Ella ha calmado el hambre de varios políticos y tiene la esperanza de seguirlo haciendo. Ha visto desfilar por lo menos diputados de cinco legislaturas y trabajadores de igual número de administraciones municipales. Los antojitos que prepara a diario lo mismo los vende a funcionarios estatales, federales y municipales, que a manifestantes y hasta reporteros.
La mezcla de olores que despiden las ollas que lleva dentro de bolsas de costal son inconfundibles y hasta esperados en las oficinas públicas, las cuales recorre todos los días para mantener su hogar y a su hijo que estudia el nivel superior.
Desde hace 15 años, doña Felipa Muñoz Zecua, una mujer de 51 años de edad, inició la aventura de vender en oficinas gubernamentales tamales, memelas, quesadillas, tacos dorados, jugos, refrescos y una que otra golosina. Lo mismo atiende a los “ricos” funcionarios de primer nivel que a los empleados y a la gente humilde que acude a esos recintos para tramitar algún documento. Para sus ventas no hay clases sociales.
Madre soltera y único pilar para su descendiente, vio en esta actividad la única alternativa para alcanzar su sueño: “darle a mi hijo lo necesario para que sea un profesionista”.
Aunque es estilista de profesión, lo que ganaba hace 15 años “arreglando a la gente” ya no era suficiente para cubrir las necesidades de un niño de tres años. La ropa, el calzado, la alimentación, los servicios de salud y medicinas para su hijo concentraban todos sus gastos.
Orillada por la necesidad, sin pensarlo mucho, porque “no tenía otra alternativa” –nos confía– salió una tarde a surtir su negocio con sólo algunos pesos con los que contaba en su bolsillo, pero con el pecho y el corazón colmado de ilusiones.
Masa, jitomates, chiles, manteca, carne y hojas para tamal compró en el mercado de Chiautempan, pues a partir de ese día su suerte estaba echada: vendería antojitos en varias oficinas de los tres órdenes de gobierno.
Con una mirada que denota tanto tristeza como satisfacción, recuerda que una mañana del año 1993 salió con mucho ánimo a vender. En ese entonces no sólo cargaba las bolsas con los tamales, sino con el reboso se echaba a cuestas a su único hijo, quien muchas de las veces la acompañaba en su largo peregrinar.
“Desde que mi hijo tenía tres años de edad me acompañaba cuando salía a vender mis tamales (recuerda con lágrimas en los ojos) y desde esa edad me lo llevaba a vender, pues teníamos que estar desde las 6:30 de la mañana para ganar la venta y así tener para vivir, pues estamos solos”.
Las cosas para ella no han cambiado mucho. Su brega diaria inicia a las 5:30 de la mañana, pues tiene que empezar la preparación de sus productos para estar desde las 9:30 horas en las oficinas del ayuntamiento de Chiautempan. De ahí, con más de 20 kilos acuestas, la pequeña mujer se traslada a El Colegio de Tlaxcala –en San Pablo Apetatitlán–, después a la Subsecretaría Técnica de la Secretaría de Gobierno –en la ciudad capital–, de ahí al Congreso del estado y después al DIF estatal para concluir su recorrido en el Registro Civil.
Reconoce que su actividad no es fácil, pues a menudo tiene que lidiar con el desprecio y mal trato de algunos funcionarios públicos y políticos.
“Es difícil aguantar. Se tiene uno que tragar el orgullo por necesidad. Hay gente del gobierno que a veces hasta me trata mal, con la punta del pie. En el Congreso, el señor Corona me corrió de acá (del Palacio Legislativo) y hasta me mandó a sacar con los policías, no sé por qué, pero yo no le hago ningún mal a nadie.
“En otras partes, la verdad tampoco nos dejan entrar, porque según dicen que nos robamos las cosas, pero gracias a dios tengo muchos años trabajando en esto y nunca se han quejado de mí, ni siquiera de mi comida”, refiere.
Aunado a ello, sus ingresos no están asegurados, ya que “cuando me va bien junto hasta 350 pesos, pero a veces apenas 100, porque me sobra mucha comida, la cual tengo que regalar, ya que no me sirve para el otro día y no me alcanzo a comer todo”.
Sin embargo, no duda en asegurar que “es muy duro el trabajo, pero estoy contenta porque a pesar de todo ha valido la pena”.
Y no es para menos, “mi hijo ha salido adelante, nunca me ha reprobado ni ha ocasiondo problemas, siempre ha alcanzado buen promedio y me ayuda con algunos gastos, porque también desde niño ha trabajado”.
Su “orgullo”, como le dice, acaba de entrar a la universidad a estudiar Ciencias Políticas, tal vez para emular a los que su madre les lleva el refrigerio, “pero no me gusta mucho esa idea, ya ve que son un poco malos (los políticos), pero él quiere y lo tengo que apoyar y aunque ya estoy grande todavía tengo por quien luchar”, sostiene, mientras le echa salsa verde y crema a unos tacos dorados que ya espera una cliente.
La sazón, el trato hacia la gente, su constancia y esmero han hecho de doña Felipa insustituible para muchos políticos y burócratas.