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Martes, 30 de septiembre de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 OPINIÓN 

Los Adolescentes del Amazonas

 
Anamaría Ashwell

Todos ellos son nativos de comunidades cercanas a Iquitos en la selva peruana. Formaron este conjunto musical un poco improvisado, un poco para divertirse y otro poco porque les gusta cantar. Todos son parte de la tripulación o son guías experimentados de un barco que surca el Amazonas con despistados, turistas, investigadores, antropólogos o curiosos que vienen a ver la selva húmeda y la grandiosidad del río con sus propios ojos. Cantan solo en las noches mientras el río mece el barco y a veces con el acompañamiento de percusiones que provienen de las torrenciales lluvias que golpean las maderas de la embarcación. La dirección artística es de Adonay, que suelta su voz con canciones de Pedro Infante, Chabuca Grande y también de los Beatles por si un gringo o un inglés se encuentra entre la audiencia. Cuando le pregunté por qué Los Adolescentes Adonai me dijo sonriendo “porque adolecemos de todo”.

Son 7 mil kilómetros de un río que son miles de ríos del cual, con Los Adolescentes, apenas conocí su embocadura. Un lugar donde reina el agua. Agua que viene del cielo, que brota de la tierra, que entra al río desde otros ríos, que viene de la selva, de las montañas, que se evapora y se condensa mojándolo todo constantemente. Un río que produce la mitad de su propia lluvia por la humedad que suelta a la atmósfera. Un río que nutre una selva que se pudre y renace casi enfrente de la mirada de uno. Los árboles que miden 15 metros tienen raíces de apenas medio metro de hondura; el suelo es composta de hojas, troncos, ramas, fauna que se pudre y del cual brotan hongos multicolores o se nutren parásitos y brotes de una nueva arbolada. Menos del 2 por ciento de la luz solar penetra hasta el suelo y los árboles compiten por el sol creciendo desmedidamente. Se le trepan otros árboles, lianas, arbustos, plantas aéreas, todas compitiendo por un poco de luz. Familias de monos viajan de ramas en ramas –halcones los pescan al vuelo si son pequeños monos ardillas– y papagayos, pájaros multicolores y loros hacen un ruido infernal mientras los osos perezosos se contorsionan colgados como frutos de las ramas más altas. Es un río que es río por la selva y una selva que se nutre del río. Si desaparece la selva (el 20 por ciento de la selva ha sido talada y se estima que 20 por ciento desaparecerá en las siguientes dos décadas) el río reducirá su caudal y se aminorarán las lluvia y la humedad de la atmósfera secando lo que queda de foresta (Amazon: Forest to Farms. National Geographic, Enero 2007).

Los Adolescentes nos guiaron por la zona de la reserva Pacaya–Samiria, alimentada de dos ríos que fluyen hacía el Amazonas y que el gobierno peruano ha declarado zona de veda para madereros y pescadores. Se trata de 2 mil 170 mil millones de has. –2 mil 200 kilómetros cuadrados– de selva virgen, con lagunas, riachuelos, flora y fauna de una inmensa riqueza y variedad. Aunque imposible de patrullar y resguardar. Allí, a cada tanto kilómetro el gobierno apostó guardias que viven en la soledad de la selva, en pequeñas cabañas elevadas, sobre tierras altas con la obligación de cuidar que no accedan a la reserva pescadores comerciales, cazadores y taladores. Las pequeñas comunidades de pescadores que habitaron desde siempre la selva permanecen allí y el río les presta las laderas en tiempos de seca –el río retoma esas tierras en la temporada de lluvias– para la siembra de arroz. La vida de estas comunidades nativas dentro de la foresta húmeda y en armonía con el río, sin embargo, hace largo tiempo está degradada. En las zonas más apartadas flotan ominosas botellas de plástico y se oye el ruido de motores de borda. Una familia, entre solo cinco que habitaban un islote entre dos ríos exhibía los estragos de una modernidad que los seduce al mismo tiempo que los condena: seis niños, tres en la escuela y enfermedades visibles sobre la piel de todos. El río tiene abundante pesca y la selva abundante fauna, pero no para alimentar a poblaciones crecientes ni expectativas de vida o formas de vida sedentarias, ligadas y estimuladas por la agricultura.

Con Los Adolescentes navegamos desde Nauta hacia Iquitos, capital del departamento de Loreto, de la Amazonia peruana. El arribo al puerto es el arribo a una gigantesca bahía que almacena miles de troncos de árboles. Miles de troncos de árboles transportados desde la selva húmeda y comercializados desde este puerto ciudad que no tiene acceso por carretera (sólo por tramos y por ríos, el viaje puede durar semanas; o por avión). Iquitos tiene hoy más de 700 mil habitantes y entre 20 y 30 mil mototaxis y motocicletas que saturan las calles de la ciudad como si fueran mosquitos motorizados. Honda creó allí una fábrica que integra esos mototaxis con partes traídas desde Japón y Brasil y ha motorizado (a precios superiores de los que cuestan en el mercado mexicano) a casi todos los jóvenes.

 

Tristes Trópicos o Paraíso Perdido

Los científicos que estudian este maravilloso habitat estiman que la presión poblacional, el cambio climático, la tala y pesca excesiva y la agricultura que se extiende ha destruido ya casi le 40 por ciento de la Amazonia (en Brasil se encuentra la mayor destrucción) y que en las siguientes dos décadas, a este ritmo, desaparecerá otro 20 por ciento de la selva. Ese grado de destrucción aún no llega a la Amazonia peruana, pero pareciera también su destino ineluctable. Vivimos en un mundo maltusiano y son muchas las bocas que el Amazonas tiene que alimentar. 100 mil humanos habitaban el planeta 500 años a.C; un puñado de menos de 200 tribus nativas –que eran poco más de unas cuantas familias por tribus– poblaron este habitat húmedo hace 450 años; hoy la población mundial es de 6 mil 725 billones y hay más de 30 millones de personas habitando las regiones selváticas de las Amazonias. La mayoría de la étnicas originales van desapareciendo al mismo ritmo que su selva.

Los Adolescentes cantan afinados en las noches sobre el río. Ese río que todavía en las cercanías de la reserva de Pacaya–Samiria es un privilegio de belleza y vida. Un río y una selva que resguarda 1/5 parte de todas las especies de plantas y fauna conocidas en la tierra. “El Chino” capturó para nosotros un pez que allí llaman “carachasas” y nos explicó que es prehistórico. Tiene una armadura gris–negra durísima y una boca amenazante. Agarró en sus manos unos caimanes pequeños mientras que Jesús nos orientó a todos a oler la selva como también a ser sensibles a sus ruidos. Enseñanzas sobre un río y una selva por gente nacida allí que conmueve, conmociona y confronta. Quizás este río es el único paraíso imaginable que nos queda como un mundo “sin nosotros” (ver Alan Weisman, The World Without Us. NY.2007) y por poco tiempo. Por muy poco tiempo.

 
 
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