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Jueves, 9 de octubre de 2008
La Jornada de Oriente - Tlaxcala -
 
 

 OPINIÓN 

El manierismo de Mario Pérez

 
Yassir Zárate Méndez

Llegó algo tarde a la educación universitaria, pero eso no fue impedimento para que desarrollara su talento. Mario Pérez Domínguez, originario de Guanajuato, pero radicado en Tlaxcala desde hace muchos años, se ha ido labrando un camino bien cimentado por los senderos del arte.

Escultor de materiales frágiles, paradójicamente su propuesta se ve robusta y sólida. Hasta ahora, buena parte de sus piezas las ha elaborado con cera y madera, en una apuesta por la resistente fragilidad. Y es que la paradoja domina su trabajo.

En México, la elaboración de esculturas de cera tiene su origen en la época virreinal. Se estima que las primeras piezas hechas con este material copiaron los patrones de medallones religiosos de cera blanca conocidos como Agnus Dei (Cordero de dios, una de las advocaciones de Cristo).

Porque si un material se distingue por su fragilidad, esa es la cera. Fragilidad y delicadeza se conjugan en ella, lo que la vuelve sumamente atractiva para los artistas plásticos, quienes deben recurrir a técnicas de plastificación para darle dureza y durabilidad, sobre todo para hacerla resistente a la temperatura ambiente o al manejo manual de las piezas cuando se trasladan del taller del artista al sitio donde serán expuestas. Indudablemente, todo un reto.

Ese desafío lo asumió Mario, quien se ha distinguido por explorar las posibilidades plásticas de la blandura y de la suavidad. En su momento, pero tampoco hace mucho, ha trabajado con el papel para la elaboración de distintas piezas escultóricas. De hecho, en el taller que imparte en la colonia Xicohténcatl, donde también tiene su estudio, sus alumnos elaboran máscaras de cartón.

Una más: en la exposición “El héroe desconocido”, que montó en prensa de gobierno del estado hace unos meses, varias de las piezas expuestas eran de cartón, como si en el fondo quisiera expresar la fragilidad y la flaqueza de nuestra propia memoria histórica.

De vuelta a las ceras, la serie que más me ha impresionado de este artista es la que conjugó a ángeles y demonios en la exposición “No me desampares ni de noche ni de día”. En ella, una legión de seres infernales plantaba cara a una escuadra de ángeles y arcángeles.

Lo peculiar de la muestra es que los rasgos de ambos regimientos eran muy parecidos, incluso los supuestamente celestiales y beatíficos mostraban expresiones violentas, por no decir malignas. La serie ha sido un éxito para el autor, que ha logrado vender casi todas las esculturas.

Sin embargo, la pieza más inquietante era una que no estaba elaborada con cera, sino con alambre.

Se trataba de un Luzbel, sin rostro y por lo tanto sin expresión. Su cuerpo era una línea continua de alambre, que se retorcía y daba forma a un cuerpo que no merece otro adjetivo que el de monstruoso. Más de un artista del fin de siglo decimonónico hubiera caído rendido a los pies de esa escultura de cera, que en sí encerraba la más pura expresión del mal.

A diferencia de otros artistas, como Samuel Ahuactzin, que se han estancado en un solo estilo y viven de esas rentas, en Mario Pérez hay un vigor que se alimenta de la búsqueda por lo novedoso.

La serie consagrada a Xicohténcatl y a Maxixcatzin, en “El héroe desconocido”, habla de un interés por la profundidad histórica, una dimensión que ha sido poco y mal explorada, no sólo en el ámbito de Tlx, sino en el país.

Mario no idealiza ni alega a favor de nadie. Sólo retoma a la historia y reflexiona en torno a ella, para elaborar una pieza de arte llena de contenido y de sentido. Habrá que esperar mucho más de este autor que apenas ha iniciado el vuelo.

 
 
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