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Viernes, 10 de octubre de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 MARCOS A LA MEDIDA  

¿Tomamos el té o nos suicidamos?

 
Marcos Winocur

I

El lector seguramente ha reparado en cuántas y cuántas personas transitan por la calle en fase terminal. Que puede significar 100 años más de vida o los próximos 10 segundos. Unos pasos más adelante espera el accidente mortal o un siglo con nietos y bisnietos. De todos modos, estamos condenados a la pena capital. Y no hemos logrado disimularlo completamente, se nos nota retratada en los ojos. En esas circunstancias nos encontramos el lector y yo, quiero decir: tan fallidos simuladores como cualquiera. En rigor, los humanos, más: todos los seres vivos llevamos pintada la muerte desde el nacimiento o, si se quiere, desde la concepción misma. 

Claro, en el hombre los primeros años de vida se pasan muy ocupados en descubrir el mundo y todavía no ha llegado la notificación oficial tanática, de modo que la fase terminal no se siente, o casi, y claro, no se nota, o casi. Ya avanzada la infancia, los miedos se focalizan, son heraldos de la muerte, pero no tarda la adolescencia en irrumpir, borrón y cuenta nueva: volvemos a estar muy ocupados, esta vez con el sexo, y la muerte no pasa de tema de conversación. Por fin, al descomponerse la adolescencia, ya no caben aplazamientos. Es cuando recibimos la notificación oficial tanática: somos enfermos terminales desde siempre y cualquiera sea la edad que alcancemos. Tal dice la notificación tanática y cada humano ha de recibir la suya.

Ante esto, hemos acordado un pacto de silencio. Que nuestro vecino no se entere de que un día voy a morir. Que los cuates no se enteren de que un día voy a morir. Que nadie... no podemos evitar que los hijos lo sepan y pregunten, pero a ver si rápido lo olvidan. Y salir a la calle sin mirar a los ojos de los demás, salir sonrientes como si estuviéramos ante el cómplice espejo.

 

II

Y sorteamos la tentación del suicidio. Este fenómeno obedece a múltiples motivaciones, cada caso un universo, pero algo es común a cualquier suicidio: resulta una eutanasia si estamos a lo dicho. Y también: como toda persona que muere, el suicida lo hace en soledad. Esto no se entiende bien a menos que se lea con atención el cuento de León Tolstoi sobre Iván Ilich. Los seres que rodean al moribundo no pueden acompañarlo más allá de una cierta barrera de su percepción, por más amor que le profesen.

Por otra parte, el suicida viene arrastrando la soledad desde antes, desde el momento en que tomó la decisión de dejarse llevar por la pulsión tanática. Difícilmente pueda confesar su propósito, sería maltratado como si fuera un delincuente, el suicidio pasa a ser así acto clandestino y hecho consumado. Tampoco es fácil entender el grado de soledad y soberbia que alcanzan los suicidas. Cada uno se considera el último Adán, no queda otro sobreviviente sobre la faz de la Tierra, y se niega a una vejez estéril. Con él se consumará el fin de la especie. ¿A qué esperar? Nadie vendrá, no creo en milagros. Y nadie hay para condenar mi acción, soy libre. Así se siente el suicida y con esa convicción toma la sobredosis de su propia mano.

Pero antes, apaga el televisor y desaparece el mundo virtual. Y al tomar la sobredosis, desaparecerá el mundo real.

 

III

Ahora bien, entre la caída de la fortaleza del óvulo y la caída del telón tras el último acto, media un lapso llamado vida. Allí donde el mortal cree amargamente descubrir que “llegó para marcharse”, con lo cual cada acto, sea preferir el té al café, sea hacerse un revolucionario o un conservador, está marcado por el absurdo: el objetivo de cada acto es decretar su propia cancelación. Con ello alcanza a la vez la cima de lo autodestructivo. Ciertamente, el hombre no puede concluir que “llegó para quedarse”, eso se lo dejamos a los dioses inmortales. Pero tampoco impresiona que “llegó para marcharse”.

Ni una ni otra. El hombre aparece como un hacedor cosas, que algunas veces devienen en causas. Si logra los objetivos, si por lo menos los deja encaminados en otras manos, entonces se dice que el individuo muere tranquilo. La verdad, es que las cosas y las causas son tan vulnerables y perecederas como el hombre mismo. Van innovando hasta que un día se cierra el ciclo y no queda sino el regreso a punto cero. Es al menos una lectura cosmogónica probable que hoy podemos hacer desde nuestra pobre casa mayor o tercer planeta del sistema solar. Y la pregunta es obvia: ¿a qué entonces tanto empeño si todo va a ser nada? Y bien, el empeño no se propone torcer el destino, sino olvidarlo. Vale como borrachera, no como fin... pero el hombre se lo cree y se llama utopía.

Por lo demás, nos hemos mirado en la naturaleza y este construir sin sentido evidente, seguido de la destrucción para recomenzar una historia similar, como si la anterior no sirviera, dibuja dentro del hombre la pulsión tanática y entonces levanta su mano anticipándose al juego insensato de la naturaleza. Yo también quiero destruir, clama el hombre, y debo hacerlo antes que las huellas de mis pasos sean borradas. Ya no pregunta más, se limita a imitar a su Mamacita Naturaleza.

Durante mucho tiempo, la cuestión del sentido de la vida fue considerada propia de la metafísica. Desde que, a pesar de cuestionamientos, el big bang nos proporciona el modelo estándar de la evolución del universo, el tema ha sido retirado de la agenda metafísica, y por todo otro informe dirigirse a la cosmogonía. Con el big bang –esa cósmica explosión inicial del universo– de una cosa estamos seguros: se nos viene el Apocalipsis. Unos dicen que será vía implosión, otros afirman: vía dispersarse en el vacío. Como sea, Apocalipsis.

Y bien, si admitimos como vano ese proceder del universo, y de todos modos resolvemos seguir adelante, la conclusión práctica resulta necesariamente lúdica. A jugar donde no podemos entender. Dejamos de lado los planes de suicidio, a vivir como niños, inocentes y sabios. Vamos a ver. ¿Jugamos a hacer política? ¡Nooo, qué aburrido! Mejor, a las comiditas. Tendemos la mesa para el té, adoptamos el aire serio de las personas importantes y esperamos a los convidados. Si son mexicanos, llegarán tarde. Si son ET, tal vez ya estén entre nosotros. ¿Con crema o con limón?

 

IV

En sus últimos años de vida, Jorge Luis Borges dijo: “Si fuera valiente, me suicidaría. Como no lo soy, seguiré jugando un rato más y que la muerte me suicide.”  Nada más nos queda por agregar. ¿Ah, sí? Pues fíjate que no. Los niños de la calle ¿se pondrán a jugar a ver quién tiene más hambre que el otro? Perdón, olvidé decirlo: esta filosofía lúdica es groseramente del Primer Mundo. Si tienes hambre, si tienes frío, si te persiguen, si eres seropositivo, si para ti están cerrados los mercados de trabajo, si te discriminan racialmente, si te llevan a la guerra, entonces vives prisionero del reino de la necesidad y nada se antepone a ello. Llegas a pensar en la muerte, en el suicidio, para escapar de este mundo lo antes posible, no por su inutilidad, ni te detienes a pensar en el big bang o en el sentido de la vida. Sufres, sufren los tuyos, punto.

Lo lúdico, siempre y cuando las necesidades estén satisfechas. Cuando crees haber pasado al reino de la libertad y ante ella quedas impotente pues Mamacita Naturaleza, con tu libreto ya escrito, no te dejará ejercer la tan soñada libertad, entonces te refugias en lo lúdico. Afuera suceden las cosas, tal vez estén por desembarcar los ET y el té ya se ha enfriado. Bah, no interesa, con o sin ET tú no puedes influir en el curso cósmico. No obstante, has decidido permanecer. Tons ¿qué? ¿Tomamos el té o nos suicidamos? No, qué güeva, dice Nuria, para mí con un chorrito de leche.

Vocabulario de mexicanismos

Jugar a las comiditas: jugar a las visitas
Güeva: falta de ganas, pereza
Tons: entonces

 
 
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