La historieta mainstream, el cómic superheroico se había vuelto un producto insufrible, insulso, recargado de colores y de dobles páginas con hombres en mallas. Productos tan respetables como el afamado y poco leído El Regreso del Caballero Nocturno, de Miller, o La Broma Mortal, de Alan Moore, habían pasado al olvido. Repetir hasta el cansancio la misma fórmula, con personajes cada vez más acartonados, hizo que hace algunos años Marvel (“la casa de las ideas”) cayera en números rojos en sus finanzas.
Aunque algunos aseguran que todo fue un plan financiero para abaratar Marvel y venderla al mejor postor, lo cierto es que con el cambio de editor y la entrada de Joe Quesada comenzaron a subir sus ventas y lo que es más importante, a elevar el nivel de las historias.
En ese momento de reestructuración entra el inglés Mark Millar, quien venía de trabajar en DC, lugar en donde encontró muchas reticencias a sus historias fuertes, pues tenían un alto contenido de sexo y violencia.
Millar y Bryan Hitch, el dibujante, revitalizaron a los Vengadores en la serie Ultimates.
Durante alguna entrevista, el inglés se preguntó sobre qué pasaría si se hiciera una película de los Vengadores. Lo que resultó fue un cómic hiperrealista, asentado en sus obsesiones: las tramas de guerra, la paranoia, las relaciones humanas conflictivas, el mundo de la farándula inundando la vida cotidiana.
Convierte al Capitán América en un conservador odioso, en un macho que odia las malas palabras y se queja de los desnudos en las películas; a Thor en un ecologista de izquierda que presiona constantemente para lograr sus objetivos altermundistas, y a Iron Man en un alcohólico mujeriego muy cool. Toma la relación marital entre Henry Pym y Avispa y la convierte en un infierno conyugal de varios golpes y reconciliaciones.
Millar vuelve adultos personajes que antes podían lanzarse al cesto de la basura.