Como parte del programa “Vivir Mejor”, el Jicoténcal, el Margarito y el Tránsito se disponen a entrarle al ejercicio. Antes de su caminata por la salud bajan 200 costales de naranja, lo que les permite sacar todas las toxinas de su cuerpo. Se disponen a tomar un nutritivo y frugal desayuno: tres tortas de tamal con champurrado. Mientras los alimentos balanceados bajan por su gaznate ven llegar a una mujer de falda larga de color negro, blusa blanca con pepenado de Ixtenco, un sarape de Santa Ana Chiautempan (¿Saltillo?) en la cabeza y huaraches.
¿Qué mosca le picó a la paisana? De seguro es esposa de funcionario de primer nivel que quiere mostrar las bellezas autóctonas, para evitarse tener que explicarlas porque de que son ignorantes, lo son. De pronto descubren que tras los ropajes no se esconde ninguna fufurufa, sino que es ni más ni menos la Sábila.
Los primos le informan que ayer fue la visita de los embajadores que vinieron a celebrar el aniversario de la ONU. Que la reunión es en el San Francisco y ni por equivocación van a venir al tianguis. Pero nunca falta un prángana. De entre los pasillos se oye un: “Adiós mi Malinche aquí está tu Cortés, le ponemos Martín al niño”.
La otra ni tarda ni perezosa les revira: No soy Malinche sino Malinalli punta de ignorantes; Soy Matlalcuéyetl y no Marina, estúpidos. Cómo se les nota que destilan ignorancia, les remata.
¿Y quiénes son esas viejas?, le preguntan los primos retándola a que muestre su falta de agricultura y le sueltan una pregunta: ¿La Malinche es una montaña o un volcán?
Ella de entrada les dice: Es una montaña diosa, por eso se le llama “la” Malinche, “la” de las faldas azules.
Ahí está el primer problema, porque la montaña es un volcán o sea que es algo así como la canción de José José, Gavilán o Paloma.
¿Montaña o volcán?
Ahí está el asunto, le comenta el Tránsito, ni tú estás segura si es varón la nena, porque puede que sea de los dos, según lo cuentan las leyendas que dieron origen a los tlaxcaltecas.
El Jicoténcal les platica una historia que le fue contada por un viejo que vive por el rumbo de Acxotla del Monte. Ese campesino le informó que es un volcán, porque es hombre. Según se cuenta, en el valle había una muchacha muy bonita, así como la Sábila y que dos jóvenes andaban tras sus huesitos, sólo que los dos chambiaban en el Ejército. Los muchachos se llamaban Popocatépetl y Matlalcuéyetl, y la dulzura llevaba por nombre Iztacíhuatl. La Izta le hacía caso al Popo y el Matla se sentía menos, así que un día que mandaron al Popo a combatir a los narcotraficantes, el Matla se apersona y le dice: Qué crees, la otra le dice qué. Pos que al Popo le dieron dos tiros de flecha y ahí quedó. La Izta se puso muy triste y se murió, pero cuando el Popo regresó y le informaron de la muerte también se murió, y al Matla le dio tanta tristeza que también se petatió, por eso es que hay dos volcanes y una montaña cuidando el Altiplano. Pero los volcanes quedaron apagados porque no pudieron cumplir con su misión de hombres y cuando se acuerdan lanzan una que otra fumarola.
Eso no es cierto, grita la Sábila, la Malinche es una montaña, porque según me han contado aunque también fue un asunto de celos, todo porque a veces las mujeres tenemos un corazón en donde cabe más de un ingrato, dice ella y se arranca: Yo sé que en el valle de Tlaxcala había una mujer muy bonita, no tanto como yo, pero bonita, y ella venía al tianguis a mercar sus cositas, así que un día andando de compras que la divisa un muchacho de Tepeyanco, que en el nombre llevaba la penitencia, se llamaba el mozuelo Tentzo.
El muchacho le llega, le pide el número de su celular y su dirección. Ella se lo da y empieza a visitarla. Un día, el Tentzo le dice que va a haber un baile muy bueno en Cacaxtla porque iba a tocar el Grupo Pesado y se lanzan los dos a la pachanga. Ahí la mujercita ve que un galán le está echando los perros y estaba más guapo que el Tenzo por lo que se deja acompañar y hasta se echa unos huarachazos. Pasan los días y como no falta alguna chismosa, le dicen al Tentzo que la Matlalcuéyetl, que así se llamaba la chamaca, le andaba poniendo los cuernos. Un día el Tentzo va a visitarla y mira que por el mismo camino va de regreso un tal Tonathiu, que era como se llamaba el otro galancete. Que se enmuina el Tentzo, llega a la casa de la Matlalcuéyetl y le empuja su cuchillo. Luego la abraza y la va a dejar a un teocali, que es una piedrota sagrada y puso pies en polvorosa. La mujer que no había cometido ningún pecado, o sea que era virgen se convirtió en la Montaña.
El Margarito comenta que la historia de la creación es otra y efectivamente es que la Malinche es mujer. Cuenta la historia que cuando se creó el mundo azteca, a una de las mujeres, que fue compañera de Tláloc, le otorgaron el don de cuidar a la población, por lo que ella les proporcionaba el agua y cuidaba de que siempre tuvieran operando los ríos, arroyos y lagunas. Además también tenía la obligación de cuidar a las mujeres para que se embarazaran y pudieran dar a luz a hermosos mocosos y mocosas que mantuvieran la vida del Altiplano. Esa mujer vestía de manera muy elegante, pues tenía unas faldas de color a veces azul o a veces verde.
Esa diosa se quedó a vivir en el Altiplano a cuidar de todos los que lo habitaban y se convirtió en la montaña para mantener la vida floreciendo, por eso es que sus faldas se convirtieron en los árboles que dejan ver el verdor o el azulado de la tarde. Esa diosa se llamaba Matlalcueitl.
Entonces por qué se le dice Malinche, pregunta retadoramente la susodicha.
Esa es otra historia, le contesta el primo Tránsito.
La Malinche
El primo dice que le empezaron a decir Malinche como una referencia a la llegada de los españoles. En principio porque Malinche no se refería a la mujer sino al hombre, al conquistador español Hernán Cortés. Resulta –según el Tránsito– que cuando los españoles entran a Tlaxcala, los indios que se dirigían a él, lo hacían a ella, porque entendía su lengua. Sólo que ella ya se llamaba Marina y los indios les sonaba más como a Malintzin, porque le reconocían que era de noble cuna. Sólo que el tzin fue degenerando y empezó a pronunciarse como tze. Así que cuando los indios se dirigían a Cortés decían Malintze, capitán de la Malintze y que después quedó como Malinche para denotar que se estaban dirigiendo a ese señor que estaba con esa señora que era la que los entendía.
¿Por qué la Malintze estaba siempre junto a Cortés?, pregunta ella.
El Tránsito le explica que cuando los españoles llegan a Coatzacoalcos, el cacique de ese pueblo tratando de quedar bien le regala 20 esclavas, entre otras estaba Malinalli. Los españoles que llevaban mucho tiempo sin mujer le echaron el ojo y para no cometer pecado Cortés las mandó a bautizar y como Malinalli sonaba como a Marina, así le dejaron y se la entregan a Portocarrero.
Pero Alonso de Aguilar que era el traductor del maya al español, descubre que la muchacha habla maya y náhuatl, y como el no entendía más que el maya, le dice al capitán: Oiga jefe, por qué no se trae a esa chamaca bilingüe para que nos sirva como secretaria. Hernán Cortés se la quita a Portocarrero y hasta le hace un chamaco.
El nombre completo es Malinalli Tenépatl; Mallinali se traduce como “hierba que sirve para elaborar cuerdas” y Tenépatl: “persona que tiene facilidad de palabra, que habla mucho y con animación”. Que como dice Bernal Díaz del Castillo en sus crónicas, “después de dios, le debemos la conquista de la Nueva España a Doña Marina”.