La crisis económico–financiera, cuya extensión y profundidad aún no se revela en toda su magnitud, ha ocupado la atención en estos días en que la incertidumbre se renueva, la poca confianza que quedaba en las instituciones se quiebra y las sospechas se confirman: el neoliberalismo está sucumbiendo ante sus propias contradicciones y su autoengaño: es mentira que la concentración de la riqueza en los corporativos multinacionales traería bienestar para el resto de las sociedades.
Tratando de justificar lo insostenible, la retórica oficial ha llegado a decir incluso que esta crisis es una oportunidad para replantear nuevas estrategias, para sacar provecho del río revuelto, para emprender negocios creativos, como el de aquel “ingenioso e industrioso empresario” norteamericano que en medio de la crisis de 1929, aprovechando el pánico y la incertidumbre, convocara a través de la campaña. “Denme un dólar” a sus conciudadanos a que invirtieran ...
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