En una de las historias escritas por don Artemio de Valle Arizpe (ese “niño asombrado” que decía Salvador Novo) en su colección titulada Historias de vivos y muertos (Editorial Porrúa, México, 1999) aparece el relato de Hipólita y don Martinito, habitantes misteriosos de la calle de la Buena Muerte en la ciudad de México. Dichos personajes vivían en una casa vieja y destartalada de donde salían por las noches extraños resplandores y por cuyas rendijas se colaba el maullido de un gato poseído por pesares de amor. La descripción del entorno y de los personajes se encamina persistente a la construcción de una estampa brujeril con cierto acento regional. Así encontramos que doña Hipólita es una vieja “con una mueca de gárgola visigótica”, que “siempre trae los ojos entrecerrados y con un constante rojo en los párpados, casi vueltos de revés”, además de lucir “una boca hundida, sin dientes (...) una sola línea lívida” y “sobre el hombro (...) un inquieto cuervo, que a cada momento le metía el pico en la oreja vellosa”, ave que ella acariciaba con su “mano horrible y ganchuda” y al que llamaba con cariño don Martinito. Esta vieja se dedicaba, según los vecinos, a “dar alcance a los secretos que dios tenía reservados para sí”. Era una bruja de “palabra zalamera y engatusadora” que conocía oraciones para cualquier dolencia del cuerpo o del alma. La oración de Nuestra Señora de la Soledad para problemas de tipo práctico, la de San Antonio de Padua para objetos extraviados, la de la Piedra Imán para proteger a los ladrones; la de San Silvestre para propiciar el embarazo, la de San Nicolás Tolentino para conocer lo oculto al saber de los humanos, entre muchas otras.
De más está decir que Hipólita tiene un mal fin. Cuando los alguaciles mandados por la Inquisición entran en la derrengada casa en busca de la hechicera, ésta yace muerta y el cuervo se entretiene en sacarle los ojos. La relación de objetos que los enviados de la justicia encuentran incluye la escoba, los frascos de potingues y pócimas, los insectos para las recetas mágicas. Todos los elementos asociados a la práctica de la brujería y las brujas las cuales, de acuerdo con la definición del Diccionario de Demonología, compilado por el doctor Frederik Koning (Editorial Bruguera, Madrid, 1974), es “la mujer que, según creencias corrientes, realiza actos extraordinarios por haber hecho un pacto con el diablo.”
La imagen de la bruja, tal y como la conocemos hoy en día, nace de los registros realizados durante los siglos XVII y XVIII durante la persecución desatada por la iglesia católica contra los cultos paganos que atentaban contra sus intereses, sobre todo los económicos. En su libro El dios de los brujos (Fondo de Cultura Económica, México, 1985) la antropóloga inglesa Margaret A. Murray señala que las brujas o mujeres sabias eran las encargadas de atender a los enfermos y moribundos, los partos y los dolores del alma. Algunas de estas mujeres eran tan hábiles que llegaron a realizar cesáreas con gran éxito. Pero también tenían la habilidad y los conocimientos de hierbas y remedios que mitigaban los dolores del alumbramiento, hecho que escandalizaba a sacerdotes y médicos, convencidos de que las parturientas debían sufrir por ser descendientes de Eva, la mujer maldecida por dios por haber tentado al hombre. Muchas de las denuncias de brujería fueron realizadas por médicos que argumentaban la falta de estudios de estas mujeres cuya sabiduría era heredada de madres a hijas. Al ser rivales económicos, las brujas fueron perseguidas y “cuando ya no pudo aplicárseles la ley, fueron vilipendiadas en todas las formas que pudieron intentar la lengua o la pluma del hombre.”
Del total de personas asesinadas por los tribunales religiosos y seculares, 85 por ciento fueron mujeres. La realizadora canadiense Donna Read, en su documental The burning times, establece un panorama desolador: de acuerdo con los numerosos registros conservados hasta la fecha, cerca de 9 millones de mujeres murieron en el curso de los tres siglos que duró la persecución. “El holocausto de las mujeres” es el término con el que algunas investigadoras empiezan a referirse a este desvirtuado capítulo de la historia.