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Viernes, 17 de octubre de 2008
La Jornada de Oriente - Tlaxcala - Cultura
 
 

Combina Manuel González el oficio de cerrajero con su pasión por escribir

 
José Carlos Avendaño

De poeta, músico, torero, cerrajero y loco tiene más que poco. Manuel González Rosas, un hombre afable de 70 años de edad, tiene a cuestas más de 56 años dedicados al oficio de la cerrajería, pero también de escribir poemas, canciones y rimas, lo mismo a toreros que artistas y a la tierra que lo vio nacer.

González Rosas tiene varias cosas en común al literato de Azinhaga, Portugal. Al igual que el Premio Nobel de Literatura, José Saramago, el oriundo de Apizaco viene también de cuna humilde, tuvo que trabajar desde su infancia como herrero, fundidor y cerrajero para ayudar a sus padres en la manutención de sus hermanos.

Pero sobre todo, comparte algo con el autor del Evangelio según Jesucristo y Todos los nombres, es el gusto por escribir, pues a lo largo de su vida ha compuesto canciones, poemas y versos para los hombres de Tlaxcala y para la historia de su estado. Incluso, para el pasado aniversario de la ciudad capital,

En un taller que apenas ocupa 2 metros cuadrados, pero ubicado en el corazón de la capital del estado, ése que “está rodeado por siete colinas”, como él le llama, don Manuel nos cuenta sus historias, sus vivencias, sus anhelos y confiesa con un brillo muy especial, que añora que su tumba tenga epitafio, pero “no, la verdad todavía no pienso en uno que reúna la esencia de mi persona”, dice.

A los 14 años de edad inició su camino en este oficio, pero él no es un cerrajero cualquiera, pues asegura que “tengo un taller porque no vendo ni chapas ni candados, pues arreglo chapas, cambio combinaciones y abro cualquier puerta cerrada. Empecé en esto por necesidad, pero gracias a dios esto me ha dado para tener una familia de cinco hijos, a los cuales les he dado estudios universitarios, tengo una casa y una esposa que me espera como siempre, desde hace casi 47 años que llevo de matrimonio con ella.

Con emoción recuerda que hace 56 años, en Apizaco empezó como aprendiz de cerrajero con Raúl Hernández, un hombre que a pesar de sus limitaciones físicas, pues no tenía el brazo derecho y caminaba con dificultades, fungió como su mentor por varios meses. En búsqueda de un mejor futuro, inició su camino propio, sólo que en Tlaxcala, porque “no quería ser un ingrato y hacerle competencia a quien me enseñó los secretos del oficio”.

Desde entonces, salvo una pequeña estancia en la ciudad de México, no ha fallado a su taller en donde siempre está listo para resolver cualquier descuido, problema o conflicto por el cierre de puertas o la pérdida de las llaves.

“El oficio me ha dado para vivir, no me quejo, pero así ha sido no porque sea excelente el pago. El secreto de ello no es cuánto ganas, sino cuánto gastas, es llevar bien las finanzas, porque quien gana 50 pesos y se gasta 80, se lo lleva la desgracia pronto, porque siempre vivirá endeudado. Yo no me emborracho, no porque no me guste, sino porque si lo hago, posiblemente al otro día no tenga ni para curármela”, explica don Manuel, tras referir con orgullo que con su esfuerzo pudo construir su casa de dos plantas y sobre todo pagar los estudios de sus cinco hijos.  

“Ninguno de mis hijos aprendió el oficio de cerrajero, porque no se los enseñé, ya que no quise que distrajeran sus estudios. En una ocasión les leí la cartilla, porque les dije: no va a haber vestido de lujo para la escuela, pero tampoco irán desnudos ni descalzos, pero quiero que sean gente de bien”, y así fue porque tres de ellos terminaron sus estudios universitarios y otros dos se quedaron a pocos pasos de hacerlo.

Su trabajo lo compagina con su gusto por la poesía y por la tauromaquia, pues confiesa que de niño quiso ser torero. “Estaba chico y por medio de la fe y religión, uno de mis hermanos y yo acordamos pedirle a la virgen de nuestra devoción que nos iluminara para ser toreros. Le pedíamos de todo corazón y hasta le prendíamos sus veladoras, pero con el paso del tiempo nuestra virgen nos iluminó otro camino y las cosas no se nos dieron como esperábamos.

“Eso no me amargó, como decimos los taurinos. Ahora me conformo con ir a las plazas e inspirarme para hacer a los toreros sus versos”, pues tiene poemas de la mayoría de los diestros tlaxcaltecas, nacionales y hasta de España.

“El primer poema que hice fue a El Pana, cuando empezaba de torero. Nació muy humilde Rodolfo Rodríguez, pero ahora en la fama le llaman El Pana. Torero valiente, de variadas suertes, se arrima en los quites, sonriendo a la muerte. Toreando en redondo, no tiene rival, en los pases de pecho, se ve sin igual”, recuerda los primeros versos.

Pero no sólo escribe poemas taurinos, también participó en la ceremonia del 486 aniversario de la fundación de Tlaxcala como ciudad, pues le escribió unas coplas a la capital, mismas que presentó en una ceremonia en el Teatro Xicohténcatl.

Aunque fue un día feliz esa mañana en la que se presentó ante la ciudadanía tlaxcalteca, en el fondo esa ceremonia le causó un hondo penar, porque “la verdad me da tristeza que va a cumplir cinco siglos de vida y ni un desgraciado presidente de la República ha venido a la ceremonia, pero eso sí, a otros pueblos van rápido, siendo que Tlaxcala es la madre de Monterrey, Coahuila, Zacatecas, Aguascalientes y San Luis Potosí y ningún hijo de... viene aquí, perdón por la expresión, pero me da coraje”.

Manuel González Rosas refiere que de todo ha escrito.

Pero en sus historias ni siquiera ha visualizado su final, pero eso sí, sueña con que la gente de Tlaxcala lo recuerde y que en su tumba haya un epitafio, el cual está pendiente, pero “la verdad, todavía no pienso en uno que reúna la esencia de mi persona”.

 
 
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