El sábado se repuso en Kingston el partido premundialista trasladado al Azteca mes y medio atrás a causa de los estragos que el huracán Ike causó entonces en el estadio y la capital de Jamaica. Visto en frío, fue uno más del ingente montón de encuentros sin historia que periódicamente se disputan en canchas de la Concacaf, ante públicos apasionados y árbitros extraviados, y entre equipos tan espesos y bacheados como el terreno de juego, donde el local lleva siempre las de ganar y el futbol, irremisiblemente, las de perder. Como tantas otras veces, un gol tempranero y un cerrojo guerrillero bastaron al cuadro de casa para resolver la disputa en su favor ante un visitante sin convicción ni recursos. Que eso y no otra cosa fue el Tri, sin alterar por ello a su imperturbable DT, que se distingue de otros mercenarios del futbol por elegancia y porte, pero no porque el hecho de ganar o perder lo suma en profundos abismos existenciales. Él viene a lo suyo, con profesional comedimiento y dispuesto a aguantar lo que dure la fiesta. Y si esta se complica y las luces se apagan, así como llegó se irá, sin complicarse la vida y satisfecho del deber cumplido.
Amor a la costumbre
Tampoco es novedad que cueste encontrar aristas destacados en este tipo de choques que el Tri muy rara vez ha sabido resolver. Se requiere un enorme esfuerzo de concentración y memoria para recordar una sola victoria de México jugando como visitante en las diversas capitales de nuestra zona geográfica, y en cambio saltan enseguida a la mente fracasos estrepitosos como los de Haití 73 u Honduras 81, o evidencias abundantes de la impotencia de nuestros futbolistas para sacar un triunfo –aunque fuese mínimo y escuálido– de territorio estadounidense o tico. A Jamaica, Canadá y Trinidad Tobago sí se les venció alguna vez, pero hay que recurrir a la calculadora para medir los años transcurridos desde entonces. Quizá por eso, por amor a la costumbre, los jugadores de verde no parecieron resentir impacto alguno tras su derrota sabatina. Dirán –salvo Osorio, con un tobillo averiado– que bastante hicieron con salvar el pellejo de los feroces hacheros jamaicanos, mal contenidos por un árbitro sin personalidad ni criterio. Como tantos –otra vez– de nuestra bendita Concacaf.
Jugando a nada
Si Jamaica –luego del gol de Fuller involuntariamente desviado por Márquez– limitaría su expediente a defender la ventaja con los dientes bien apretados y la segadora en automático, México se aplicó a atisbar alguna oportunidad sin apurar el paso ni conseguir liberarse del incómodo acoso de los grandulones paisanos de Usain Bolt –presente en el estadio y objeto de grandes ovaciones. Tiempo hubo de sobra –más de 80 minutos a partir de la única anotación de la noche– para extrañar a Cuahutémoc y a Guardado, especialmente las electrizantes conexiones de éste con Nery Castillo, que con Pável Pardo integraron un cuarteto de ausentes con mucho peso específico. De sobra se sabe que para neutralizar embestidas frontales tipo búfalo no hay mejor antídoto que un futbol de finta, esquive y toque, salpicado de regates oportunos y atinados cambios de ritmo. Pero para ello se requiere un dominio de las armas y una clase futbolística que México no posee. Así que lo único que vimos fue cómo el Tri caía de lleno en el juego físico del rival sin posibilidades de proponer algo distinto. Sin un eje rector a medio campo, con Torrado empeñado en devolver golpe por golpe, Arce sin brújula y Giovanni y Vela en plan de náufragos, el posible empate se fue transformando poco a poco en inalcanzable entelequia. Hasta Márquez –dos amarillas y un partido de suspensión– perdió la cabeza con frecuencia. Y aunque Oswaldo intervino con acierto en un par de ocasiones y Osorio, Magallón y Salcido mantenían el tono, pronto se supo que su aporte sería insuficiente, vista la nulidad de Bravo en ataque y la falta de reacción en la banca. Y cuando Eriksson los ingresó al fin, Vuoso y Arellano fueron incapaces de encontrarle el hilo a ese partido. Algo que tampoco sorprendió. Fue, como decíamos, una derrota visitante más de las tantas cosechadas por México en partidos oficiales de la zona.
Nuevas lacras
A país turbulento, futbol truculento. Resulta que agentes de la PGR allanaron en Coapa el campo de entrenamiento del América –del que espero no haya podido descifrar ayer tarde la telaraña de Carrillo en el Azteca– para aprehender a uno o más sujetos sospechosos de conexión con el narcomenudeo. Luego se supo que buscaba a dirigentes de un equipo michoacano de Tercera División –Mapaches de Nueva Italia, el nombrecito se las trae–, presuntamente miembros de la autollamada Familia, temible organización que tiene su centro de operaciones en aquel estado. No se sabe qué podían estar haciendo tan siniestros personajes en las instalaciones de las Águilas, pero el tema de un futbol infiltrado por el narco es la comidilla de la semana. En realidad, clubes y delincuencia llevan ya largo tiempo coqueteando. A través de unas porras pagadas prestas siempre a la violencia. De hechos como el que Carlos Ahumada sigue siendo dueño del León o rumores como el nunca satisfactoriamente aclarado de la relación entre el Querétaro y algún cártel de la droga. Puntitas de iceberg, solapadas por el silencio o la indiferencia de federativos, Consejos de Dueños, televisoras et al.
Suspenso
Si Japón fue otras veces escenario de la coronación del campeón de F1, esta vez su Gran Premio sólo ha servido para prolongar la espera. Porque Hamilton –que salió en la pole y era favorito universal– no puntuó, tras verse enredado en un incidente atribuible a Felipe Massa, por coincidencia segundo en la tabla de aspirantes. Massa sí rescató un puntito y se pone 6 del británico –que me sigue pareciendo, por puntaje y capacidad, el más abocado al título. Pero el héroe de la carrera volvió a ser Fernando Alonso, que condujo como el bicampeón que es para ligar su segundo triunfo consecutivo, superando con arrojo y talento de sobra las modestas prestaciones de su Renault. Tras él entraron Kimmi Raikkonen y Robert Kubica. El primero ya sin esperanzas de repetir como monarca y el polaco en confirmación de sus posibilidades futuras.