Hace más de 40 años, los estudiantes de la UAP y de otras instituciones tenían una amplia participación en las problemáticas sociales del país y del estado. Cuando las autoridades abusaban de su poder, los primeros en levantar la voz eran los universitarios, recuerda Julián Hernández, empleado jubilado de la casa de estudios que el 14 de septiembre de 1968 estuvo a punto de ser linchado junto con otros cuatro compañeros en la comunidad rural de San Miguel Canoa, Puebla. Hoy, las cosas han cambiado, y no todas para bien: los universitarios no participan con la misma intensidad que antes, ya sea porque las circunstancias no se los permiten o por simple indiferencia.
Tan sólo unos minutos antes de que Hernández subiera al escenario del auditorio de la facultad de Electrónica de su antigua institución, los asistentes a la función del 11 de septiembre en el cineclub Lumière de la cinta Canoa (1975) observaban con atención los acontecimientos que el director Felipe Cazals recreara en la pantalla. De acuerdo a Hernández, uno de los tres sobrevivientes, el realizador fue fiel a los hechos e incluso se quedó corto en la crudeza de la situación, tal y como él la recuerda. “Yo decía que en la turba habría unas mil personas. Roberto (Rojano, otro de los sobrevivientes) decía que eran mil 500”, comentaba Hernández al público asistente.
Manipulados por el sacerdote del pueblo (Enrique Lucero en la película), los habitantes de San Miguel Canoa arremetieron contra los cinco jóvenes que iban de paso hacia La Malinche. Con el argumento de que eran comunistas y pretendían izar la bandera rojinegra en la iglesia, la gente del lugar mató a dos de los compañeros de Hernández, a uno de los vecinos del lugar que les daba posada y a un joven de otra comunidad. La reflexión, dijo, es que desgraciadamente hoy, a más de cuarenta años de esos hechos, sigue habiendo demostraciones de violencia similar.
“Lo primero que pides cuando ves la muerte de cerca es otra oportunidad. Desde que pasó todo aquello, cada vez que me invitan a hablar digo que hay que poner nuestro granito de arena, hacer conciencia para que hechos como éstos no se repitan”. El diálogo y la tolerancia son la clave, decía con voz serena.
Tanto la cinta de Cazals como algunos de los comentarios hechos por Hernández, describen la realidad de una comunidad que hoy es junta auxiliar del municipio de Puebla y que en muchos aspectos sigue aislada de la ciudad. Hernández recordó que durante la presentación de un libro de la UAP sobre el tema, un grupo de cinco jóvenes de Canoa pidió participar en la mesa. “Uno de ellos dijo que el pueblo estaba señalado desde ese día del año 1968, pero que quería crecer y acercarse a la ciudad”. Y con el apoyo de brigadas de estudiantes de distintas carreras, y el impulso de las propias autoridades, esta meta se puede lograr, concluyó Hernández.