No soy abuela de aguja ni de hamaca; sería infeliz si no trabajara; además, tengo un niñote discapacitado por quien luchar; él es mi alegría y mi vida, sostiene Lucía Carolina Hernández Pérez, mujer que a sus 74 años de edad, pasa las tardes– noches envolviendo las compras de los clientes en una tienda de autoservicio de Tlaxcala.
Madre soltera de dos hijos, uno de ellos discapacitado, pues a los 2 años y medio de edad sufrió meningitis que le dejó secuelas que lo hacen una persona con capacidades diferentes, asegura que dios vive con ella y a pesar de los sinsabores de su realidad, “soy feliz y lucho todos los días por sobrevivir”.
Doña Caro, como le dicen los niños y adultos con los que compite por las propinas que les dan como cerillitos o empaquetadores en dicha tienda comercial, cambia todos los días sus aperos de ama de casa y de madre, para salir por el sustento diario. Impecablemente vestida y aseada, con su pantalón azul, camisa blanca, delantal de la empresa, zapatos negros de piso bien lustrados y una gorra, hace frente a su realidad
Su lento caminar y vista cansada no son óbice para que todas las tardes, a partir de las 18:30 horas, forme parte del paisaje de esa tienda comercial. Recorre una, bueno, varias o casi todas las cajas de cobro para embolsar lo que la gente compra y con una sonrisa que se dibuja en su blanco rostro, espera algunas monedas que le ayuden a ser menos pesado su largo peregrinar.
No tiene salario fijo, pero tampoco lo exige. Es feliz con lo que alcanza a juntar de propinas, aunque éstas, la mayor de las veces, no sean suficientes para cubrir las necesidades de ella y de su niñote de 26 años de edad.
“Por lo general gano entre 60 y 70 pesos, pero los fines de semana, cuando me va bien, llego a juntar hasta 110 pesitos”.
Trabaja prácticamente toda la semana, sólo descansa los miércoles, pero “es por políticas de la empresa, porque si por mí fuera, imagínese, qué bueno sería trabajar corrido, aunque a veces me dan permiso venir los días de descanso, sobre todo cuando les digo que ya siento el agua al cuello por la falta de dinero. Son muy buenas personas conmigo.
“A veces la gente no entiende mi labor. Hay personas que hasta me regañan, me dicen que si no tengo hijos que me den dinero o de plano me dicen qué clase de madre fui porque no tengo hijos que me mantengan, les doy lástima y hasta me dan más dinero, pero en general me tratan con cariño”, relata.
“Trato de ser servicial, además me gusta jugar con los niños cuando están en la caja y lloran. Los distraigo para que sus padres estén a gusto y regresen a comprar otra vez. Pero la verdad, hay gente que les disgusta que los atienda, porque rechazan a los ancianos, pero esas son cosas de ellos, siempre trato de darles una sonrisa”, explica doña Caro.
En los seis años que tiene como paquetera, los cuales cumplió el pasado 10 de octubre, le ha ocurrido de todo. Cosas buenas y malas, pero “es una labor muy noble, porque trabajo cuatro horas y no descuido mucho a mi niño, lo dejo en manos de mi hija y cuando llego me espera con una sonrisa”.
Ha dedicado 63 años de su vida a trabajar. Inició como cajera y llegó a desempeñarse como auditora en lo que fue el Banco Internacional, después laboró en las empresas Kimberly, Nestlé y Singer, “pero desde que mi hijo enfermó me dediqué de lleno a él. Puse unos negocitos, pero me los quebraron y vendí todo mis bienes, porque tenía hasta unos departamentos, pero al no tener ya dinero para cuidar a mi hijo, vendí todo y me quedé así, por eso entré a trabajar como paquetera”.
A pesar de esa situación, doña Caro asegura que vive feliz con “mis recuerdos y sin rencores. Yo tomo todo lo bueno de la vida y lo malo lo dejo. Procuro dejar todas mis tristezas, soy una mujer que vive con dios y lo digo a voz abierta, vivir con una persona deficiente (discapacitada) es vivir con dios, porque me da muchas satisfacciones en el día y puedo asegurar que tengo mucho amor gracias a él.
“No tendré dinero, pero de amor estoy colmada, porque cuando llego cansada de trabajar, mi hijo me colma de amor, me llena de besos y caricias. Qué más puedo pedir, no hay cansancio que opaque el amor, por eso le aseguro que sería infeliz estando en mi casa sin trabajar, porque no soy abuela de aguja y hamaca, soy mujer de lucha y trabajo”, afirma orgullosa.
Doña Caro añora vivir muchos años para “disfrutar a mi hijo”. Aunque a veces “me las veo duras con los gastos. Vivo a gusto, tranquila y con mucho amor. Por eso creo que la gente debemos vivir como queramos, a plenitud y sin rencores, porque cuando la vida nos dé reveses, ya tiene uno de qué vivir, de sus recuerdos y del amor que sembró”.