El concepto de bienes puede ser comprendido desde una óptica económica (aplicando la idea tecnológica) o práctica (analizando la visión empírica). Para cualquier persona un bien se percibe como el elemento, en primer lugar útil, que brinda un beneficio atractivo, agradable, pero sobre todo que al ser objeto de consumo tenga un valor. Pero la esencia del bien como objeto nos lleva a la idea de intercambio en el mercado; es decir, que se puede considerar como una mercancía. Entonces el enfoque requiere un abordaje necesariamente basado en la ciencia de la economía, partiendo de una clasificación de acuerdo con sus características. Pueden así catalogarse en bienes de capital, intermedios, de consumo, públicos, privados, mixtos, complementarios, de demanda, de escasez y otros que se extienden en una larga lista que solamente los economistas comprenden; sin embargo, no es difícil imaginar que una buena parte del concepto de bienes y su valor se fundamenta en una competencia.
Siempre he pensado que en donde no hay competencia existe incompetencia, lo que le imprime a las actividades cotidianas un tinte especial de motivación; pero cuando examinamos las características de la salud y la medicina en México, ambas como un bien, sorprenden las grandes contradicciones y los enormes contrastes que son reflejo puntual de la palabra desastre. Habrá quienes perciban esto como una exageración, pero una visión apenas superficial de lo que sucede nos ubica en una realidad espantosa, aterradora, temible y absurda.
Nuestros determinantes de salud a nivel internacional están mal. Tenemos que luchar contra enfermedades literalmente medievales (mortalidad por diarreas, infecciones respiratorias, desnutrición, parasitosis múltiples, pobreza extrema) y al mismo tiempo enfrentamos retos similares a los de países ricos (obesidad, cáncer, diabetes, enfermedades metabólicas además de las crónicas y degenerativas que caracterizan a sociedades longevas). Pero la primera contradicción surge cuando analizamos indicadores de desarrollo.
El Fondo Monetario Internacional publica periódicamente el “World Economic Outlook Database”, donde se brinda información de importancia mundial. El Producto Interno Bruto (PIB) constituye un punto de referencia útil; así, las economías pueden ordenarse en bloques de acuerdo con billones de dólares que generan en bienes de producción. En el primer grupo están Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, China, Italia, España y Canadá, que son países que superan su PIB en más de un billón de dólares. En el segundo bloque se encuentran los países que tienen un PIB ubicado entre medio billón y un billón de dólares, en donde están Rusia, India, Brasil, Corea del Sur, México, Australia y Holanda. El tercer grupo se conforma por países con un PIB entre 250 y 500 mil millones de dólares, que en orden son Bélgica, Suiza, Suecia, Taiwán, Turquía, Austria, Polonia, Afganistán, Noruega, Arabia Saudita, Indonesia y Dinamarca. El resto de países del mundo no supera los 250 mil millones de dólares en su PIB. Esto, en pocas palabras quiere decir que somos considerados como un país que ocupa el décimo cuarto lugar en el mundo, hablando en términos económicos. ¡Somos ricos! Pero nuestros indicadores de salud están muy por debajo de países que se encuentran en el tercer bloque. Cuba, tiene un PIB de sólo 51 mil millones de dólares y sus parámetros de salud son muy superiores a los nuestros.
Esto no solamente es un motivo de preocupación, sino también de vergüenza, ya que este país es considerado muy pobre. Una explicación de sus logros en salud se genera en torno a la visión de la medicina como un bien público, es decir sin exclusiones. Todos los ciudadanos cubanos tienen derecho a la salud; sin embargo en México, la medicina va teniendo un enfoque priorizado como bien privado, lo que implica un problema de exclusión. Quien tiene dinero puede recibir atención. De esta manera, poco a poco se percibe cómo las instituciones de salud son desgastadas con recursos que además de insuficientes son mal canalizados, lo que aunado a una impresionante demanda, los vuelve insuficientes (aunque no siempre ineficientes). ¿Es justo que solamente quienes puedan pagar tengan el derecho a obtener el bien de la salud a través de una medicina de calidad? Desde cualquier punto de vista, esto es inaceptable. Pero hay algo más. Si yo, como individuo, manejo un bien privado y lo conduzco mal, la afectación se traduce en un problema circunscrito a mi ámbito personal. Contrariamente, la mala administración de un bien público, afecta a toda la sociedad. Es increíble que nuestros políticos no puedan percibir esto, pues a la larga, ellos mismos son afectados.
Es urgente una regulación de la medicina privada que, por su costo, a medida que pasa el tiempo va perdiendo accesibilidad. También es inaplazable optimizar los recursos de la medicina pública. De otra forma es cruel e inhumano que la enfermedad sea vislumbrada hoy, como un vil y vulgar elemento de mercado.
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