Hablar de novela colombiana es remitirse casi necesariamente a tres obras sustanciales, que han influido tanto en la novelística latinoamericana en general como en el imaginario colectivo de nuestro continente: María, de Jorge Isaacs, La vorágine, de José Eustasio Rivera y Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Cada una representa un momento fundamental de las letras colombianas y a las tres las une el elemento que propició la búsqueda de lo propio latinoamericano: el paisaje.
La literatura colombiana tuvo una evolución acorde con el pulso violento de lo que se dio en llamar la “modernidad” En Latinoamérica, el tránsito por este nuevo periodo significó una larga espera frente al proceso de descomposición de antiguas estructuras oligárquicas. Las novelas de entreguerras se convirtieron en documentos de protesta, denuncias o, en todo caso, cuadros naturalistas, retratos sangrientos de una realidad hundida en la miseria y fundamentada en la injusticia de los dueños de la tierra contra los pobres que ya empezaban su éxodo a las grandes urbes
La vorágine, de José Eustasio Rivera, apareció en 1924 y de inmediato se constituyó en un documento polémico cuyo valor y trascendencia fueron reconocidos no sólo en Latinoamérica sino a escala mundial, al grado de ser considerada la primera novela auténticamente latinoamericana.
Los dos ejes narrativos de la novela de Rivera son el paisaje, la poética del llano, y las denuncias sobre la explotación del caucho en el Putumayo. La lucha de Cova, el personaje principal, no se da contra el sistema que genera estas atrocidades, sino contra la naturaleza. Resulta evidente que entre la formación romántica del autor y la realidad que se imponía a través de la denuncia se entabló una pelea a muerte. La tensión interna de esos dos mundos, el exterior y el interior, crea un antagonismo irresoluble: la formidable presencia del mundo natural lleva a Rivera a concluir, en su frase final, que el futuro utópico de la lucha individual acaba donde la realidad empieza. Cova maldice la selva, ese otro personaje que lo obliga a nombrar el mundo a partir de sus vapores, sus plantas carnívoras, sus animales ponzoñosos.
Ahora bien, si en las novelas fundacionales de Colombia el mal es impuesto desde el exterior, en la nueva novela colombiana surge del interior, del alma corrupta de la sociedad y de la historia oculta de lo individual. Desde la publicación de Cien años de soledad, en 1967, la novelística colombiana pareció quedar atrapada en las contradicciones de nuevos órdenes políticos y económicos.
En la década de 1980 aparecen novelas que apelan a dos factores fundamentales para entender las propuestas posteriores: La nieve del Almirante (1986), e Ilona llega con la lluvia (1987), de Álvaro Mutis, funden la novela de la selva con un cosmopolitismo cargado de violencia y cierto desarraigo existencial. Herederas de La vorágine y de la María de Isaacs, ambas juegan con el tema del viaje, “símbolo del tiempo, de la vida y de la muerte”, en palabras de Álvaro Pineda–Botero. La nieve del Almirante, que adopta la forma de un diario, cubre la travesía de Maqroll el gaviero desde las orillas del Xurandó, en el corazón de la selva amazónica, hasta la cumbre de los Andes, donde vive su amada Flor Estévez. De la misma manera en que Efraín, el personaje principal de María, remonta el Dagua hacia los brazos de su novia moribunda, Maqroll sortea peligros y corre aventuras sin finales felices sólo para llegar demasiado tarde: María ha muerto y la Flor desaparece sin dejar rastros.