Es asombrosa la ineficiencia con las que se han conducido las autoridades del Poder Ejecutivo, en particular la presidencia de la República, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y la Secretaría del Trabajo y Previsión Social.
Cuando se produjeron las primeras expresiones de la crisis hipotecaria en los Estados Unidos, el presidente con un espíritu de apostador dijo que a él no le preocupaba la adversidad, al contrario le emocionaba.
El secretario de Hacienda y Crédito Público afirmó que la economía mexicana era tan fuerte que sí a los vecinos les daba neumonía, el país apenas si se sería contagiado con un leve catarrito.
El secretario del Trabajo y Previsión Social le abonó, destacando que México estaba preparado para atender y ofrecer trabajo a todos los migrantes que regresaran como producto de la crisis norteamericana que estalló el presente año.
El petróleo cayó a la mitad de su precio, de 132 a 62 dólares, el dólar se incrementó de 10 a 14 pesos, las divisas disminuyeron 10 por ciento en el tercer trimestre del año y el crecimiento económico esperado se redujo a la mitad.
Hasta que no tuvieron enfrente estos efectos, los tres se sorprendieron y argumentaron que nunca consideraron que la caída de los sistemas financieros fuera de tal magnitud.
Como salvamento se presentó un plan anticrisis y ¡sorpresa! Los mexicanos descubrieron que el presidente había mentido durante dos años. Entre otras cosas se propuso construir una nueva refinería.
Los empresarios, mientras tanto se hicieron del 10 por ciento de las reservas del país. En fin, que los panistas convirtieron al país en una isla de Barataria. El problema es que no hay un Quijote que ponga algo de cordura.