Educar es convertir a alguien en una persona más libre e independiente, con más criterio. En un individuo capaz de dirigir su propia vida. Por eso toda educación positiva humaniza y libera al hombre.
Hay que distinguir dos facetas en este terreno: por un lado la información y por otro, la formación. La primera consiste en la suma de una serie de datos, observaciones y manifestaciones específicas, la segunda trata de ofrecer pautas de conducta con cierta orientación, favoreciendo la construcción de un ser humano más dueño de sí mismo.
Muchos libros sobre educación sexual sólo cubren la parcela informativa, pretendiendo ser asépticos en la vertiente formativa. Algo parecido puede suceder cuando ésta se imparte de modo colectivo y termina siendo una especie de clase de anatomía, en donde se relata cómo se realizan las distintas técnicas y estilos que existen, sin un fondo ético.
La educación sexual consiste en la consecución de un conocimiento adecuado de lo que es, que va desde su desarrollo hasta la culminación del encuentro físico, que apunta hacia la madurez psicológica y la plenitud de la persona, en el marco de lo que debe ser la dignidad.
Educar en y para la libertad siempre es un riesgo. Dominar y ser señor de la propia sexualidad, gobernándola para entregarla a otra persona, a través de una donación comprometida. Cuando no ocurre así, los impulsos van ganando terreno según su capricho, llegando a tiranizar la conducta, marcándole una línea obsesiva, que no libera al hombre, sino que lo rebaja.
Educar en sexualidad y afectividad implica algo más que enseñar a los niños y jóvenes sobre relaciones sexuales y los posibles riesgos asociados a ellas.
La educación sexual tiene que ver con enseñar formas de expresar afecto, cómo respetarse a sí mismo y al otro, con las innumerables maneras de disfrutar la vida, cómo tomar decisiones sin ceder a presiones; con aprender el valor de la sexualidad y las relaciones afectivas en el desarrollo humano, así como su papel en la salud física y psicológica de toda persona.