Aunque desde los años 1976 y 1984 ya se habían hecho algunas excavaciones en la zona arqueológica de Cacaxtla, no fue sino hasta el transcurso de los primeros meses de 1985 cuando se hicieron los descubrimientos de mayor trascendencia y que a la postre se revelaría como el principal vestigio prehispánico de la entidad.
Mañana, 13 de septiembre, se cumplen 33 años del hallazgo de Cacaxtla, motivo por el cual La Jornada de Oriente entrevistó a la arqueóloga Rosalba Delgadillo Torres, investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Centro Tlaxcala, y una de las responsables de las excavaciones para conocer los momentos más importantes del descubrimiento del Pasillo de las Serpientes y el Templo Rojo en el Gran Basamento de Cacaxtla.
La zona arqueológica de Cacaxtla, construida por los Olmecas–Xicalancas, está situada en la comunidad de San Miguel del Milagro, en el municipio de Natívitas, y es considerada como uno de los vestigios más importantes de la época prehispánica, pues entre sus atractivos están diversos murales.
“Fue el 18 de enero de 1985 –recuerda Rosalba Delgadillo– cuando se inició la excavación de varios pozos estratigráficos, los cuales formaban parte de un estudio muy especializado, pues se tomarían muestras de los rellenos con los que se taparon los cuartos y patios que se encontraron en ese lugar”.
De acuerdo con la antropóloga, los resultados de ese estudio determinarían el tipo de soportes que sostendrían techumbres destinadas a cubrir las paredes y pisos de los cuartos que forman El Palacio.
“Ese mismo día –abunda– se inició la excavación de un pozo que se marcó con el número 28, pues los anteriores ya se habían excavado entre los años 1976 y 1984, y estaba situado en la parte norte y sobre la porción más alta del llamado Gran Basamento. También ese 18 de enero, se comenzó el pozo 29, mismo que se localizó en el Patio de los Altares, en la parte sur de El Palacio”.
Para el 22 de enero se comenzó a excavar el pozo 30, el cual se ubicó al oriente de una pequeña área que se denomina el Patio de los Altarcitos, al oriente de este lugar se observaba un asentamiento de forma más o menos cuadrada en el piso y que llamaba la atención, pues parecía una caja de ofrenda, “una más de las que ya se habían explorado en una amplia zona, ya liberada de los rellenos y escombros”.
Un día después, en la esquina suroeste del pozo 30, “encontramos pequeños fragmentos de pintura mural de color azul y rojo en el escombro que estábamos retirando. La verdad es que no nos impactó mucho este hallazgo, ya que era común encontrar fragmentos de estuco con vestigios de pintura mural de diversos colores en numerosos pozos de excavación de esta zona arqueológica”.
Sin embargo, el hallazgo siguiente que hicieron los responsables de la excavación, “justo a la esquina suroeste del pozo”, sí les impresionó, pues “la pintura que encontramos ahora sí estaba sobre el muro, pero por las dimensiones del pozo era realmente pequeña el área localizada. En el transcurso del día también encontramos pintura mural en la esquina sureste del pozo. Inmediatamente se procedió a fijar la pintura al muro y protegerla de la tierra que no había en el lugar”.
Al continuar con la excavación, rememora Delgadillo Torres, nos percatamos que estábamos justo entre dos muros que formaban un pasillo con un aplanado de estuco.
La excavación del pozo 30 continuó el 24 de enero, y también se le liberó el escombro y la tierra que tenían las paredes localizadas el día anterior. “Cuando alcanzamos una profundidad de 2.14 metros observamos que en ambos muros se podían apreciar claramente diseños de pintura en forma de plumas, muy semejantes a las encontradas en la serpiente emplumada del mural ubicado en el Edificio A, sobre el que está de pie el SacerdoteAve”.
Un día después, los arqueólogos lograron retirar más tierra “y pudimos observar claramente que efectivamente era una serpiente emplumada y por debajo de ella se encontraba la banda de animales acuáticos, característica que también comparte con el anterior mural. Finalmente, el piso estucado se encontró a 2.65 metros de profundidad y a este sitio lo denominamos el Pasillo de las Serpientes”.
De acuerdo con la arqueóloga, este hallazgo “fue una invitación” a que ampliara la excavación de este pozo hacia el sur de la zona, pero “para poder hacer eso, fue necesario retirar gran cantidad de escombro que formaba un relleno del llamado conjunto dos, el cual, en ese momento, no había comenzado a excavarse”.
El 30 de enero, comentó, se comenzaron a retirar numerosos tepetates de un tamaño relativamente grande hasta llegar a un piso de estuco que correspondería al nivel de El Palacio, por ello “procedimos a romperlo, para llegar al lugar donde deberíamos encontrar la continuación del llamado Pasillo de la Serpiente”.
Fue hasta el 7 de febrero que “localizamos un muro de adobe que delimitaba por el oriente el límite del pozo en cuya pared pudimos apreciar nuevamente diseños pictográficos. Recuerdo que en mi diario de campo apunté: observamos (mis trabajadores y yo), una planta de maíz de color azul de cuyas mazorcas asoman caras humanas de color amarillo, con deformación craneana, mutilación dentaria, pintura facial negra y gorros cónicos sobre un fondo rojo”.
Pese a ello, el 14 de marzo de ese mismo año se dieron por terminados los trabajos de excavación de esos pozos, “los cuales fueron ocho en total, pero no fue hasta septiembre de 1988 que pudimos, junto con un equipo de trabajadores, dirigir el proyecto de excavación para liberar lo que conocemos como el Templo Rojo”.