El Banco de México anunció a mediados de la semana pasada que durante agosto de este año había disminuido el valor de las remesas enviadas a México por los trabajadores mexicanos en Estados Unidos. El Banco informó que el nivel de remesas fue, ese mes, el más bajo de los últimos 12 años, es decir, desde que se lleva registro de esas operaciones.
El resultado es el primer efecto directo de la crisis en la economía real.
Como mencioné en mi artículo anterior, la crisis aparece en la órbita financiera y posteriormente se transmite al área productiva (real) de la economía. En México, lo que primero se supo, es que cayeron las cotizaciones en la Bolsa de Valores y que el peso se depreció respecto del dólar.
Fueron los primeros síntomas percibidos por el ciudadano de a pie, pero ya se estaba generando un efecto en la otra esfera de la economía, la que realmente importa (o debería importar). En agosto, la crisis financiera estadunidense ya había empezado a repercutir en el empleo.
La crisis de las hipotecas condujo a la retracción del mercado de la vivienda, se construyen menos casas y los trabajadores de la construcción no tienen donde ocuparse: más del 20 por ciento de los mexicanos que envían remesas desde Estados Unidos se dedica (¿o dedicaba?) a este sector, cerca del 10 por ciento está (¿o estaba?) empleado en la industria manufacturera, que también ha empezado a mostrar, en Estados Unidos, síntomas claros de desaceleración que, técnicamente, ya empieza a convertirse en recesión. La consecuencia natural de este fenómeno es que se envíen menos remesas, porque hay menos personas que reciben un salario que las haga posible.
Así las cosas, llegan menos remesas a México y el problema se expresa de dos maneras: de un lado, lo que envían los emigrantes mexicanos constituye una importante fuente de divisas para México: de hecho es la primera en el rubro de exportación de servicios (así lo clasifican los economistas), muy por encima de algo tan publicitado como el turismo.
Significa que la balanza de pagos de México estaría en riesgo de registrar un grave desequilibrio si el dato de agosto se convierte en algo habitual. Un deterioro en la balanza de pagos (un economista riguroso hablaría de un deterioro en la cuenta corriente de la balanza de pagos, pero no se trata de ser académico), un deterioro en la balanza de pagos, decía, disminuye el nivel de la reserva (de esa de la que tanto presumen el Banco de México y el Ejecutivo federal), eventualmente aumentaría “el riesgo país”, que es el indicador que suele inducir la conducta de los inversionistas internacionales y, finalmente, podría afectar negativamente la paridad peso–dólar.
Esta sería, a grandes rasgos, una de las maneras en que se pondría de manifiesto en la realidad de la economía la tormenta financiera de Estados Unidos.
Pero hay una segunda forma de manifestación de esa multicitada crisis, que es la que se expresa en el nivel de vida de las miles de familias mexicanas, cuya subsistencia está directamente vinculada con lo que reciben de sus familiares en el exterior.
Para nadie es un secreto que la mejora que revelan las estadísticas en materia de combate a la pobreza, más que por los programas oficiales, tiene que ver con la creciente cantidad de dólares provenientes de Estados Unidos. Las zonas rurales de muchos estados, Tlaxcala entre otros, se han beneficiado, en los años recientes, de esos recursos.
Aunque haya por ahí un secretario de despacho que dice que no hay que hacer nada sino hasta que las cosas sucedan, bien valdría la pena ir pensando en modificar el proyecto de Presupuesto para 2009 y contemplar esta situación que no ha sido considerada en el proyecto que hoy se encuentra a discusión en la instancia legislativa correspondiente.
Aún haciendo a un lado consideraciones humanas o éticas (que serían más que suficientes, y las principales), pensando en términos estrictamente empresariales (que para eso dijeron que está donde está el secretario que quiere actuar después de y no antes de), sería necesario hacer algo porque de otra suerte desaparecería, o disminuiría dramáticamente, la demanda total que se ejerce con el gasto de las remesas, y con ello el golpe en la inversión y en el empleo llegaría a ser demoledor.
Lo grave es que esto apenas empieza. La disminución en las remesas registrada en agosto es el primer aviso, pero vendrán más: el propio gobernador del Banco de México ya ha reconocido que el turismo (segundo renglón de ingreso de divisas por servicios) también será afectado por la crisis y, por supuesto, la exportación de mercancías.
Ante un posible aumento del desempleo en Estados Unidos, principal origen de los viajeros que llegan a México a hacer turismo, y ante una previsible disminución de la demanda por bienes importados (todavía no registrada en julio, último mes para el que se dispone de estadísticas del Departamento de Comercio), México tendrá que prepararse a matacaballo para paliar la situación.
Sin duda, lamentablemente, pagará el costo de la excesiva y, como se ve ahora con toda claridad, arriesgada concentración de sus relaciones económicas internacionales. En un próximo comentario habré de ocuparme de estos aspectos y de cómo, aún en las circunstancias actuales, la diversificación es posible y más necesaria que antes.