Si hay en este momento una película que “debe verse”, para no estar fuera de las encendidas discusiones que genera, esa es La otra reyna (The other Boleyn girl), de Justin Chadwick, a propósito de los tiempos y circunstancias de Ana y María Bolena, en su relación con el Rey Enrique VIII, que incidió en eventos –la ruptura de Inglaterra con Roma, entre otros y especialmente– que cambiaron la faz e historia de Europa, y por ende del mundo. La otra reyna divide las opiniones; muchos la repulsan por encontrarla “imprecisa”, “irrespetuosa”, en términos de fidelidad histórica. Otros la defienden, con el argumento de que no pretendió ser una lección de historia estricta, y que para eso están los libros de texto. Desde su óptica de base, ambas facciones tienen razón; así que cada cinéfilo deberá tomar postura, a partir de la vivencia particular que el film le motive, a la espera de que pueda (o no) obviar la presunta falta de rigor histórico. En la cinta, que proviene de la novela de Philippa Gregory, Natalie Portman es Ana Bolena, Scarlett Johannson es María Bolena, y Eric Bana un confundido (y con remordimientos) Enrique VIII, que no por eso resta en su legendaria fama de gallazo de pelea. De los tres, por cierto, ninguno inglés; Natalie Portman nació en Jerusalem, Scarlett Johansson en Nueva York y Bana en Melbourne. Pero ello no les impide capturar a sus personajes, ni que cumplan desempeños sobresalientes; en especial las chicas. Y de ellas, en especial Scarlett Johannson, en un rol no dibujado para la exuberancia o el lucimiento.
Son los albores del siglo XVI; poco a poco trasciende entre los notables ingleses que el matrimonio entre Enrique VIII y Catalina de Aragón está seco, deteriorado, ante los fracasos de la soberana para “entregar” un heredero varón al reino. En rápida reacción, el Duque de Norfolk –tío de las Bolena y muy cercano al Rey– cabildea para que Ana aspire a ser amante del soberano, pues así, en automático, la estirpe y bienes de la familia crecerán exponencialmente en cantidad y calidad. Pero la vivaz y aguda Ana equivoca la estrategia, con lo que María es reclutada de emergencia para el mismo propósito. A partir de esto –y del inmediato éxito de la otra Bolena– se desencadena entre las hermanas una rivalidad (alimentada en esencia por Ana) cuyos giros y consecuencias trascenderán el mero álbum de familia, hasta trastocar, en su disputa por los favores del Rey, incluso los más altos destinos de Inglaterra. Justo la etapa en que las intrigas, los desencuentros, la traición y la guillotina crecen como personajes centrales de la inexorable tragedia que empezó a gestarse como un mero flirteo “de conveniencia”, desde la ambición de un apellido necesitado.
La otra reyna es un film absorbente, muy interesante, pero de ninguna forma redondo. Y por cierto, su falencia principal no parece estar en la tan mencionada falta de rigor histórico, sino en una apresurada segunda mitad que carece del tiempo, el sustento y las relaciones causales que fortalecieron su arranque y parte de su transcurso. Así, a partir de la coronación de Ana (tras el “despido” de Catalina del trono, por acusaciones falsas) todo en la película parece ser efectos, consecuencias, sin que aparezcan claros –sólo esbozados– ni el devenir de los procesos, ni las motivaciones, ni queden establecidos los tiempos. Detona pues una especie de carrera urgente, cuya meta está en llegar on time al clímax argumental y emocional de la película, antes de la hora de la función siguiente. Esto convierte al acto final de la narrativa más en un melodrama, que en la tragedia que sugerí arriba. Pero aún así –que señalado está– La otra reyna ilustra con pasión y desenvoltura (justo en el tono de la Bolena interpretada por Natalie Portman) ese pedazo de historia que casi 500 años después sigue acosando al devenir británico. Entonces, descartar a priori el film de Chadwick parece una tentación insana; y podría también –¿por qué no?– convertirse en un error histórico. Mejor, asómese a conocerla.