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Lunes, 22 de septiembre de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Atlixco
 
 

Recuerdan en Tochimilco el tercer aniversario del regreso del retablo de San Francisco de Asís

 

 
Miguel Ángel Domínguez Ríos

Tochimilco. Sentencia y advertencia para católicos buenos y perseverantes: “Todo con Dios, nada sin Dios”. San Francisco de Asís es migrante. Algunos habitantes nahuas de este municipio aseguran que “quisieron llevárselo de mojado a Estados Unidos, pero la policía acabó retachándolo”.

En la conmemoración del tercer aniversario del regreso del retablo de San Francisco de Asís a esta comunidad cercana al Popocatépetl, un grupo de indígenas deshojan margaritas blancas y rosas rojas sobre una enorme tina en uno de los corredores del atrio, bajo ese enorme ahuehuete.

Bromean, tres años después, sobre el mismo tema: “¿Quién fue?, ¿quién pudo sacarlo?... ¿quién más?; sí pesa mucho, ¿cómo pudieron sacarlo?

–¿Es alguien cercano al convento?, lanza el anzuelo el reportero.

Risas de aceptación: “... pues entonces, ¿quién?

En tanto, siguen deshojando margaritas blancas y rosas rojas sobre una enorme tina en uno de los muchos corredores del atrio, bajo ese enorme ahuehuete. 

Escondidas en uno de los muchos laberintos del convento Franciscano de Tochimilco están más de siete mujeres. Todas de babero, falda y canas. La pizca de olor y el humo conduce hasta ese lugar. Las más jóvenes tienen otro encargo: matar a los pollos. De hecho, ya los tienen colgados en una mano. Las más viejas deben poner el sabor y la experiencia. Mueven y mueven la enorme cazuela de mole. La carne de marrano está desnuda y amotinada en una vasija.

No pueden ocultar espanto ante la cámara fotográfica, pero gustan de salir retratadas. “¡Órale... pónganse ahí pa´ salir bonitas!”, exige la mandona. La regordeta, la risueña. Tienen el encargo de hacer comida, mole poblano, para más de mil personas. Bueno, mole y arroz para el pueblo, y otros platillos especiales para la autoridad. ¿Alcanzará? Llevan dos días preparando los condimentos. Y aún conservan la risa y el ánimo. Todo pagado por el mayordomo y por las mujeres franciscanas.

 

La cueva

Tochimilco fue a principio del siglo pasado refugio de Emiliano Zapata. Casi 100 años después quedó convertido en refugio de dios, mejor dicho, de una de las representaciones de dios: San Francisco de Asis. Este lugar clavado entre los pies del Popocatépetl parece mágico. Tiene un convento franciscano digno de considerarse Patrimonio Cultural de la Humanidad, construido, aseguran algunos historiadores, sobre una pirámide. “Primero la conquista armada y después la conquista espiritual”. Y por eso, era necesario borrar vestigios de su cultura. Aquí siguen vivos los nahuas y conviven con los criollos. 

Desde hace varios años en Tochimilco el poder está peleado con el poder. Es decir: el párroco del pueblo con algunos mini caciques. O los mini caciques con el párroco del pueblo. La iglesia con el PRI o el PRI con la iglesia. Quieren el control. Y quieren todo el control. En la cabecera manda el párroco, y el PAN en las elecciones tiene mayoría. En las comunidades lejanas de la cabecera manda el PRI  y el presidente municipal.

Aseguran, es una constante lucha de poder para demostrarse quien las puede. Mientras, gobiernan los criollos a los indígenas. 

La casa del retablo de San Francisco de Asis, de donde fue sustraído en el 2001, es la capilla de la Tercera Orden. Digamos, es una hija del convento. Está a la derecha del padre... o la madre. Fue pintada y casi renovada. Por fuera blanca de cal y por dentro amarilla. Sólo tiene un cristo en el fondo.

Son las 11 de la mañana con 8 minutos. Casi todo está listo. La orquesta ocupó la parte alta, la banda de los agrarista de Tulcingo afinó los instrumentos, los cohetes tomaron lugar para ser disparados con rumbo a los cielos y los hombres y mujeres del lugar prenden velas, barren el atrio y llevan flores. 

Todos quieren ser testigos del reencuentro, en casa, del retablo de San Francisco de Asís recibiendo los estigmas del siglo XVI. A punto estuvo de ser subastado por internet en Estados Unidos a un precio de aproximadamente 250 mil dólares. Fue recuperado por la Policía Internacional y entregado a la Agencia Federal de Investigaciones (AFI).

Cuando orar no es posible, cantar es el remedio. “Todos somos hermanos... todos somos franciscanos… todos somos hermanos, todos somos franciscanos...”, entonan las mujeres indígenas frente a su redentor. Los pétalos de rosas y de margaritas volaron en el vacío para dibujar un arcoiris y caer sobre la esfinge. “Todos somos hermanos... todos somos franciscanos y nuestra bandera es la cruz... Señor, no puedo partir sin avisarte”. 

“¿Será el mismo panchito... o será otro?”, insisten en la pregunta un anciano después de abiertas las puertas de la capilla. Y respondió: “¡Sí tiene sus piedritas, entonces es el mismo!”. Ese hombre es uno de los miles de cristianos acercados a admirar, llorar y rezar de alegría por el retorno de San Francisco. “El regreso es un verdadero milagro de Dios”, dijo emocionada una representante de la comunidad franciscana. Mientras los altos jerarcas de la política comían, los fieles católicos lanzaban flores y rezaban.

 
 
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