Este fin de semana, la celebración de Todos los santos colmó hasta el último rincón de la Angelópolis. Los festejos por el Día de muertos arrancaron el 31 de octubre en el zócalo, el corazón de la ciudad, con el programa La muerte es un sueño, organizado por el Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla (IMACP), que amalgamó lo tradicional y lo contemporáneo, lo diverso y lo único; que no resolvió la incógnita y la preocupación del hombre por la muerte, pero que nos permitió a través de diversas manifestaciones del arte reflexionar, sonreír e incluso disfrutar y recordar que no todo está perdido, que la muerte existe para darle sentido a la vida.
Durante tres días, hasta ayer 2 de noviembre, Puebla se vistió de colores, luces, veladoras, incienso y aromas de flor de cempasúchitl, pero sobre todo de una variedad de actividades artísticas y culturales en torno a las tradiciones y costumbres de esta temporada.
Desde las primeras horas del viernes se instalaron las ofrendas, tradicionales y no tradicionales, y algunas esculturas gigantescas alusivas al tema que convivieron con la curiosidad de los transeúntes del zócalo, quienes también disfrutaron de la Imagen Monumental de Posada (10 por 12 metros), una reproducción de un grabado del artista José Guadalupe Posada titulado La soldadura, elaborado a base de gis y carboncillo.
En otro punto de la ciudad, se realizó el programa permanente Lectura de aquí para allá que organizó el Zompantli Literario, y un tendedero de calaveritas. La actividad consistió en celebrar las fiestas de muertos escribiendo calaveritas para colgarla después en un tendedero. Una buena oportunidad para reírse de la muerte que asoma los dientes en nuestra sonrisa diaria.
En tanto, la compañía Dagaz presentó Panteón de Posada, una propuesta que mezcló la música, los bailes, refranes y diversas situaciones de los muertos al llegar a los panteones por sus ofrendas.
Mientras, en la Galería del Palacio Municipal, el sábado y domingo se presentaron las lecturas La muerte ronda Puebla, en la que participaron José Luis Zárate, Gregorio Cervantes, Judith Castañeda, Arcenia Soriano y Eduardo Montagner. Un recorrido por distintas miradas de nuestro destino inexorable y siempre incierto.
Un lugar que se unió a la fiesta fue, sin duda, el Panteón Municipal, en donde se presentaron dos obras de teatro: Con la muerte en las manos y La procesión de los muertos.
Con el objetivo de promover y difundir aspectos histórico–culturales de la ciudad, también prepararon una segunda edición del programa Puebla ciudad con alas, que consistió en una proyección de imágenes en alta resolución sobre los muros de la Catedral, presentando en esta ocasión una reflexión festiva sobre la muerte a través de las épocas.
Para los amantes de las artes plásticas, la exposición Zompantli de Sergio Hernández se inauguró en la Galería de Arte del Palacio Municipal. Zompantli es una pieza que cita al pasado prehispánico a través de 182 cráneos de talavera cada uno con una particularidad. Pieza ambiciosa por su tamaño pero también por su vigencia. Pero la muerte también estuvo presente en brujos, insectos y seres siniestros; tridimensionales o plasmados en óleo, acuarela y gráfica.
La música no podía faltar, y no hubo mejor opción que la profundidad y melancolía de la voz de Betsy Pecanins, y la fusión de la música prehispánica y el rock progresivo, de Jorge Reyes. Pecanins inundó la noche del viernes, de romanticismo, boleros y blues, a unos mil 500 visitantes, con el espectáculo “Blues y sombra”, que incluyó versos de Xavier Villaurrutia, canciones de Jaime López y clásicos como Página blanca.
Ahí, a los que transitaron después de las 20 horas, dijo que “el blues es una forma de vivir en la que he invertido alma, corazón y tiempo”. Y después de una hora, no hubo nada, más que el simple adiós. Pecanins dejó pasmados a los locales y turistas, que se fueron uno a uno, detrás de las ofrendas.