Su escenario regular son los camiones y microbuses de Puebla. Desde hace 20 años, guitarra en mano y una armónica cerca de su boca, Juan Carlos Bonilla, mejor conocido como Charly, sale diariamente a trabajar por toda la ciudad y compartir su música con los usuarios del servicio público.
Martes 13 de abril de 71 nació con la deuda de un pueblo a sus espaldas. / Su madre improvisó unos pañalitos de dos pantalones viejos de su papá... / Y eran tantos los problemas del hombre–niño que ya no pudo más y calló... / Su sueldo de albañil no le alcanzaba así que decidió volverse ladrón... / La deuda sigue en pie y el pueblo no tan bien y una madre y un hijo luchan por otros seis.
Igual que Charly, cientos de personas buscan en las calles no sólo el sustento propio y el de sus familias, sino algo más. “No nos cerramos a otras opciones de trabajo, pero nosotros hemos decidido ser músicos porque nos llena el alma”, dice el también miembro del Comité de defensa de los derechos humanos de los chavos banda y organizaciones juveniles, AC, o Codechav, dirigido por Tonatiuh Martínez.
Desde hace siete años, el Codechav organiza el Festival musical del artista de la vía pública, y Charly colabora en él desde su segunda edición. Este año, el músico se encargó de la supervisión desde el área de Arte y Cultura de la asociación civil. Aunque el evento se ha celebrado en siete ocasiones, “hubo una autoridad por ahí” que se apropió del festival durante la administración municipal pasada y lo nombró Primer festival musical del joven urbano. Por ello, el 17 de agosto pasado se conmemoró el sexto encuentro que incluyó seis categorías –ranchera, master, inédita, rock, trova y balada–, cada una de las cuales tuvo tres ganadores. Todos ellos recibieron premios como guitarras, bicicletas o reproductores de DVD, gracias al apoyo del DIF municipal y del IMACP.
El objetivo del proyecto, coinciden Tonatiuh y Charly, es profesionalizar a los artistas urbanos para que puedan ofrecer mayor calidad al público y, probablemente, presentarse en lugares como cafés o bares. Sin embargo, el objetivo principal no es sacar a la gente de las calles, pues para ellos ésta es una opción laboral tan válida como cualquiera.
“Para nosotros, el festival es el único foro de expresión juvenil popular” que existe en la ciudad, continúa Tonatiuh, quien considera que faltan espacios y la reglamentación adecuada para que los artistas callejeros o boteros, como él les llama, puedan realizar su labor con el respeto que se merecen y sin el hostigamiento de la policía. Además del festival, Codechav promueve talleres de solfeo, canto y otras materias musicales.
Ambos miembros de la asociación consideran que la labor de los boteros representa un riesgo que deben correr para soportar a sus familias. En otros casos, comentan, los estudiantes recurren a tocar en las unidades de transporte público para proveerse los útiles escolares que sus familias no pueden comprar. “Hace no mucho, aquí en Puebla había revisiones a los músicos en los camiones por parte de agentes de seguridad que nos denigraban, porque la gente pensaba, ‘¿pues qué ha hecho éste?, ¿qué se robó o qué se mete?’”, comenta Charly.
–Si existiera un programa para otorgar licencias a artistas callejeros como en muchas ciudades del mundo, ¿estarían dispuestos a entrar a él?
–Claro –responde Tonatiuh. Hay que reglamentar y no criticar ni ver los problemas sociales desde lejos como lo hacen las autoridades. Ellas sólo llegan a imponer cada administración y a cambiar lo que se hizo en la anterior. Nosotros somos los primeros que queremos sentarnos a dialogar.
Más allá de la música
Además del festival musical, Codechav tiene en marcha el programa “La carpa y la salud”. Gracias a él, personas de zonas marginadas de la ciudad han recibido servicio médico gratuito acompañado de payasos y otros artistas callejeros. En todo momento la asociación civil recibe medicamentos, ropa y juguetes en el Procentro zona monumental, AC, organismo con el que colaboran desde hace dos años y que se ubica en la 8 Oriente 401.
Aunque en este momento no trabajan específicamente ningún programa sobre graffiti, éste es un interés de la asociación desde sus inicios. Al igual que con los boteros, dicen, esta actividad debería ser comprendida y reglamentada, y no criticada. Tonatiuh comenta que si existieran zonas permitidas para el graffiti, los propios grafiteros se encargarían de que sus paredes no fueran rayadas perjudicando su arte.