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Jueves, 9 de octubre de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 OPINIÓN  

El valor y la protesta

 

Mario Santiago Jiménez y Leonardo Gómez Emilsson / Foto Notimex
Juan Aurelio F. Meza

Hace 40, 20 o incluso 10 años no habríamos vuelto a ver a Mario (no Marco) ni a Andrés; por lo menos habríamos tenido que ir a visitarlos a algún penal y marchar por ellos con pancartas de papel revolución. Efectivamente, Calderón tiene un mínimo de razón al afirmar que algo de eso ha cambiado. ¿Deberíamos, entonces, estar agradecidos porque ninguno de los dos compañeros que el viernes pasado le reclamaron lo que había que reclamarle estén desaparecidos o encarcelados?

Entre las fotos que aparecieron en los periódicos al día siguiente había una en la que Andrés y Mario aparecen posando para el camarógrafo de frente. Andrés sonreía apretando los dientes en un gesto aparentemente burlón que provocaba cierto júbilo al retar irónicamente la tensión y solemnidad que este tipo de actos suelen implicar, dándole a su actuación un tono de picardía siempre indispensable en las cosas más serias. Mario, a la derecha de Andrés, tenía un mechón de pelo que más o menos le cubría la visible rigidez de sus pómulos y mandíbulas; se mostraba desconcertado, con los labios de enojo pero los ojos de incertidumbre, tal vez miedo; de alguna manera era un gesto que, al lado de Andrés, arruinaba un tanto la ironía inspirada por su compañero. El mismo día de la publicación de la imagen me enteré de que, en el momento de tomar esa foto, Mario salía de haber estado encerrado una hora y media en un salón desconocido de Palacio Nacional en donde distintos gorilas, algunos identificados y otros anónimos, desfilaron frente a sus ojos procurando hacerle ver el error cometido al importunar a su pequeñísima eminencia, por supuesto a partir del ya conocido discurso del terror que amenaza y castiga. ¿La culpa? “Pregúntale a tu pinche conciencia”, le dijo un militar.

Somos varios los que nos hemos sumado a lo que Mario y Andrés hicieron el viernes; encontramos en ellos ese conducto de representación a través del que alzamos la voz sin alzarla. En esa foto descrita no vemos el concentrado sudor que la camisa de Mario escurre. “Salí empapado del cuarto ese”, contó a algunos amigos cuando les describía el miedo que subió por su cuerpo cuando un integrante del EMP pidió que no le mandaran a la Policía del Distrito Federal, sino a la PFP. “Ya valió madres esto”, pensó; sin embargo, no sólo fue por terror que Mario sudó su playera, sino que sudó también la playera que varios traemos puesta, la que lleva estampada la inconformidad y la indignación.

Aunque no existieron cargos, ahora queda una gran duda: qué pasará con las becas que un historiador o matemático necesita para mal comer en este país, con los premios y los incentivos que Gobernación concede. Aun más grave y preocupante es el miedo que se puede tener porque algo le ocurra a sus familiares; no necesariamente que algo les vayan a hacer propiamente, no creemos que haya represalias de ese corte, sino el espanto que dejaron bien fincado las amenazas de los militares, el simple hecho de tener miedo. No se les olvida a los embajadores plenipotenciarios del horror cómo hacer que alguien salga temblando de sus cuartos de encierro.

El viernes pasado es, por supuesto, resultado de la aún abierta herida que la ilegitimidad de 2006 dejó como saldo de sus elecciones presidenciales, pero también es la secuencia de una historia de juventud mexicana. No fueron pocos los medios, como El Universal o María Amparo Casar, en el programa Primer Plano que redujeron el hecho a una inmadura e ingrata acción de quien, no obstante estar recibiendo un premio; le faltaba el respeto al señor presidentito, una mera “chamacada” de quien no se sabe comportar. Como joven me pregunto si con estos términos se refieren a la congruencia con la que actuaron los compañeros hace casi una semana, si la inmadurez pasa por no resistir lo nauseasbundo, por atacar lo despreciable, por hablar. Si esto es así, bendita inmadurez, afortunada juventud, es justo eso lo que nos ha permitido ganar los pocos lugares de justicia que este país tiene; es por eso que hoy ellos no fueron encerrados. Si los medios de comunicación que hablaron así de Andrés y Mario no entienden esto, no han entendido nada de 1968, nada de una energía motora de transformaciones. Calderón, sin duda, no lo ha entendido, pues requirió del auxilio de sus centinelas para que lo defendieran de las palabras que develaron su cinismo cuando creía hablar de libertad. ¿Se puede estar parado frente a esas mentiras y quedarse callado?

Ningún político debería atreverse a jalar el valor de Mario y Andrés a sus molinos. No es tolerable que un priista le haga críticas a alguien, por más que ese alguien se las merezca, perteneciendo a la historia partidista a la que pertenece, cuando hasta la fecha con el nombre de uno de sus presidentes ensucian de sangre las calles de este país. Que tampoco se les olvide a los del DF cómo sus políticas de absoluta intolerancia van deteniendo a estudiantes “fachosos” para catearlos, privándolos de sus derechos, en busca de algún producto que los incrimine; no crean que los homónimos, los tocayos, pueden ser utensilio de sus discursos políticos cuando son ustedes parte de esta represión. Los estudiantes y jóvenes vivimos bajo la amenaza de medios (TV Azteca, de los más agresivos) y un gobierno que se dedica a recriminarnos y arrojarnos a la casilla de holgazanería, sobre todo a los que no estamos en el padrón escolar de las verdaderas escuelas de gobierno, donde se producen profesionales del capitalismo necesarios para perdurar las lógicas políticas que en la actualidad rigen nuestro país.

Efectivamente, ni Andrés ni Mario fueron encarcelados o multados. Es sorprendente, más bien, que legalmente hayan podido ser condenados por faltar a dos artículos de la Ley de Cultura Cívica; a saber: alterar el orden en una concentración pública con gente y haber ultrajado a un funcionario público durante el ejercicio de sus funciones. “¿Entonces ultrajamos al presidente?, preguntó Mario al juez que los liberó, quien, riéndose en consecuencia a la ironía de la pregunta contestó: “Pues sí...”; si no fueron culpados por esas “faltas” fue gracias a que Gobernación no presentó cargos en su contra, pero eso no habla en lo más mínimo de que en el país haya libertad, sino de que la figura presidencial se ha ido diluyendo a tal grado que la sociedad hoy en día se atreve a hacer cosas que antes la autocensura no permitía. Si no existe un respeto hacia esas figuras no es necesariamente por irreverencia, sino por merecimiento. Para identificar la represión y los abusos no es necesario nombrar lo innecesario de la arbitraria detención de Mario durante hora y media y la retahíla de amenazas que lo colmaron; tampoco las patadas con las que sacaron de Palacio Nacional al amigo que lo acompañaba cuando salió corriendo detrás de él al momento en que los militares se lo llevaban; mucho menos la forma absurda de llevarse a Andrés por gritarle lo que le gritó a Calderón; basta con recordar Atenco, Lydia Cacho, Mario Marín, González Márquez, Lucía Morett y todo lo demás que ya nos sabemos bien.

Ni Mario ni Andrés se prendieron fuego, no fueron golpeados hasta la muerte por un policía federal defendiendo sus tierras, no les han desaparecido a sus familiares, no han sido violados por un militar, no han recibido amenazas de las altas cúpulas de las organizaciones criminales, no les han estallado bombas, no los mataron en Morelia. Andrés y Mario, simplemente, hicieron lo que hacen los que se atreven cuando hay que atreverse. No se trata de heroísmos ni santificaciones para una lucha constante; sólo hay que aprender a ser coherentes con el discurso y las ideas cotidianas a la hora de tener que aprovechar la coyuntura. Se trata de no quedarse callados o inmóviles; se trata de explotar ante lo nefasto. Hoy los medios amplificaron un sonido que permanece en las sombras, le dieron voz a una invisibilidad que empuja desde el anonimato. No es Mario Santiago Jiménez, no es Andrés Gómez Emilsson, son todos los muertos, encarcelados, amenazados; todos ellos; todos nosotros los que le gritamos a todos los que son usted, señor Calderón.

* Pasante de la carrera de Historia, Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y coordinador de la revista electrónica Lugares Comunes (www.lugarescomunes.com.mx)

 
 
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