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Lunes, 3 de noviembre de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

Pese a crisis económica, pervive la festividad de Día de Muertos en Huaquechula

 

Altar de muertos en Huaquechula / Foto Abraham Paredes
YADIRA LLAVEN

Con los rayos del sol a las espaldas y un despliegue de colores y aromas que se apropian de las calles, a las 2 de la tarde del día 1 sonaron las campanas del templo de Huaquechula, comunidad amparada por el Popocatépetl, para anunciar el arribo, la resurrección de sus muertos. “Guiados” por caminitos de flor de cempasúchil que los familiares colocaron en la entrada de sus casas, para que no se perdieran. Como cada año, los muertitos son esperados con un banquete de mole, pan, mezcal y tamales, que también convidan a los visitantes, a los curiosos, a los extranjeros que recorren los pequeños caminos empedrados del famoso lugar por su tradición, quienes, de acuerdo a la costumbre, deben presentarse con una veladora que se coloca al pie del altar, hacer una breve reflexión o elevar una plegaria por el difunto.

Doña María Eulalia, octogenaria que ha visto “irse” a dos de sus hijos, nos recibió en su hogar, donde erigió un peculiar altar de tres pisos en memoria de Alberto, su hijo menor, fallecido en la frontera con los EU, en la búsqueda del “sueño americano”. Triste, comentó que fue el muertito del año. Su altar, que fusiona la tradición ornamental prehispánica de la región con la estética de los altares católicos de Jueves Santo, es monumental y predominantemente blanco, de estructura piramidal, instalado como es costumbre general en el recibidor de la casa, “a donde llegan las ánimas a disponer de la ofrenda”.

Los visitantes le preguntaban por los símbolos de cada uno de los objetos en el altar, pero la respuesta, de su parte, en todo momento fue lacónica: “es lo que a ellos les gustaba”.

La mayoría de los altares, hechos a base de tela de satín en tonalidades pasteles, disponen de tres niveles; cada uno de ellos tiene un significado distinto: el primero habla sobre el mundo terrenal, la vida cotidiana y la gastronomía que prefería el difunto; el segundo es la unión del cielo con la tierra, es decir, lo humano y lo divino, donde se colocan figuras de ángeles; el tercero representa el cielo o la máxima divinidad, siempre coronado por una cruz, en caso de que se trate de un adulto, y si fue infante se pone la imagen del niño dios.

Tras recorrer los altares del primer cuadro de la pequeña población de 30 mil habitantes, a lo lejos, José Alfredo Jiménez entona: “no vale nada la vida, la vida no vale nada… comienza siempre llorando, y así llorando se acaba”. La fiesta aún era joven, apenas las 17 horas.

Al caer las primeras horas de oscuridad se acrecentó el mágico efecto de la luz que provenía del interior de las casas. Las veladoras se han multiplicado y las luces eléctricas, estratégicamente dispuestas, producen una mayor impresión de Huaquechula. Los anfitriones, entre el dolor de la pérdida y el orgullo de presentar el magnífico altar, ofrecen esta vez a los visitantes chocolate con pan hasta bien entrada la noche.

Para ayer domingo, el bullicio de la jornada anterior ha disminuido considerablemente, al menos durante la mañana. Los familiares visitan el cementerio desde muy temprano para limpiar y adornar las tumbas de sus muertos con gran variedad de flores: margaritas, gladiolas, crisantemos, nube y cempasúchil, así como laurel y romero. Y en la ceremonia en que se “acompaña” al pariente fallecido, se sahuma con incienso o copal de la misma forma en que antes se ha hecho con la ofrenda.

En Huaquechula, como en tantas otras poblaciones de México, se da la hermosa paradoja de que las familias elaboren su duelo mediante una fiesta de gran riqueza sensorial. Se glorifica la vida más de lo que se honra a los muertos.

Para el arqueólogo Eduardo Merlo, la fiesta de muertos es la más importante de Mesoamérica y tiene una raíz fundamentalmente prehispánica. Se trata de un antiguo rito de cosecha cuyo tiempo de celebración se hizo coincidir, por los frailes españoles, con la de los fieles difuntos del 2 de noviembre en el calendario católico. Pero los muertos conservaron su representación milenaria y han sido el pretexto de la comunidad para fortalecer su identidad y compartir los frutos obtenidos de la tierra. Los difuntos son la semilla de la que ha de germinar simbólicamente la planta de sus descendientes.

Finalmente, pese a la crisis económica que atraviesa el país, más del 70 por ciento de los 55 fallecidos en este año fueron recordados por sus familiares, cosa que no impidió seguir celebrando y festejando a los que ahora llevan una mejor vida, pues hay que recordar que el costo de cada altar anda alrededor de los 20 mil pesos, más el convite para los visitantes.

Huaquechula dispuso de 80 guías turísticos y durante el sábado más de 15 mil personas visitaron sus altares y sus calles.

 
 
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