“Ciudadela. Tratado autobiográfico sobre la imposibilidad refleja la descomposición de nuestro tiempo, la carga de soledad, el abandono que aflora sin contemplaciones, y plasma poéticamente mi experiencia de indocumentado en Montreal, Canadá”. Es una elegía, pero no simplona ni vista como gancho al lector, “de la cotidianidad repugnante, del dolor acumulado, las prisas, el desprecio, la indiferencia, las inmundicias y contrariedades de los días; al igual que la derrota, los empleos que se equiparán con la muerte, el amor desechable y la terrible superficialidad”.
Así habla el escritor y poeta Miguel Maldonado (Puebla, 1976) de la segunda parte del libro Ciudadela, desde un lugar que puede ser cualquiera, desde la fragilidad que nos rodea, desde la monotonía, desde donde habita el dios de los envases y las envolturas.
La primera parte del texto fue presentada en Puebla en 2006, tras una estadía de tres años en Canadá. Esa ocasión, mereció el Premio Nacional de Poesía Joven “Gutierre de Cetina”, y hace dos semanas fue reeditado de manera completa por el Conaculta.
Ciudadela será presentado el miércoles 29 de octubre a las 19 horas, en el auditorio de San Pedro Museo de Arte (4 Norte 201), por Pedro Ángel Palou, Fritz Glockner y José Prats Sariol.
“El libro lo escribí hace en Canadá, y tras un reposo de cinco años decidí realizar la segunda parte en Puebla”, comenta a La Jornada de Oriente; mientras, aclara que el propósito fue experimentar y dialogar con el texto después de un tiempo, y confirmar lo que había escrito.
–Platícanos tu experiencia de indocumentado en Montreal y cómo se plantea en el libro.
–Me fui a estudiar un posgrado en Ciencias políticas a Canadá y lo terminé en un año. Se me venció el permiso y me quedé dos años más de ilegal. Tuve diferentes experiencias, distintos trabajos, algunos explotados, como lavar platos, ser campesino y obrero temporal.
“Viviendo en la ilegalidad sufres carencias, marginación, falta de servicios educativos y de salud, y este tipo de vicisitudes que es un lamento cotidiano, y no boliviano (como dice la canción), decidí escribirlo, porque fue un acto de supervivencia. Llegas con una mano por delante y otra nada más por detrás... quién sabe si volvería a hacerlo... es riesgoso, aunque se sufre igual en otras partes, pues en toda ciudad grande hay espacios de marginación. En Puebla no hay tantos como en Canadá; sin embargo, esta experiencia se volvió poesía, donde se refleja también la alegría de vivir”.
–¿Es una poesía de lamentaciones? –se le preguntó.
–No, estoy en contra del poema que se expresa en el quejido y en el dolor, más bien es una poesía emotiva. Es una elegía con ejercicio imaginativo intenso y lúdico, en el que se combina el dolor de la experiencia y el juego poético, de tal manera que los versos tiene una sustancia que los trasciende.
–Tras el marinado, el reposo, del primer texto ¿tu forma de ver las cosas cambió?
–No, al contrario. A partir de la reflexión en torno a la primera parte, me di cuenta de que lo que escribí; a cinco años de los sucesos, lo sigo pensando y sintiendo. Es una confirmación con otros recursos poéticos de prosa corrida, con temas de la experiencia personal y reflexiones literarias.
“Precisamente, de los cuatro libros que he escrito, con el que me siento muy identificado es con Ciudadela, aunque suene a cliché. Es un libro muy intenso, con cierta agresividad y ternura”.
–¿Cómo viste tu poesía después de ese tiempo? ¿Te desilusionaste o terminaste de convencerte que la escritura es tu oficio?
–Es una confirmación a mi trabajo, y dejar que pasara el tiempo es equiparable a lo que te sucede en una relación amorosa, cuando pides tiempo, o terminas o confirmas.
–¿Y cuál fue la reflexión del texto?
–Fue una interrogante. Si existe alguna salvación o se puede encontrar la tranquilidad y sosiego en alguna ciudad, cualquiera que ésta sea, o si realmente estamos imposibilitados de encontrar una plenitud.
–Has escrito el libro en dos ciudades, Puebla y Montreal, ¿éstas se muestran como escenarios dentro de la obra?
–Podríamos decir que sí. Aquí es donde he gastado gran parte de mi vida. Me he comido la ciudad, he bailado en la ciudad, me he besado con mis novias por sus calles, y al escribir este libro seguramente estoy hablando de Puebla.
–Una pregunta obligada. ¿Puebla ha evolucionado en la difusión y promoción de su literatura?
–La literatura en Puebla y los creadores que existen me parecen muy buenos. Hay muchos jóvenes creadores publicando con editoriales nacionales; existe un ambiente propicio para desarrollar el arte escritural; hay buenos maestros de literatura, de poesía; no obstante, hay que dejarle gran parte al ímpetu individual.
“La poesía en particular no es un gusto tan colectivo, tiene su propio público, pero como ya se había dicho: ‘podrá no haber poetas, pero sí poesía’; por mucho que no se quiera existirá, pese a regímenes totalitarios. Y en Puebla existen las bases, los espacios dados para desarrollar el inicio de cada artista, aunque hay que apostarle a la iniciativa personal, porque finalmente es un oficio, y una gran parte tiene que ver con la disciplina, el rigor y cierto grado de eficacia”.
“Le apuesto a la iniciativa personal, generacional, y no al trabajo de las instituciones encargadas. Sólo hay que irnos abriendo camino, como decimos coloquialmente”, señaló.
Finalmente, enfatizó que hacer una elegía, un libro escrito de lamento cotidiano, también es una apuesta por la imaginación, porque hay una serie de retruécanos, de metáforas, de juegos de palabras. “No nos podemos quedar en la simple queja, porque todos pasamos por momentos difíciles, pero en la manera que se escribe se marca la diferencia”.