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Martes, 30 de septiembre de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

 DEL HECHO AL DICHO 

Don Pancho

 
Manuel de Santiago

Montado en su triciclo acarrea diariamente más de un centenar de kilogramos de objetos de desecho que constituyen un importante ingreso para completar el gasto familiar. Se trata de José Francisco Cuautle Valencia, un robusto sesentón, aún muy fuerte, de manos encallecidas por el trabajo físico, de quijada cuadrada, tempranero pa’ la chamba y de una laboriosidad infatigable.

Cuando joven cultivaba el campo en la parcela familiar, pero por ser uno de los más chicos de la tribu no alcanzaba a obtener dinero extra sobre el que le daba para comer. Como él quería “cosas de muchachos” y además formalizar su relación con una novia, con la que tenía más de dos años, se fue de machetero en un “Torton” que traía naranja de Veracruz para entregar la fruta a una bodega de la Central de Abasto, y una poca “la menudeaba el patrón, pa’ completar el sueldo de todos nosotros”.

Don Pancho asevera, evocando con el gesto risueño y entornando los ojos, que aquélla fue una buena época, que se consiguió una morochita que... “aparte de lo principal” le daba también de comer y “era rete cariñosa y caliente”. –Ya ve usté como son las costeñitas, de gusto, bien que se arreglan, se perfuman. Pero me cuidé bien de no traer un chamaco al mundo, porque pa’ qué se compromete uno... nomás se complica la vida.

Cuando regresó a su pueblo, por el rumbo de Cholula, se casó con la novia que le esperaba y que le tenía “el guardadito”, el ahorro de tres años de andar trepado en el camión. El patrón no lo quería soltar, porque ya le había enseñado a manejar para que le ayudara cuando “se la echaban de un tirón, cuando subían pa’ Puebla con el carro cargado”. Pero don Pancho, que era sólo Pancho, el güero, en aquella época, no quiso quedarse a trabajar ahí porque la paga era mala, el esfuerzo era grande y no tenía ninguna prestación. Algún tiempo trabajó en una fundidora, pero las malas condiciones del lugar le produjeron una afección en el pulmón de la que tardó en sanar y que le costó la pérdida del trabajo.

Actualmente, en el inicio de la senectud, don Pancho se dedica a dar servicio básico de mantenimiento a una unidad habitacional. Además de barrer las áreas comunes de la vecindanza, palea la tierra que se acumula por el arrastre del agua de lluvia, lava el portón de vez en cuando, tira las bolsas de basura en los contenedores y hace algunos mandados.

Su permanente disposición para el trabajo y su imborrable sonrisa le han granjeado una buena relación con la gente de las casitas, lo que le procura colectar botellas de vidrio, latas de aluminio de los refrescos y cervezas, cajas de cartón de los empaques, periódico usado, prendas de ropa de desecho; eventualmente le obsequian algún mueble o algún aparato electrodoméstico que las personas reemplazan y casi cualquier clase de objeto “de segundo callo” que él se encarga de reciclar y de sacarle algún provecho, en unos caso para su uso o el de su familia, y en otras, para revender.

Don Pancho es un ejemplo de las personas que hacen que este país se mantenga todavía en pie; una muestra de que “la necesidad tiene cara de hereje” y de que el trabajo bien hecho y con una actitud afable produce los mejores frutos. Pero para que pueda significar un ejemplo para otras personas, éstas deben tener todavía un asomo de pudor, porque los güevones esféricos se hacen refractarios a los principios éticos y morales, con lo cual se desvanecen en ellos cualesquier escrúpulo que pudiera hacerlos dudar acerca de si están haciendo bien las cosas.

–Hasta que el cuerpo aguante (dice por último don Pancho con una fresca carcajada) y con el perdón de usté, patrón, pero tengo que seguir chacualeando la’gua, porque se junta harta en la parte de abajo.

 
 
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