Cada día que pasa e inexorablemente aumenta el precio de los combustibles, vamos tomando conciencia de los terribles efectos que la crisis económica va a tener en todo el mundo, en especial en nuestro país y en particular en las grandes urbes y las ciudades medias, cuyo sustento ahora va a depender, no de la producción industrializada de alimentos, sino de la pequeña producción agrícola tradicional, precisamente ésa que ha sido tan despreciada y combatida, pero que a pesar de todo se niega a desaparecer.
Paradójicamente, ante la carestía y el aumento irrefrenable de precios, ahora la población urbana vuelve los ojos al campo, a los pequeños productores que a pesar del TLC, se han negado a morir y siguen, por principio, manteniendo su autonomía frente al espejismo consumista del mundo “modernizado”; y finalmente ahora resulta que son ellos la única esperanza de recuperar eso que se ha llamado “seguridad alimentaria” y después, “soberanía alimentaria”.
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