Sólo una guitarra y un banco, y su inseparable amigo al piano, Ricard Miralles, acompañaron a Joan Manuel Serrat ayer domingo ante unas 5 mil almas que abarrotaron el Auditorio del Siglo XXI, mostrando, como cada vez que visita Puebla, su inmenso cariño al músico catalán. Fue una velada llena de risas, anécdotas y proverbios chinos, con los que comenzó y cerró la noche.
“Dice un proverbio oriental que nadie se baña dos veces en el mismo río, y tampoco es el mismo hombre el que se sumerge en él. Y tal vez por eso, y tal vez por lo contrario, a uno le da tanto gusto regresar al lugar del que se habla, encontrarse con amigos, compartir la tarde, la música, la vida. Estoy muy feliz de estar en Puebla. Bienvenidos”, y los aplausos empezaron para no parar más.
Con su característico estilo desenfadado y jocoso, tras quedarse mirando a la gente que aplaudía, parado a la orilla del escenario, agregó: “eso de ser artista es fantástico. Se lo recomiendo a todos. Déjenlo todo, abandonen su trabajo, su familia. Hacemos lo que queremos y la gente nos aplaude”.
Cerca de dos horas, Serrat le cantó al amor, a las mujeres, a los hijos, a las luchas cotidianas, a la vida misma. Interpretó muchas de sus emblemáticas canciones, llenas de sencilla sabiduría, que han acompañado a generaciones, como Penélope, Fiesta, Esos locos bajitos, Aquellas pequeñas cosas y Tu nombre me sabe a hierba.
Luego de algunas canciones, llegó otro proverbio. “Dicen que la mala racha dura hasta que llega la buena. ‘¿Y para cuándo la buena?’, me preguntó un tipo a la vuelta de la esquina de mi casa, que estaba pidiendo limosna, y que me escuchó decir en voz alta mis proverbios. Yo le dije: ‘no hay mal que 100 años dure...’, y me responde: ‘pues me quedan 70 años de andar jodido. En lugar de eso’, me dijo, ‘dame 20 pesos y quedamos a mano’. Pero en eso me salió a flote mi educación cristiana, y en lugar de solventar las necesidades de aquel hombre, pues traté de consolar su espíritu. Le tomé de las manos, lo miré a los ojos y le dije otra vez: ‘hermano, ni en las mayores tribulaciones de tu vida, cuando la noche oscurezca, que no decaiga tu corazón, porque de las nubes más negras cae agua limpia y clara’. Y el tipo no sé si me tomó por meteorólogo o por puto, el caso es que se me echó encima... ‘no soy puñetas’, le dije, y salió corriendo. Lo curioso es que al llegar a la esquina, me mira y me grita: ‘oiga, pendejo, ¿quiere oír una de chinos? Las cosas siempre empeoran antes de mejorar’. Y fue allí que me di cuenta que me había robado la cartera”.
Y así, después de las sonoras carcajadas, interpretó La mala racha, que no dejaron de aplaudir y corear los serratianos.
Durante el concierto, el cantante y el pianista intercambiaban miradas de complicidad. Esa complicidad, esa vieja amistad que hay entre ellos luego de cuatro décadas de trabajar juntos.
Tras despedirse, Serrat y Miralles regresaron al escenario, agradecidos, unas cinco veces, recibidos con una ovación de pie.
Al último, Serrat recomendó a los poblanos: “no pierdan nunca la sonrisa que les ilumina la cara, porque como dice un viejo y sabio proverbio oriental: hombre que no sabe sonreír no debe abrir la tienda”. Fue una noche gozosa. Fue una noche con Joan Manuel Serrat.