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Miércoles, 10 de septiembre de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

 OPINIÓN 

La marca de fuego

 
Beatriz Meyer

Una de mis lecturas favoritas durante las largas vacaciones de verano (en ese tiempo sí que eran largas) fueron las novelas de don Vicente Riva Palacio. Monja y casada, virgen y mártir; Memorias de un impostor y, sobre todo, la saga de Martín Garatuza, hacían de las tardes bochornosas en casa de mis abuelos, en lo más olvidado de las tierras cañeras de Morelos, una verdadera incursión por las calles húmedas, amarillentas y oscuras de la Nueva España. Martín Garatuza, considerada “novela de aventuras históricas”, era en esos tiempos ajenos a los baños ideológicos o a las posturas políticamente correctas un mundo tenebroso por donde deambulaban muchos de mis fantasmas personales. El origen de mi familia paterna, perdido junto con los archivos quemados de las guerras europeas, parecía emerger en esas páginas donde los Carbajal (o Carabajal, como se consignó el apellido en los archivos de la Inquisición) sucumben a la marca de fuego que cada miembro de la familia recibe como una especie de herencia maldita: un lunar en forma de llama, rojo y ominoso. Sinónimo de tragedia y rechazo social, la marca imaginada por el escritor se adelantó a la estrella de David que los judíos debieron usar para distinguirse del resto de la población durante la Segunda Guerra Mundial. Conocedor de los procesos inmorales del Santo Oficio por haber tenido en su poder los archivos de donde sacó material valiosísimo para sus novelas, don Vicente Riva Palacio no escatima detalles sobre el sufrimiento de los personajes. Los tormentos a que los someten los inquisidores, el dolor atroz de mujeres y hombres que prefieren denunciar a familiares y amigos a seguir soportando castigos mucho más crueles que los de cualquier cárcel mexicana de nuestra época, los autos de fe y el final terrible que aguarda a cada uno de estos descendientes de Cuauhtémoc y de mujer judía, son hechos reales que el escritor disfrazó poco, como si en el apego a los detalles del proceso rindiera tributo a los verdaderos protagonistas de ese capítulo infame de la historia novohispana. Sin embargo, su imaginación vistió con oropeles las historias disímbolas y las trayectorias alejadas entre sí de la familia Carbajal y del truhán Garatuza, personaje real oriundo de Puebla, por cierto. La tristeza de la inadecuación y el rechazo de la sociedad de su época hacen que el drama de los Carbajal se torne irremontable. Los aires nacionalistas y el discurso del romanticismo permean las tramas y los diálogos de los personajes, como éste entre doña Esperanza y su madre, Juana de Carbajal:

“–Cosas bien tristes son y capaces de causar la desesperación a otra alma que no estuviese templada como la tuya... pero tú has crecido bajo la sombra de la desgracia, y como una flor regada con llanto... Hija mía ¿qué esperas del amor de un hombre? ¿Podrás unirte a él...? Desgraciada entonces de ti; nuestra familia lleva ante el mundo una mancha que nada es capaz de borrar, ya lo sabes; y aunque jamás te he referido la historia, tú no ignoras que mi madre Doña Isabel de Carbajal; y sus dos hermanas, Leonor y Violante, murieron en la hoguera por judaizantes.

“–Madre mía, no recordéis eso que os hace padecer tanto.

“—Es preciso, Esperanza, es preciso; tú legarías a tus hijos la deshonra: además, tú eres criolla, tú no has nacido en España, Leonel tampoco: ¿y sabes tú, hija mía, lo que quiere decir esta palabra entre nosotros? ¿Sabes tú lo que es ser criollo en la Nueva España? Es ser esclavo, despreciable, vil”.

Según la opinión de algunos críticos, el tiempo ha revalorado la obra de Riva Palacio. Su visión humanista de los procesos históricos de la Nueva España lo llevó a crear un mosaico de historias y de personajes que son en buena medida los responsables de la idea que aún ahora tenemos de cómo era la vida en el México de los siglos XVI y XVII. Martín Garatuza se publicó en 1868, siendo Juárez presidente. Tanto ésta como la anterior, Monja y casada, virgen y mártir, le permitieron abundar en la vieja pugna entre la iglesia y los liberales que deseaban darle un nuevo rumbo al país. El recuento de las atrocidades cometidas por el Santo Oficio en contra de grupos religiosos minoritarios o de cualquiera que sostuviera ideas contrarias a la religión establecida y sus duros preceptos morales formó parte de la reflexión sobre el pasado que los intelectuales de la época impulsaron en aras de una nueva idea de nación (baste recordar El libro rojo, escrito por el mismo Riva Palacio y don Manuel Payno). En estos tiempos ya nadie duda de la crueldad de los inquisidores; sin embargo, poco o nada se recuerda de sus víctimas, ni lo que pasaba con ellas una vez recluidas en las cárceles del Santo Oficio, ubicadas en Santo Domingo, esa activa plaza donde medran los falsificadores de documentos en la ciudad de México. Las minuciosas descripciones de don Vicente nos permiten conocer (o imaginar) lo que los prisioneros debían soportar en las mazmorras, el ambiente de las ejecuciones, las calles que conducían al patíbulo (éste se hallaba en San Hipólito, muy cerca de la actual iglesia de San Judas Tadeo), las fórmulas del “relajamiento” y de la tortura. Y a pesar de la lejanía con aquellos tiempos, el relato de lo acontecido en las cámaras y sótanos de la Inquisición aún conmueve y enfurece como deben de haber conmovido y enfurecido al gran escritor y patriota que fue don Vicente Riva Palacio.

A los 10años, escondida detrás del sillón grande de mi abuela y sumergida en las calles de la Nueva España en compañía de Martín Garatuza, caí en cuenta de que ese lunar rojo que tanto abominaba en uno de mis brazos tenía la forma de una lengüeta de fuego. Quizá a eso se deba mi aprecio por la literatura de don Vicente. A lo mejor, con suerte, las constelaciones familiares me den algún día una respuesta.

 

 
 
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