A finales del siglo XIX, el gobierno norteamericano a través de sus agentes secretos hizo explotar su propio buque de guerra Maine, anclado en las costas de Cuba y acusó a España de haber sido la responsable, justificando así su declaración de guerra y su posterior ocupación de la isla que no cesó hasta el triunfo de la Revolución de 1959. Hacia los años treinta del siglo pasado, los nazis de Hitler incendiaron el Parlamento y culparon de ello a los comunistas, justificando así la feroz persecución que desataron contra ellos y, de paso, contra cualquier opositor al régimen. Más recientemente un supuesto “atentado terrorista” de grupos fundamentalistas islámicos derribaron las torres gemelas de Nueva York, causando miles de muertos que sirvieron de pretexto al gobierno de Bush para invadir y masacrar a la población de Irak, adueñándose de su petróleo.
En esta misma de línea se inscriben los “atentados” de Morelia del pasado 15 de septiembre, que costaron la vida y la integridad de varias personas, en una acción que por sí misma es absolutamente reprobable y condenable, pero que no debe leerse aislada de su contexto, tal como la presentan los medios oficiales y los discursos del gobierno federal de facto que pretenden centrar la atención en el hecho dramático y violento en sí mismo que afecta a inocentes y que se atribuye a un enemigo invisible etiquetado de “terrorista”, al que sólo le falta un rostro (guerrilla, movimientos sociales, inconformes, opositores a la entrega del petróleo, simpatizantes de López Obrador) para recrudecer la represión indiscriminada, en nombre de la propia seguridad de las víctimas.
Después del fraude de 2006, el gobierno federal sacó al Ejército Mexicano a las calles (violando la Constitución) para luchar contra el “crimen organizado”, y los resultados están a la vista: varios enfrentamientos con narcotraficantes, algunos decomisos de droga y dinero; muchos civiles muertos y numerosos abusos y violaciones a las garantías individuales de la gente.