuye esta negativa a la posición (¿o mejor dicho, oposición?) priista, encarnada en Beatriz Paredes, quien negó cualquier apoyo de su partido para aprobar cualquier concesión en ese sentido.
Y sin embargo, súbitamente, al desatarse la crisis económica mundial, aparecieron los fondos necesarios para que el presidente Calderón anunciara la construcción de una nueva refinería.
Y así como ahora aparecen miles de expertos que nos informan de los orígenes, los remedios, la duración y las consecuencias de la crisis económica, ahora abundan también los enterados, los que dicen saber de los efectos benéficos y perjudiciales de las reformas aprobadas. Aunque jamás hayan leído una sola palabra de ese artículo 60 que tanto incomodó a López Obrador, y al que le faltan las “12 palabras”.
Finalmente no se dio la tan cacareada privatización, el lobo no llegó a comerse las ovejas, o cuando menos eso nos dicen, aunque según algunos esté viva la posibilidad de que se concesionen en exclusiva algunas áreas determinadas de la plataforma submarina de nuestro mar patrimonial a empresas extranjeras, y para otros, al no haberse incluido en la ley las 12 palabras sugeridas por López Obrador durante su comparecencia en la Cámara Baja, esto –según ellos– prácticamente revierte el proceso expropiador emprendido por Lázaro Cárdenas hace 70 años.
Uno de quienes contribuyen a esta confusión es precisamente el presidente Nacional del PRD, Guadalupe Acosta Naranjo, quien el pasado 29 de octubre declaró que: “No es cierto que haya privatización ni tampoco que haya una sola rendija, quienes lo dicen es por ignorancia o manipulando la información. Saben que mienten, que no es cierto”, e informó –como para que no hubiera dudas– que enviará a Andrés Manuel López Obrador el análisis legal de la reforma para tratar de convencerlo “de que está mal asesorado o tenemos una discrepancia profunda de lo que se aprobó”.
Y nuevamente se presentó otro hecho inusitado cuando el mismísimo Pablo Gómez, viejo santón de la izquierda mexicana, expresó, también en la Cámara de Diputados, a manera de referencia, las muy convenientes mejoras llevadas a cabo por el gobierno brasileño en su empresa petrolera nacional, Petrobras, que ha conseguido, en muy poco tiempo y mediante asociaciones audaces con empresas extranjeras, pasar de ser un importador neto de crudo hasta alcanzar su situación actual, que la ha hecho una de las más eficientes, productivas y redituables del mundo, y a Brasil lo ha transformado en una nación autosuficiente en energéticos, tanto por lo que hace al petróleo como a sus derivados, en línea con lo anteriormente lograra, ser pionera en la investigación, explotación y producción de etanol, actividad en la cual destacó durante el siglo XX.
Ya antes, el 3 de julio, cuando se llevaban a cabo los foros de debate, el 3 de julio, Agustín Carstens, secretario de Hacienda se aventó una de las que acostumbra al declarar que aun sin la reforma energética –o petrolera– el país saldría adelante, pues únicamente habría que echarle “más agua a los frijoles”. Tres meses más tarde la realidad lo desmentía y las que sacaban al país del atolladero eran, precisamente, las reservas en dólares provenientes de la explotación petrolera.
Así de ocurrente es el simpático gordito Carstens. Mientras el presidente de la República urgía, dos días antes, a la aprobación, porque “ya no queda tiempo y si se duplica el precio en un año, para nosotros no será ganancia, sino una pérdida”, don Agustín declaraba lo contrario. ¿Alguien entiende lo que pasa en este país, en este gobierno?
Finalmente, ahora la discusión parece centrarse, por lo menos en los medios, en dilucidar quien ganó y quien perdió. Que si fue el PRI, que no, que fue Lopez Obrador; que no, que fue el PAN, a pesar de que no quedó, finalmente, nada de lo que propusiera Felipe Calderón.
¿Y la reforma? ¿En que quedó finalmente? ¿Cómo nos va a beneficiar, a nosotros y a las generaciones futuras? Si Pemex dejará de ser la caja chica (o bien grande) del gobierno. ¿De donde saldrá ahora esa parte del presupuesto nacional? ¿Si Pemex ya tiene autonomía y podrá reinvertir sus utilidades, como llenar el hoyo negro que le queda a Hacienda?
La reforma energética (o petrolera) terminó aprobada, pero tan confusa como empezó. Materia para expertos.
Casi casi como los festejos del centenario de la Revolución, cambiando continuamente de organizador, para unos festejos que organizará un gobierno cuyo partido surgió precisamente para luchar y revertir los logros de esa Revolución. ¿Quién hubiera imaginado que serían los panistas los encargados de celebrar y recordar a Calles y a Obregón, entre otros?
Así anda todo. Aunque usted no lo crea. Aunque usted no lo entienda.
Ni yo tampoco.