Cada día que pasa e inexorablemente aumenta el precio de los combustibles, vamos tomando conciencia de los terribles efectos que la crisis económica va a tener en todo el mundo, en especial en nuestro país y en particular en las grandes urbes y las ciudades medias, cuyo sustento ahora va a depender, no de la producción industrializada de alimentos, sino de la pequeña producción agrícola tradicional, precisamente ésa que ha sido tan despreciada y combatida, pero que a pesar de todo se niega a desaparecer.
Paradójicamente, ante la carestía y el aumento irrefrenable de precios, ahora la población urbana vuelve los ojos al campo, a los pequeños productores que a pesar del TLC, se han negado a morir y siguen, por principio, manteniendo su autonomía frente al espejismo consumista del mundo “modernizado”; y finalmente ahora resulta que son ellos la única esperanza de recuperar eso que se ha llamado “seguridad alimentaria” y después, “soberanía alimentaria”.
Decir que son la única esperanza, no significa solamente considerarlos en su faceta fundamental de productores de alimentos más baratos y nutritivos, sino también considerarlos sobre todo en su ejemplo de vida.
Han sido esta sabiduría y esta forma de vida, las que han permitido al campo mexicano durante siglos y siglos, sobrevivir en condiciones de pobreza y marginación, a pesar de la trampa de la “revolución verde”, de las promesas de las agroindustrias, de las amenazas de los transgénicos y de las presiones para emigrar fuera de su tierra. Por ello resulta comprensible que Ramiro Guillén Tapia, un maestro rural y líder de los campesinos de Soteapan, Veracruz, se haya prendido fuego en el centro de Jalapa, como un acto extremo de protesta ante los burócratas del gobierno que mantienen divididos a los campesinos.
La forma más efectiva de sacar los pies de la macabra trampa del TLC, es fortalecer a los pequeños productores del campo, no a los empresarios exportadores, ni tampoco a las transnacionales saqueadoras.