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Miércoles, 10 de septiembre de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

Patadas bajo la mesa es una vuelta de    hoja en mi escritura”, dice Gabriela Puente

 

Gabriela Puente / Foto Abraham Paredes
Yadira Llaven

“Le tengo mucho miedo a lo que hago, porque me expongo, me encuero, me estoy abriendo… y no sé qué resultará, son como esas patadas bajo la mesa que te dan en las reuniones familiares cuando haces lo que moralmente no está bien visto”. De esta introspección nace Patadas bajo la mesa, “de mi yo poético a nadie”, el reciente poemario de Gabriela Puente (Puebla, 1973), bajo la edición de Anónimo drama. El texto será presentado, con la lectura de algunos de los poemas, en la casa de la lectura Profética (3 Sur 701), el 18 de septiembre.

“Soy muy vulnerable, por eso siempre trataba de ser la chistosita en las fiestas. No soy la poeta maldita y borracha… soy muy vulnerable”, repite mientras bebemos unas cervezas.

En entrevista con La Jornada de Oriente, Gaby destaca la labor del editor Carlos Nohpal. “Es chido, porque agarra a jóvenes escritores no reconocidos, en dramaturgia, ensayo, poesía y narrativa, y les publica la obra. Y, en la actualidad, eso no es tan fácil, porque normalmente, todos lo sabemos, el escritor tiene que pagar para ser publicado, es decir, cede los derechos por más tiempo e invierte sin recibir nada a cambio, como sucede con las editoriales locales”.

Patadas bajo la mesa había sido concebida como una serie de apuntes, de poemas narrativos con personajes y nada más; sin embargo, “cuando Carlos leyó lo que vengo escribiendo desde noviembre de 2007, me pidió editarlo. Pero no estaba segura de hacerlo porque al texto no lo había dejado reposar, apenas lo terminé hace dos semanas”.

–Poesía narrada y con personajes, es algo distinto a lo que has trabajado, ¿cómo surge la idea?

–Se me dio solito. No podía escribir y empecé a anotar todo lo que se me venía a la mente, sin tener una idea clara de si lo que estaba haciendo estaba bien, hasta que Nohpal lo vio y me dijo: “vaya, señora Puente, hasta que eres poeta”. Y aunque como poeta nunca puedes abandonar al yo poético, al saltar a esta especie de poesía narrada lo hago a través de personajes, de una escritura semi–automatizada, a párrafo cerrado. 

No obstante, leer de un tirón las más de 50 páginas resultaba pesado, por lo que decidió separar el texto en varios párrafos para dar aliento al lector. Otra de las características del poemario, menciona, es la función de las palabras, que enganchadas una tras otra permiten que sea leído de atrás para adelante y viceversa, pues se verbaliza de la misma manera.

–¿Qué sabor te ha dejado este libro?

–Un sabor tan amargo y ácido que caí con un psiquiatra. Me hizo bien y me hizo mal, por eso me duele. Para escribir lloraba todo el día, y lloraba cabrón por cosas insignificantes, como Betty Blue. Te deprimes por todo y nada, aunque tengas un mundo Disneyland. ¿Qué puedes pedir? Yo soy mi espanto en las noches de pesadilla. El poema me enloqueció, me puso neurótica y acabé con el psiquiatra. Ahora, con mis chochos, me la llevo mejor sabiendo que lo que estoy haciendo está bien.

–¿Cómo ha evolucionado tu poética a raíz de Necrología, con el que ganaste el Premio Interamericano de Poesía Navachiste?

–Con Patadas bajo la mesa he dado un vuelco en mi poesía, es una vuelta de hoja en mis poemarios. A partir de esto no hay nada. Después de años, estoy proponiendo: no estoy descubriendo el hilo negro, pero sí estoy sacando mi hilo negro, porque ya me sabía el truquito del poema: primero me hacía la chistosa, después me ponía ruda y al último daba el madrazo.

“Escribir este libro también ha sido como jugar a morir, con un sentimiento caótico de vivir apesadumbrado; quienes lo han leído me comparan con Alejandra Pizarnik. Yo no sabía de ella, pero cuando la leí dije: ¡A huevo! Esta vieja me copió”, y ríe.

 
 
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