El tema de la lectura es así: está repleto de asegunes y depende de quién vea el asunto. El punto que nos ocupa el día de hoy es la piratería, espinoso ya de por sí en este mundo globalizado, pues las grandes corporaciones no quieren perder ni un centavo de ganancia; por tanto, la piratería se transforma en un pecado quizá más grande que matar. El problema deriva un tanto del costo de los libros y otro tanto del poco valor que le damos a los mismos y a la propia lectura. Claro que habría que definir qué diantre entendemos por piratería: la copia indiscriminada y sin la autorización del autor o quien detente los derechos de la obra, con el fin de comercializarla y ganarse una lana a lo macizo de dicho producto. Si se trata de lo anterior, bien podemos ir descartando la fotocopia como un ejemplo de piratería. En este país de condiciones miserables, donde los estudiantes batallan todos los días para partir los pocos pesos que sus padres pueden darles, entre el transporte, la media torta y la compra de materiales educativos, difícilmente podrán comprar los textos originales. Obvio resulta que en ocasiones llegan a fotocopiar capítulos e incluso libros enteros. Sé que se puede argumentar lo de las bibliotecas, pero seamos sinceros: ¿realmente alcanza la red de bibliotecas para solventar el problema? ¿Realmente un estudiante piensa lucrar con esos libros fotocopiados?
Es quizá una tragedia para el mundo editorial y lo siento; sin embargo, me parece que los muchachos al menos acceden de esa manera a la lectura de muchos textos y eso ya es ganancia. Un libro es elaborado para brindar conocimiento o simplemente para exaltar sentidos y sentimientos, por tanto, no importa si viene fotocopiado o en el empastado original.
Sin embargo, la piratería que realmente me preocupa, y que creo debería preocuparnos a todos, viene por otros canales. No hace mucho, (en esos viajes de frustración y miseria que realizo en ciertas librerías), buscando El libro de los libros, de Chilam Balam editado por Alfredo Barrera Vázquez y Silvia Rendón para el FCE, me topé con una circunstancia un tanto extraña: al preguntar a la dependiente con respecto a este título, me dirigió hacia el estante donde se encontraba, y en efecto, ahí estaba, pero con otra editorial. No recuerdo el nombre de la misma y no lo omito por pudor o por no tener deseos de quemarla, la verdad es que no me acuerdo. En fin, en esta versión no aparecían los nombres de los responsables de la publicación, y al comparar con el del Fondo –sacado de la biblioteca para mostrarlo por si no lo identificaban– descubrí que estaba copiado tal cual, palabra por palabra, sin cambios, salvo que no habían puesto los nombres de los traductores, y que habían cambiado convenientemente el diseño de portada. Al comentar tales circunstancias con el encargado de la librería aceptó que eso sucedía frecuentemente con diversas editoriales que lo hacían para no pagar derechos, y pues claro, los libros salían más baratos de esta manera. Esta edición pirata costaba unos treinta pesos, mientras que la del Fondo costaba unos ochenta.
Supuse que esto no pasaría con este tipo de libros, al ser realmente de poco interés para el público en general; sin embargo, parece que forma parte de los textos obligatorios para determinadas materias de secundaria y preparatoria: de otra forma, no entiendo cuál sería el interés de los bucaneros de los libros en reeditarlos sin derecho.
Recuerdo también que un alumno mío se entusiasmó con La Revolución, y al enterarse de la biografía narrativa que Paco Ignacio Taibo II le hace a Villa fue a comprarla. El problema es que pagó el mismo precio que los demás y a su libro le faltaban páginas y la impresión era deficiente, tanto en el interior como en las solapas. Ignoro si se trataba de una copia pirata o si Planeta sacó una reedición “piñata” de ese texto –pinche, pues–, pero de que estaba mal, no me cabe duda.
Por tanto, pareciera que la piratería en el mundo editorial tiene más que ver con dos o tres editoriales chileras que están buscando lucrar con estos textos, y lo hacen con un descaro impresionante. Pero ¡vamos!, ¿a quién demonios le importa el Libro de los libros, de Chilam Balam o la biografía de Villa?... Drama, pues, de este mundo moderno: el mercado negro alcanza a todos y los puristas de ciertas editoriales que están más preocupados por proteger libros en verdad piojos, como los de Gaby Vargas y Jordi Rosado, no alcanzan a entender el daño real de la piratería; sin embargo, no me parece que debiéramos acusar a un estudiante que, con el genuino deseo de aprender, fotocopia unos textos sin poder gastar para el original, o al profesor que diseña antologías para sus alumnos. Pero eso sí, “¿tienes el valor o te vale?”, y nosotros, como padres fotocopiadores, “¿qué le estamos enseñando a nuestros hijos?” (sonoras trompetillas). Añadamos pues el undécimo al decálogo de Moisés...