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Viernes, 10 de octubre de 2008
La Jornada de Oriente - Tlaxcala -
 
 

 OPINIÓN 

Crisis económica global

 
Alfonso Sánchez Anaya

En todas partes se habla y se escucha de la “crisis financiera”. Los periódicos, los noticieros de los medios electrónicos, centros de negocios, encuentros académicos, tertulias informales, en todos sitios el tema ocupa un lugar importante, si no es que el primero, en las noticias y en los comentarios. De un modo u otro, la inquietud generalizada se refiere a los efectos de la crisis en la vida cotidiana de las personas.

Hay quien, erróneamente, supone que “eso de la crisis” sólo tiene que ver con los medios financieros de los grandes negocios. Desafortunadamente no es así, los problemas que se están viviendo en el aparentemente lejano mundo de las finanzas más temprano que tarde se reflejarán en el quehacer diario de cientos, de miles de millones de seres humanos. Trataré de explicar por qué y cómo.

Para decirlo en pocas palabras, el problema empezó cuando Estados Unidos “se acostumbró a vivir de prestado”, situación que lo ha conducido a ser el país que más debe en el mundo y cuyos ciudadanos están más endeudados.

Datos oficiales recientes señalan que la deuda pública equivale al 66 por ciento del valor de todo lo que produce en un año la economía de Estados Unidos, en tanto que la deuda de los ciudadanos es superior al 103 por ciento de lo producido: sus pasivos son mayores a sus activos, y eso no puede durar eternamente. Buena parte de la deuda de los particulares toma la forma de hipotecas de sus casas, o de préstamos con garantía hipotecaria para otros fines, entre ellos, la especulación financiera, es decir, tomó préstamos baratos y fáciles, y utilizó el dinero para invertirlo en una actividad que ofrezca mayor tasa.

La crisis se extiende en dos direcciones: primero, hacia la esfera financiera que a base de lo que se denomina “ingeniería financiera” se ha ido cubriendo mediante la emisión de títulos y papeles originalmente soportados por un bien tangible (una casa, por ejemplo), pero que progresivamente se van “soportando” recíprocamente de manera que al final de cuentas se ha construido un castillo de naipes (o de “derivados” que es como se conoce en la jerga financiera) sin sustento real.

La segunda dirección hacia donde se extiende la crisis es la economía “real”, es decir, la relacionada directamente con la producción, la distribución y el empleo.

Hasta ahora la crisis ha contaminado, y mucho, la parte financiera, pero ya empieza a manifestarse en la otra. Por lo que toca a lo financiero, las hipotecarias que prestaron sin atenerse a criterios rigurosos, los bancos que les siguieron el juego e hicieron el suyo propio, la avaricia y el afán de la ganancia rápida y fácil formaron una burbuja que terminó por estallar. No hay capacidad de pago en el sistema y por eso es que los contribuyentes, por medio del gobierno de Estados Unidos, tienen que acudir en su rescate. De no hacerlo, dicen, se colapsaría todo el sistema bancario, no habría créditos ni para la inversión ni para el consumo y ello se reflejaría en el empleo y en el ingreso de las personas.

Aquí ya estamos entrando en la esfera de la economía real, la que produce y consume mercancías y servicios. El primer impacto, como es natural, lo resiente la industria de la construcción ya que disminuye drásticamente la demanda por viviendas nuevas, lo que a su vez se refleja en menor demanda por los materiales empleados para la construcción, y ahí inicia la cadena perversa: a menor demanda, corresponde menor producción y a ésta menos necesidad de empleo y menor inversión lo que, a su vez, incide también en el desempleo.

Hoy Estados Unidos ya registra una tasa de desempleo abierto de más del 6 por ciento y se estima que llegue al 7 por ciento el día de la elección presidencial en noviembre próximo. Es de ingenuos o de ignorantes (no quiero decir irresponsables) suponer que algo de esta magnitud en la principal economía del planeta no afecte al resto del mundo, y en éste, a aquellos países más intensamente relacionados con Estados Unidos.

En octubre de 1929, también a causa de la especulación derivada de la ambición y la avaricia de los meses previos en los “dorados veinte”, estalló la Bolsa de Valores de Nueva York con lo que se inició la mayor crisis económica conocida hasta la fecha (sin contar la presente que es de mayor magnitud); en poco tiempo se extendió por todo el mundo, América Latina y México incluidos, en una época en la que la economía mundial no tenía el grado de globalización que hoy tiene ni estaba tan intensamente interrelacionada como lo está en nuestros días. Como efecto de esa crisis, que duró hasta 1933, es que América Latina inició sus procesos de industrialización basados en la sustitución de importaciones, por señalar un efecto positivo, o hizo posible la llegada al poder del Partido Nazi en Alemania, por señalar uno de sus efectos más deplorables. Quiere decir que nadie escapa al impacto de una crisis sistémica como la que ahora azota al mundo.

Claro que se está en una situación diferente; que la globalización se ha extendido pero se cuenta con instrumentos no conocidos hace 80 años y es de esperar que no se reproduzcan los errores cometidos en 1929 y 1930, como la política proteccionista emprendida entonces por Estados Unidos y que contribuyó a profundizar y a prolongar la crisis, pero eso nadie lo puede asegurar y menos en un escenario dominado por la elección de noviembre venidero y para la que uno de los candidatos ha planteado la necesidad de revisar la posición de su país en relación con el comercio libre. No se trata de esperar a que “el destino nos alcance”.

 
 
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