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Viernes, 10 de octubre de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 CORREO 

Pareciera que la impunidad ya es aceptada en México: Ashwell

 

Señor director:

El 4 de octubre esperé el horario en que abría sus puertas la biblioteca pública de San Pedro Cholula para ir a dejar nuevas donaciones de libros. Llevo muchos años donándoles libros de mi biblioteca particular y con el tiempo formé allí la primera colección de libros y fotocopias relacionados específicamente con la historia y la cultura de Cholula. También promoví la donación de computadoras (de parte de una fábrica) tanto para la biblioteca de San Pedro como para la de San Andrés. Mi relación e impulso a la biblioteca de San Luis Tehuiloyocan en San Andrés también es conocida: allí doné colecciones de enciclopedias y libros, así como dinero mío para estantería. Mediante la intervención de mi marido, entonces vicepresidente de VW México, pudimos salvar la magnífica biblioteca franciscana en San Gabriel y pusimos recursos para la creación de la Casa del Caballero Águila. Quizás mi mayor aporte a la cultura de Cholula (yo considero) fue mi intervención (con otros miembros de Pro Cholula) y reclamo al ayuntamiento de San Pedro (año 2000) porque había donado suelos públicos, al lado de la Casa del Caballero Águila, para una casa dormitorio de estudiantes de la UDLA. Intervinimos entonces para que la UDLA, a pesar de esa donación escondida e ilegal de suelos públicos en pleno centro de la ciudad, no interviniera ni construyera en ese predio al lado de la Casa del Caballero Águila instalaciones para uso privado.Desde entonces nunca hice públicas mis intervenciones a favor de la cultura de Cholula, pero sí me pronuncié públicamente sobre despojos a su patrimonio, ecológico y arquitectónico, principalmente en este periódico que Ud. dirige.

El mismo 4 de octubre en la noche fui a dejar una carta dirigida al Dr. Eugenio Derbez, rector de la UDLA, y al presidente municipal de San Pedro Cholula por una agresión insólita que sufrí de parte de un agente de tránsito y de los encargados de la Casa del Caballero Águila cuando estaba descargando libros esa mañana en la biblioteca pública. Mi razonamiento para escribirle a usted y hacer pública esa queja radica en que por un lado ni la presidencia municipal se ha dignado a contestarme (a pesar que esa carta de protesta va también firmada por mi marido) ni el rector de la UDLA se ha comunicado con nosotros siquiera para darnos una explicación (siendo mi marido hoy miembro honorario del Consejo de Universidad tanto en la UPAEP como en la Ibero). Los hechos sucedieron así:

La biblioteca pública de Cholula no tiene estacionamiento (está en los Portales) por lo cual el lugar más cercano para estacionar un coche y descargar libros (yo llevaba tres juegos de enciclopedias, entre ellas la edición completa de la Hispánica) es enfrente de la Casa del Caballero Águila.

Cuando puse mi camioneta allí salió el encargado del museo y me explicó que esos lugares estaban reservados para “invitados de la UDLA”. Le dije en tono mesurado que yo no quería estacionarme sino sólo descargar libros para la biblioteca y que me retiraría inmediatamente. Se negó autoritariamente a darme el permiso. Le dije que “la UDLA no es dueña de Cholula” y decidí ya no intercambiar más palabras y procedí a estacionarme quitando del lugar un cono de plástico que obstruía el lugar. El encargado, violentado por mi actitud, lo volvió a colocar en su lugar, pero yo me estacioné de todas maneras. Expliqué que yo lo había retirado de allí al guardia que salió a secundar al encargado y le volví a explicar al situación: sólo vengo a descargar libros a la biblioteca. Señalé donde estaba la biblioteca pública que el encargado y el guardia al parecer desconocían. Una mujer de mi edad, sola, está siempre sujeto a arbitrariedades de poderes banales ejercidos por hombres, por lo cual decidí ya no intercambiar palabras y apresurar mi tarea. Busqué a la bibliotecaria e hicimos entre ella y yo cuatro viajes a pie, cargando libros, desde la camioneta hasta la biblioteca. Todo el trabajo duró aproximadamente 20 minutos, e incluso cuando ella me pidió que recogiera un certificado de donación de la biblioteca le expliqué que no era necesario y pensando en el problema del estacionamiento me retiré del lugar. Un policía de Tránsito en un coche patrullero ya estaba para entonces estacionado detrás de mi camioneta. Sin embargo, nunca se dirigió a mi ni intercambió conmigo palabras ni instrucciones. Yo supuse que se dio cuenta de que yo no violaba ninguna ley y que estábamos cargando libros (la bibliotecaria y yo). Varias personas que trabajan en la Casa del Caballero Águila se asomaron a la puerta, pero yo supuse también que fue por curiosidad y enojo o en solidaridad con el encargado y no presté mayor atención. No apunté el nombre de los encargados de las instalaciones de la UDLA ni la placa del agente de tránsito. Solo me ocupé de salir de allí lo antes posible sin tener que dar más explicaciones y sin provocar más problemas a los “invitados” de la UDLA.

Cuando llegué a mi casa pude verificar que entre el agente de tránsito y los encargados de la UDLA, agarraron un mazo y golpearon mi camioneta destruyendo la calavera y la lámina. Un golpe que doy gracias no fue a mi cabeza, sino sólo a mi camioneta. No puedo salir de mi asombro que ese grado de agresión se pueda dar impunemente a una persona; menos a una mujer porque se estacionó 20 minutos en un lugar reservado para “invitados de la UDLA” y sólo por ¡donar libros a una biblioteca pública!.

En la carta a los responsables de la ley en San Pedro Cholula (el presidente municipal) y al rector de la UDLA les pido me den una disculpa y paguen los daños a la camioneta. Les incluí una foto de los daños. Ninguno de los dos siquiera dieron acuse de mi carta. No quisiera que esas personas pierdan su trabajo como encargados de la Casa del Caballero Águila, pero ellos y el agente de tránsito deben asumir su responsabilidad. Sus jefes no pueden darles instrucciones ni licencia de impunidad para tratar con personas que no están dispuestas a someterse a esos privilegios en la vía pública.

Si esta agresión a mi propiedad queda impune me puedo imaginar que ellos se sentirían en su derecho de agredir físicamente a cualquier ciudadano que les incomoda.

En verdad la impunidad pareciera ya aceptable en México. Aceptable a los servidores públicos, pero no a los ciudadanos que sufrimos sus violentas consecuencias.

Anamaría Ashwell

 
 
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