Tras recorrer por varios países de Latinoamérica con la ONG Payasos sin fronteras, “lo que he visto en el rostro de la gente es una carencia de expresión, de la celebración de la vida, de esa alegría genuina; pero también he visto la necesidad de libertad. Veo a hombres de pecho cerrado, todavía muy en su rol de machos, y mujeres sumisas; en general veo la falta de un vínculo amoroso sencillo”, comenta en entrevista con La Jornada de Oriente Alain Vigneau (Francia, 1959), quien con 20 años de teatro profesional a cuestas ha demostrado que para hacer reír no hace falta hablar el mismo idioma.
Vigneau ha ido fabricando su modelo de payaso hasta dotarlo de una estética y alma que lo aproxima a los payasos de oficio clásico, de cierto aire subversivo para denunciar de forma poética el creciente culto al dinero que nos hace olvidar a quienes tienen dificultades para sobrevivir.
–¿Qué diferencias hay entre el trabajo del clown europeo y el del latino?
–En Europa los payasos han dejado las carpas de circo y se han ido al teatro. Hay un lenguaje muy distinto. Una diferencia muy grande es que el payaso de allá habla poco, no como el de aquí, o el de El Salvador, donde el payaso hace la circulación de los autos más que la policía, cuando se ponen en las esquinas a exhibir su arte circense. Tampoco, aunque la gente lo espera, contamos chistes, actuamos de una forma más dramática, corporal.
“Desde hace tiempo se incorporó el mimo, con Marcel Marceau, con los grandes maestros, al espectáculo. Hay una corriente contemporánea muy elaborada, donde la música es muy importante, como si fuese una función de teatro. Mientras que en la calle, el espectáculo es más circense, de mucha interacción con el público, al estilo one man show, donde el artista ocupa toda la plaza”.
Otra de las diferencias es que los artistas en el viejo continente han corrido con más suerte. El arte del payaso se toma en cuenta desde hace tiempo y se desarrolló en escuelas específicas. “Los gobiernos destinaron recursos al estudio del clown; y aquí todavía están en ese proceso de crecimiento”.
Sin embargo, también reconoce que en Francia y otros lugares de la Unión Europea quedan algunos payasos que se dan bofetadas, al mero estilo tradicional.
En tanto, en México “las bofetadas y las caídas son más comunes, y eso es nefasto, porque si los niños lo ven y todo mundo se ríe, lo más probable es que cuando salgan del circo vayan y le den un par de tortazos a algún amigo”. En ese sentido, “los payasos también hemos hecho daño, por eso nos tienen miedo, además del uso excesivo y grotesco del maquillaje. Si yo fuera niño y mis papás me llevaran a una carpa, que ya es un lugar extraño, con fieras, animales salvajes, gente rara y de paso se pegan, yo como niño me escondo debajo de una banqueta y grito: me quiero iiiiir”.
En mi experiencia, detalla, “veo a padres que llevan a sus hijos a que se tomen una foto conmigo y yo no tengo ningún problema con eso, pero muchas veces son niños con miedo y veo que los fuerzan a sentarse a mi lado, y les tengo que decir: no, déjenlos en paz, respétenlos, porque en realidad es una idea romántica del propio niño interior que habita en el padre o la madre y, como ellos no se lo reconocen, lo quieren hacer vivir en sus hijos, incluso se traumatizan. Si usted quiere, les digo, tómense una foto conmigo… sé cómo está el circuito”.
Ante la problemática, el artista asegura: “He curado a muchos niños, que han perdido el miedo en mis espectáculos, gracias a la filosofía que utilizo”; no obstante, los padres no entienden, hay mucho daño, se preguntan: ¿y por qué le tienes miedo a los payasos?, si no hacen nada… y para comprobarlo me pisan los zapatones… pero qué violento es esto, me digo”.
A la degradación del concepto del payaso suma que si en el pueblo había algún discapacitado se le pegaba, “se le abusaba sexualmente, era como un cero que no contaba, y la palabra payaso se asociaba a ellos. Hay que darle una torta, al cabo que es tonto… por eso, hay mucho trabajo por hacer”, expone preocupado.
Finalmente, del curso que imparte en la ciudad, comenta: “Uno puede tener un entorno bueno, pero en ocasiones desde pequeños nos han castrado esa felicidad genuina; por eso, a través del taller, intento rescatar esta inocencia, esta sed de descubrir el mundo, como los niños que van a cuatro patas, y aunque los adultos no iremos a cuatro patas a descubrir el mundo detrás de un sofá, pues no se trata de eso, trabajo en la incorporación de esa curiosidad de conocer otras personas, otras culturas, religiones, lugares… como hacer un pozo en nuestra niñez interna y lanzar el cubo, sacar agua, y con esta agua regar las plantas de nuestra vida adulta”.
Vigneau estará una semana en Puebla para impartir una serie de cursos, gracias al apoyo de la Fundación Rugarcía Espinosa. Después de la Angelópolis irá a Tepoztlán y después a España. En diciembre estará en Brasil, y en el mes de febrero regresará a la ciudad de México. También combinará una serie de presentaciones en Portugal y en Francia con las clases que imparte temporalmente en Barcelona.