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Lunes, 22 de septiembre de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

 DEL HECHO AL DICHO  

Los papás de los niños

 

 
Manuel de Santiago

Cómo se aprende a ser mamá o papá? Siendo ésta una de las responsabilidades más grandes en la vida de muchos seres humanos, paradójicamente no existe ningún curso ni enseñanza alguna acerca de cómo desempeñar el rol de padres, de forma adecuada, con las criaturas que han venido al mundo por voluntad nuestra. Ciertamente, la elección de ser padres no siempre es consciente, meditada y planeada; las más de las veces se trata de copiar patrones –socialmente aceptados– que conducen a la tan exaltada maternidad o a la paternidad, otras veces parece ser un designio de la naturaleza (producto natural de la fornicación, como animalitos) y otras más, mandamiento de la divinidad.

En cualquier caso hay una voluntad, adormecida o despierta, de ser padres y lidiar con los chamacos, los hijos, que muchos progenitores buscan sacar adelante para crear seres independientes y productivos socialmente. ¿Cuál es la receta de esto?

Darles, sin regateo, lo que nosotros no tuvimos es la actitud de muchos padres que conceden a los escuincles cualquier cantidad de bienes materiales con los cuales esperan hacerlos “felices”. Por otro lado, y en sentido contrario, criarlos en medio de la austeridad, con la adopción de valores rígidos y con límites, para que valoren el esfuerzo de la familia. Bueno, esto corresponde a la parte material que, con un sinnúmero de variantes entre las dos posturas extremas, se resuelve con menor o mayor facilidad.

Lo que resulta más complicado es el problema de la educación en valores así como la procuración de una buena y sana relación entre padres e hijos, pero también entre los vástagos, las demás personas y todos los seres que pueblan el universo, ya que finalmente los niños se convertirán en jóvenes y a su vez se insertarán plenamente en la sociedad.

No tengo la respuesta –aunque soy padre–, pero quiero comentarles que mi esposa y yo acabamos de ser testigos involuntarios del comportamiento de una pareja de jóvenes papás con su pequeña hija cuya convivencia por algunos días completos nos revelaron la manera como educan a sus hijos algunos intelectuales, como si fueran adultos chiquitos. ¡Ay nanita!

Hemos escuchado las historias del Golem, del engendro de Frankestein, del Robot y de otras criaturas fantásticas de la literatura y la tradición, las cuales pongo como ejemplo a propósito de su creación y desenvolvimiento –aberrantes–, porque nos pudimos dar cuenta de qué manera el exceso, el abuso, de argumentaciones y razonamientos maternos han convertido a la pequeña en un monstruito manipulador.

¿La relación entre padres e hijos debe ser una relación de iguales? La pregunta no se refiere al respeto obligado en el trato entre los seres humanos, ni al reconocimiento de la identidad de todos y cada uno de los prójimos, me refiero a qué si cada acto de nuestra relación entre hijos y padres debe ser el pretexto para suministrar una enseñanza para los primeros y un negocio aceptable para los segundos.

Llevar al extremo estos absurdos tratos, pactos y compromisos no creo que abonen ni en el corto, ni en el mediano, ni el largo plazo a la creación de una relación saludable. El momento, el sitio y el modo de las comidas, el baño, los juegos, la dormida, el vestido, la escuela, las golosinas, la relación con los otros niños y los adultos no pueden ser sometidas a negociaciones interminables ni a argumentaciones bizantinas, porque además de la pérdida de tiempo, las criaturas pierden su espontaneidad, se les inhabilita para resolver problemas con otros niños, se les condiciona a saberse los únicos importantes y que los demás son estúpidos con lo que se crean realmente seres egoístas e inadaptados.

¡A mí solamente me dan güeva!

 

 
 
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