“Con el cuerpo en un lado y el alma en otro”, hace dos décadas llegó la periodista y escritora colombiana Laura Restrepo (Santa fe de Bogatá, 1950) a México, deambulando por las calles de una de las ciudades más grandes del mundo, exiliada de su patria, añorando su tierra, sus cosas y su gente.
Tanta nostalgia no le hacía bien, así que decidió dejar las añoranzas y apropiarse del país que la había arropado. La mejor manera que encontró para involucrarse con los mexicanos fue mediante la literatura. Así, charla con La Jornada de Oriente, “voy y vengo de México a Colombia, porque allá tengo un hijo, además doy clases en Estados Unidos… me la paso viviendo con una pata en un lado y la otra en otro, y la tercera en un lugar más”.
De andar sencillo, con un acento característico, ahora de cabellera larga y con una mirada profunda que inspira confianza, Restrepo platica con nosotros, mientras intercambia algunas opiniones acerca de los medios de comunicación impresos de otras partes del mundo con la periodista Carmen Aristegui, durante la comida que ofreció este medio a una de las piezas claves del periodismo de México y fundador del diario nacional La Jornada, Carlos Payán.
Mientras se compone el pelo, ya con algunas canas, comenta animada: “Ando terminando una novela, con mucha dificultad… se me ha alargado mucho, pero creo que ya estoy a tres meses de terminar. También retomé el periodismo con Babelia, suplemento cultural de El País, y sigo dando la pelea por terminar la novela”.
De su novela Delirio, con el Alfaguara 2004, que la catapultó en Latinoamérica, opina que “el verdadero premio es poder escribir y vivir de eso. Más premio no se necesita, porque es un oficio tan sabroso que no debería ser premiado. Lo que a mí me dio más gusto fue que José Saramago entregara el reconocimiento. Yo siempre lo había leído con gran emoción y de alguna manera sí lo considero, de los escritores vivos, mi maestro”.
“Nunca había mandado una novela a un concurso, porque no me parece. La literatura no es carrera de caballos para que uno ande tratando de ganarle a alguien, pero cuando me enteré que Saramago era el presidente del jurado, dije ‘yo sí me muero porque este hombre me dé un abracito’, y me aventé a hacer la novela lo mejor que pude, porque sólo verle es una recompensa enorme para el trabajo”.
–Como voz propia y consolidada dentro de la literatura latinoamericana contemporánea, ¿cómo ves y cómo encuentras la calidad del trabajo, la difusión y la salud de las letras hispánicas?
–Yo la veo muy saludable, muy diversa, que es muy bueno. Creo que no se puede hablar de escuelas ni de tendencias, parece que cada uno está haciendo lo que a uno le venga en gana y eso se refleja, de alguna manera, en lo regional, que está tan mezclado con la diáspora, que es inmensa, con la viajadera… pero eso significa un compromiso muy importante e interesante para los latinoamericanos, porque ya no nos podemos agarrar de lo regional para tener una marca de fábrica.
“Ahora estamos escribiendo como habitantes del planeta, que es difícil porque el mango, la palmera y la rumba, lo que antes nos servía, en este momento ya no es suficiente”.
–Y ante la globalización, ¿cómo se está dando esta literatura?
–Por eso te comentaba que es muy difícil, sobre todo porque las editoriales esperan el mango, la rumba y la palmera, y si no lo tienes no saben de qué se trata.
Sin embargo, “considero que es importante que escribamos como seres humanos, dejarnos de folclorismos y entrarle a escribir las tribulaciones de las personas. Lo regional hay que vivirlo intensamente al interior, para que no sea un barniz para buscar identidad. Me parece que nos dificulta la forma, pero nos la hace muy interesante también”.
“El narco nos está tragando vivos”
–¿Nos podría adelantar un poco de la novela que estás escribiendo, será como Delirio, salpicado de amor, de locura, esoterismo y narcotráfico?
–Lo que pasa es que no puedo contar mucho, porque llevo escrito ya tanto y no la termino, donde que me ponga hablar, a la mera hora nace muerta la pobre. Pero sí te aseguro que me ha dado mucha lata, ha sido complicadísima, y a diferencia de Delirio no es sobre el narco y no sucede en Colombia.
“Quise hacer una novela menos literaria que todas las demás, quise bajarle el tono lo menos posible, quitar la adjetivación, cosa que me ha costado un huevo, porque los latinoamericanos somos muy palabrosos; la palabra es imprescindible para nosotros y nos cuesta esta vida y la otra”.
–¿Ha tenido tiempo para ver las dos programaciones que las televisoras colombianas están difundiendo en México, con seriales como Sin tetas no hay paraíso y El cártel de los sapos? Ambas narran historias donde el narcotráfico se ha infiltrado en todos los estratos de la sociedad e incluso en las autoridades de Estado, además de la prostitución en altas esferas sociales.
–No las he visto, pero en general son fenómenos que nos presentan cierta reflexión, porque el narco nos está tragando vivos, entonces que la gente investigue, mire y sepa qué implicaciones tiene no me parece malo. La explotación comercial sí me parece alarmante, pues el narco se está presentando ante la crisis económica que se vive en Latinoamérica como un trabajo, un estilo de vida, una opción.
“Entiendo la importancia de esos temas para saber qué nos está pasando, pero no entiendo que lo convirtamos otra vez, como la palmera, el mango y la rumba, en algo que nos identifica como un país violento”.
En ese sentido, compara: “Yo pienso que hay un problema grave con la literatura latinoamericana, que se está abocando a hacer literatura de feria. Centrándose en la exageración, lo que se sale de más, lo desbordado, la violencia, y buscamos esos elementos para tener una personalidad. Por eso, ahora todos escribimos sobre el narco, porque eso es ser latinoamericano”.
“Creo que ya llevamos más de una década escribiendo sobre ello y hay que virar a otros temas”; no obstante, reconoce que “lo escandaloso es lo que llama la atención”.
Al respecto, reflexiona que en parte no tenemos la culpa, “porque vivimos en una realidad muy de feria, con muchas cosas alteradas; y por otro lado, como escritor, está el recurso fácil de agarrarte un tema que te da identidad ante un grueso público”.
Por tal razón, en América Latina “los escritores hemos sido muy malos para tratar temas de la cotidianidad, como si la gente no tuviera vida. Las novelas en tono menor que hablan de lo que la gente hace todos los días, aquí no existen… somos escritores de tragedia, pensando siempre que los volcanes están a punto de estallar. En parte es cierto, pero también hay una vida cotidiana que se lleva y que se está escapando de la literatura, porque no hemos aprendido a escribirla”.
Y la palabrería tiene que ver también con eso, “el uso de la palabra que por un lado es apoteósico y espléndido, con las enseñanzas de un Pablo Neruda, con ese caudal de palabras tan sonoras, y de un Rubén Darío de gran placer y arrullo, y que por otro lado está contando una realidad que se aleja de lo íntimo… de lo que nos acontece a diario”.