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Miércoles, 8 de octubre de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

Por más nostalgia que me dé, cada vez vamos peor, constata el último mueganero de Puebla

 

 

Teófilo Sánchez, guardián de una tradición que se extingue  n  Foto Abraham Paredes

 

JAVIER PUGA MARTINEZ

Por fin apareció! Después de dos meses de búsqueda, podemos corroborar que aún existe una persona que está dedicada a la venta de muéganos de la manera tradicional en la ciudad de Puebla. Desgraciadamente, también estamos seguros, y podemos informarlo, que se trata del último.
A pesar de los discursos enfocados al rescate de valores y tradiciones, las palabras oficiales no pasan de eso, y ante nuestros ojos va desapareciendo una tradición centenaria. Inexplicablemente, en el zócalo de esta cuidad no pueden convivir los McDonalds, los Burguer Kings y los Italian Coffes con los muéganos, los merengues, los dulces de pepitas y las manzanas acarameladas.
No es extraño. Esta ciudad está llena de contradicciones. Por eso tampoco resulta extraño que una franquicia reciba todas las facilidades para instalarse en el primer cuadro de la capital, mientras que él tiene que esconder su charola y su farol con plástico negro para evitar que los inspectores municipales le quiten los dulces, su negocio.
Se llama Téofilo Sánchez Sánchez. Es el último de los mueganeros. Es joven, tiene 44 años de edad, y es heredero de una tradición que comenzó su abuelo hace más de 100 años y continuaron su padre y un tío suyo, pero esa herencia corre amplio riesgo quedarse hasta ahí, porque ninguno de sus dos hijos tiene la menor intención de ser mueganero como él. Y ahora, aunque quisieran.

Evadiendo la corrupción

Literalmente, el mueganero, nuestro mueganero que estuvo perdido pero que siempre estuvo ahí en las calles de las colonias, es un perseguido del actual ayuntamiento: los fines de semana, cuando la autoridad se relaja y algunos ambulantes y artesanos venden en la vía pública, es un poco más sencillo perderse y confundirse entre ellos. Pero el resto de los días, cuando las calles están “limpias” de vendedores, cruzar por el Barrio del Artista o Los Sapos puede ser una verdadera odisea.
“A mí nunca me han dejado vender en el zócalo, al único que dejaron fue a mi tío, pero el murió hace dos años. Para no tener problemas con el ayuntamiento ando en las colonias de Puebla, por todas sus calles. Los fines de semana, por las tardes, estoy en Analco, pero sí tengo muchos problemas si entre semana ando en el centro. Si vendo en el mercado 5 de Mayo y después quiero ir a La Acocota, me quieren quitar la tabla. La tapo, pero aun así los policías se bajan y me la quieren quitar; nunca lo han conseguido, pero por eso ya de plano no vendo en el centro”.
Teófilo asegura que ha visto cómo los inspectores municipales “levantan” con lujo de violencia a comerciantes de tortas, tamales, tacos y jugo. Tapa con una bolsa de plástico negro su charola, “pero así no se vende”, dice mientras suelta una risa que suena más a resignación.
–¿Por qué a unos, como los globeros, los de los algodones y los boleros sí los dejan trabajar en el Centro Histórico? –se le preguntó.
–Quizás sea porque no pertenezco a ninguna organización, ando solo. Otros tal vez se juntarán y les darán permisos pero a mí no, siempre ando solo. Otros que están en mi misma situación son los que venden merengues, a quienes también conozco, pero para no tener problemas mejor me hago a un lado. Luego los policías se acercan para decirme que cuánto les voy a dar para que me dejen trabajar, hay corrupción. Yo soy el único que vende muéganos en Puebla con farol. Tengo un cuñado que va al centro de Atlixco, pero en Puebla soy el único.
“A veces me da tristeza, ahora los jóvenes ya no conocen nuestras tradiciones y de los muéganos sólo conocen el de cuadradito, el que venden en las dulcerías. Ése no es el original, que es el mío”.

Entre dulces y versos

Teófilo Sánchez asegura que hasta hace unos 20 años la gente identificaba a los mueganeros no sólo con el farol rojo que los distinguía, sino también escuchando los versos que echaban sus vendedores en la calle, que no necesariamente promocionaban el dulce, pero sí deleitaba a los poblanos el escucharlos.
Recuerda uno: “Quisiera que mi suegra / se volviera lagartija, / para agarrarla a pedradas / y quedarme con su hija”.
–¿Y el farol rojo, cómo fue que surgió?
–Lo del farolito era porque antes no había luz y llamaba la atención. Eso es lo único que ando cargando como tradición, pero los versos ya no, se perdieron. Mi padre también vendió muéganos y también lo hizo así.
“La gente que nos compra muéganos es gente grande, los viejitos, y otros que heredaron la costumbre de sus padres, pero hay jóvenes que ni siquiera los conocen. No saben que existen, para ellos el muégano es el cuadrado”.
Para Sánchez el suyo es el muégano original: una tira de color marrón con rayas en la cubierta. Los “otros”, dijo, los que se venden en la ciudad de Tehuacán, y en Huamantla, Tlaxcala, son otro tipo de dulce. Es más, afirmó con seguridad, el de Tehuacán sólo es una oblea y el de Huamantla es un merengue.
En la ciudad de México, agregó, se vende uno que es muy duro, más bien parece un caramelo; el de Puebla es más cercano a una galleta. “Los muéganos que vienen sobre un papel encerado son mi competencia, pero el que sabe prefiere éste. Pensándolo bien, creo que no tengo competencia porque soy el único que los vende. Hace años había mueganeros en cada esquina, pero ahora sólo quedo yo”.
“Los muéganos que venden en las dulcerías y en las tiendas por lo menos tienen dos o tres días. En mi casa los hacemos diario y es raro que nos sobre. Uno cuesta 2.50 pesos y vendo unos 100, siempre, a veces un poco más si no llueve. Ya sabemos calcularle y tratamos de sacar la venta. Cuando sobran, llegamos a la casa y nos tomamos un cafecito con un muégano”.
El centro y las colonias no son los únicos lugares donde se venden; algunos poblanos lo contratan para llevar a fiestas pedidos especiales de 100 o 200 muéganos, “y a la gente les fascina”.
En actos privados es donde también Teófilo Sánchez comparte otra actividad de la cual ya se ve poco: la del pajarito que lee la suerte, actividad que también heredó de su padre pero de la cual habla poco.
“La venta de muéganos viene de generaciones atrás en mi familia; mi papá los vendió por más de 50 años y mi abuelo comenzó a venderlos desde chavito y por más de 60 años. Yo empecé desde los ocho años. Estudié, trabajé en una empresa 10 años y me salí para volver a lo mismo; regresé a vender muéganos”.
Aseguró que ningún político o artista famoso le ha comprado muéganos, pero lamentó que ni siquiera un presidente municipal de Puebla haya comprado un solo muégano, a él o alguno de sus familiares cuando éstos aún vivían y les permitían trabajar en el zócalo.
A los turistas nacionales les gustan mucho, y aunque en la plaza de Analco, donde está después de las 5 de la tarde, se vende el muégano amarillo con papel, los visitantes buscan “al señor del farolito”.

Si me diera nostalgia ser
el último, me daría todo

–¿Usted sabe qué quiere decir la palabra muégano?
–No. Tampoco sé el origen. Quizás los hayan inventado las monjas, quizás no. Lo que sí sé es que su verdadero nombre es trie. Es el nombre que se le dio en aquellos años y después cambió a muégano, pero no sé por qué. Pero ese verdadero nombre, eso me lo dijo mi padre y otras personas muy grandes de edad cuando yo era chico.
–¿Cómo se siente?
–Me siento bien, de esto vivo y mientras siga dando para vivir, ahí vamos a estar. Si me diera nostalgia ser el único, me daría todo. Sería pesimista pensar que cada vez estamos peor, y ¿para qué? Por más nostalgia que me dé, vamos a seguir igual y cada vez vamos peor: los de arriba van a tener más y los de abajo vamos a estar más jodidos.
–¿Está consciente de que el día que deje de venderlos, por cualquier motivo, esta tradición va a desaparecer?
–Pues sí, pero a veces los hijos... por mas que les dice uno, prefieren estudiar y eso. Ya como que no les llama la atención, prefieren dedicarse a otra cosa.
–¿Y sus hijos?
–Mis hijos... bueno, tengo una que ya está casada. Otro ya está en la universidad. No creo que ellos... (los ojos se le humedecen y la voz se le quiebra). Yo porque lo agarré desde muy chico. Me gustaría que quizás, en algún momento, ellos lo hicieran. Las tradiciones son padrísimas, tengo 44 años y a veces extraño aquellos tiempos, cuando incluso el dinero valía mas, teníamos poquito, pero el dinero tenía valor. Ahora hay mucho y no sirve para nada. Me preocupan más otras cosas y que la venta del muégano, porque ésta es segura.
“Conozco bien las calles del centro, de entradas me sirve como ejercicio, todo el dia camino, si así estoy gordito ¡imagínese si no lo hiciera! Me gusta lo que hago, el tiempo se me va rápido, trabajo 12 horas al día y haga de cuenta que trabaje la mitad, no llego cansado a mi casa. En cambio trabajar en una fábrica se me hace eterno, eso no es lo mío.
“En fiestas patrias y en navidad y fin de año me voy a Izúcar a vender, allá sí me dan permiso hasta las 2 o 3 de la mañana, mientras haya gente, y me gusta. Me llevo 300 muéganos, pero hay que gastar en pasaje, comida y donde quedarse. A lo mejor si me quedo aquí vendería menos, pero el gusto de estar con la gente... En fin de año no me la paso con mi familia, me voy a vender allá, lo mismo en semana santa. Se gana dinero y es para el ingreso familiar, estoy acostumbrado...”

 
 
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