La expresión de que la música se lleva en el alma, le asienta perfectamente. No tiene un instrumento convencional, nunca estudió en un conservatorio y mucho menos espera aplausos del público que lo mira y escucha ocasionalmente; sin embargo, desde hace 17 años decidió dejar las fábricas y las oficinas en las que trabajó como empleado para convertirse en un artista callejero.
Su atuendo es estrafalario, pero a la vista eso pasa a segundo término cuando inicia su actuación. Es la “batería”, como él la llama, la que atrapa la atención de cualquiera.
El compendio, pacientemente estructurado con plásticos, envolturas y tapones de dulces y refrescos, botes de metal, cintas, cables, ligas para el cabello, muñequitos y otras curiosidades dan el toque folclórico a la pieza que acompaña al Tigre en su rondar por los cafés ubicados en el Portal Grande del centro capitalino.
“Mi nombre es Miguel Sóstenes Barrón Talón, pero la gente me puso el Tigre, creo que por mi forma de vestir”, externa con una sonrisa que de inmediato remarca las arrugas que el tiempo dibujó en su rostro al transitar 66 años de su vida.
Aunque afable, es un hombre solitario que evita hablar de su familia, sólo manifiesta que tiene hijos y convivió con varios amores que lo dejaron “dolido”.
Actualmente renta un cuarto en el municipio capitalino, el cual sólo comparte con una lagartija a la que le nombró Dino.
Contemplarlo cuando interpreta canciones populares casi a capela y con sonidos que imitan la tonadita original, es un descanso a la rutina, un distractor de la charla y en ocasiones hasta provoca expresiones inocentes de los niños o el baile de algunos adultos que han bebido en alguno de los restaurantes.
Él, como pocos seres humanos, ha encontrado la felicidad en hacer pasar un buen rato a los demás, en contribuir a que las personas olviden el estrés y su cotidianidad.
Pero su persona y su tradicional repertorio de música improvisada no siempre es bien vista por todos, para las autoridades municipales y uno que otro comensal enfrascado en su oropel, les es incómodo.
“Cuando empecé a echar música los del ayuntamiento (capitalino) luego luego me jalaron para adentro (de la presidencia). Me dijeron que no podía tocar, que estaba prohibido, yo les dije que no hacía nada malo, sólo tocaba mi música”, recuerda molesto, ya que a esa situación se ha enfrentado cada vez que cambia de administración el municipio.
Sin embargo, sus melodías, aunque austeras, son reconocibles casi al instante. El hombre de cabello y barba plateada, revive con entusiasmo la ocasión en que un niño le dijo a su madre: “mira mamá, ahí viene el señor que toca la música con juguetes”.
Él no sólo se considera artista, sino artesano y payaso, incluso dice que su nombre es Piloncillo, y en su batería lleva a Piloncito, que es un muñequito pequeño que se pierde entre el colorido de los objetos que carga esa caja que tiene un peso de más de 2 kilos.
–¿Cómo inventaste tu instrumento musical?
–Me di a la idea de hacerlo yo mismo, es una batería y está completa porque sale toditita la música, tocas vals, rock and roll, cha, cha, cha, mambo y todo lo que quieras, responde con una expresión radiante en sus ojos.
–¿Desde cuándo lo creaste?
–Hace 17 años decidí lanzarme como artista, no es fácil porque pasas frío, calor, ofensas de las autoridades municipales y no toda la gente te da una moneda. Mi batería ha tenido renovaciones y siempre tiene diferentes sonidos.
–¿Tienes un repertorio musical?–, se le pregunta.
–Sí, tengo varias canciones, aunque a veces los clientes me piden algunas que no me sé, pero si me las sé, las toco y les da gusto porque algunos hasta se ponen a bailar.
–¿Cuánto logras ganar al día?–, se le inquiere.
–Es variable, a veces te va bien, otras no. Aquí (en el Portal Grande donde se ubican los restaurantes y cafés) cuando más o menos te alivianas ganas 100 pesos al día.
–¿Qué es lo que te motivó a ser músico?
–Desde niño me ha gustado la música, siempre pienso en ir a trabajar y ser feliz, así debe ser un mexicano.
–¿Qué te hace feliz?
–Que la gente me vea de una buena manera, que los niños y la gente grande se diviertan con mi música, que si tienen un problema se les olvide con mi presencia, que me acepten. Esa es mi felicidad.
El Tigre viste folclórico, chamarras de colores o pardas, sombrero o gorro, según el clima, pero nunca pasa desapercibido. Es auténtico y ecologista, pues usa una carcasa de desodorante como monedero o una bolsa repleta de corcholatas bordadas para guardar en ellas sus documentos oficiales.
“Aparentemente las cosas no sirven, pero todo sirve, sólo hay que buscarle la manera”, justifica mientras nos enseña su credencial del Inapam, que le sirve para obtener descuentos en el transporte público.
Su andar entre los restaurantes con mesas sobre las aceras inició hace nueve años en Tlaxcala, antes anduvo tocando en estados como Puebla, Distrito Federal e Hidalgo.
Su actuación es un performance, pero también es un digno representante de la escasez de empleos, pues afirma que cuando fue obrero trabajó mucho, ganó poco y dedicó muchas horas a hacer ricos a otros, ahora por lo menos es feliz con su jornada diaria.
Convencido de que las autoridades dejarán de acosarlo por pedir una moneda después de interpretar una canción, externa que lo ideal sería que “si se pudiera que a nivel nacional no le hagan la vida pesada a quienes salimos a trabajar como artistas para ganarnos el pan”.