Hace unos días pasé por un sentimiento de indignación incalificable. Escuché a un niño hablar sobre “El chavo del ocho”. No sé hasta qué grado no ver televisión constituya un defecto grave en mi persona. Desde mi punto de vista, la oferta televisiva en México es tan mala que representa una ofensa, no sólo a la inteligencia, sino también a los derechos humanos (pues no es justo que se oculten verdades y se expresen mentiras creando sueños fuera de toda lógica y realidad); sin embargo, existe un sentido tremendamente perverso y en particular nocivo que está oculto en mensajes subliminales de los que no nos damos cuenta en una forma fácil.
Tal es el caso del “programa número uno de la televisión humorística en América Latina”, emitido desde el año de 1971. Es una verdadera barbaridad que en pleno siglo XXI todavía se siga transmitiendo “El chavo del ocho”. Hay quienes consideran un logro extraordinario persistir durante tanto tiempo en las pantallas de la mayoría de los hogares mexicanos, pero muchas cosas pueden brindarnos una serie de explicaciones palpables que se reflejan en este fenómeno.
En primer lugar, el protagonista del programa es un niño que vive en pobreza extrema, como la mayoría de los niños mexicanos, circunstancia que plantea una condición de igualdad y similitud. Aunque siempre aparece en “un barril” que no es su hogar, cabe preguntarse, ¿en dónde habita? ¿Quiénes son sus padres? ¿Por qué carece de familia? ¡Vaya! Hasta un niño de la calle puede estar en mejores condiciones. Su alimento preferido es una simple y sencilla “torta de jamón” que, curiosamente, casi nunca consume a lo largo de toda la historia de este execrable programa. Pero le sigue otro individuo que se llama “Don Ramón” que no trabaja, no paga renta, no tiene pareja y cuyo desastre mayor es una hija, a la que le apodan “la Chilindrina”, que utiliza lentes sin cristales y que aparece siempre con un cuerpo robusto pese a que su padre jamás tiene ni lo más mínimo para garantizar su subsistencia básica. Este individuo es agredido por una señora llamada “Doña Florinda”, siempre desaliñada, con rulos en la cabeza como si fuesen una corona, con un delantal siempre limpio, porque como todos los participantes, no trabaja. Tiene un hijo consentido apodado Quico que tiene problemas ortopédicos en ambas piernas y que su madre, dentro de su aquiescencia, no corrige desde el punto de vista médico, pese a ser la “más adinerada de la vecindad”.
Esta mujer está perdidamente enamorada del profesor de los niños,y aunque es correspondida, jamás es compensada por este maestro a quien todos le faltan al respeto. Tan es así que le denominan “Jirafales” por su estatura.
Un individuo obeso de apellido “Barriga” protagoniza también a un niño gordinflón a quien apodan “Ñoño”, adjetivo que puede sustituirse por inexpresivo, simplón, aburrido o quejumbroso.
Pero por increíble que parezca, el programa está lleno de una agresividad patente a cada momento, en la que burdamente se generan ofensas y golpes ante situaciones estúpidas e irreales. Todos son de poco calibre mental y no solamente se expresan en un lenguaje exiguamente depurado, sino que hacen gala de una profunda ignorancia. Siempre los mismos malos “chistes”, las mismas circunstancias, las mismas agresiones; en pocas palabras, siempre lo mismo en un círculo vicioso de una sandez ilimitada ¿Qué valores puede ofrecer esta porquería de programa? En todo caso, es la antítesis de lo social, donde se plantea la estupidez como virtud, la agresión como mofa, la inactividad como modo de vida, la desintegración familiar como constante, la denigración de la persona como un honor y la pobreza como dignidad.
Desconozco hasta qué grado un programa de televisión de este tipo pueda tener un efecto perverso en la mente de un niño, pero de lo que sí estoy plenamente seguro es de que muestra un claro reflejo de nuestra situación social. Considero urgente que se haga conciencia sobre estos antecedentes, aunque pedir una legislación que proponga quitar en forma definitiva este tipo de programas es imposible. El pobre calibre mental de nuestros políticos hace del “chavo” un programa de televisión que marca un hito en nuestra triste historia que actualmente ya puede denominarse, con justa razón, nuestra desconsolada “histeria nacional”.