E s de celebrarse la aparición del libro Autorrealización de las funciones sustantivas de la universidad. Cuarto eje transversal y articulador (Universidad Autónoma de Tlaxcala, 2008, 194 p.) porque se trata de un concepto polisémico y polémico que se define según la corriente que se adopte, como ocurre con los autores que participan del mismo a quienes ubicamos en dos corrientes.
La corriente A considera que la autorrealización es una función sustantiva que se agrega, de manera separada y diferenciada, de la misma forma en que se añadieron: la formación del modelo napoleónico, la investigación del modelo alemán, la extensión del modelo latinoamericano, y ahora la autorrealización del modelo tlaxcalteca.
La corriente B asume que la autorrealización puede ser –¿debe ser?– el elemento fundamental sobre el que se reedifique la tarea sustantiva de la universidad para responder de manera integral a las nuevas demandas de la sociedad en el compromiso de generar, innovar, transmitir y socializar conocimiento.
Para la A la solución es simple, basta y sobra agregar contenidos y acciones en áreas tan diversas como valores, medio ambiente, derechos humanos, diversidad y democracia para que, por ese simple hecho, los estudiantes universitarios inicien el camino de la autorrealización.
La B demanda un cambio en lo filosófico, epistemológico, metodológico y operativo del modelo educativo para que la universidad se construya como un espacio “de libre examen del conocimiento, de pasión por aprender, de tolerancia a lo divergente y de entendimiento de los problemas nacionales” (Díaz Barriga).
La A considera que: “para que un ser humano sea exitoso, se necesitan herramientas psicológicas que le permitan establecer relaciones interpersonales sanas” (Arana, p.152).
La corriente B asume que la autorrealización es el proceso de autoconstrucción del ser humano que puede definirse como: “aquella consciencia del ser humano como un ser inconcluso que busca completarse”.